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La decadencia de Detroit

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    20 feb, 13
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    Predeterminado La decadencia de Detroit




    El ocaso de toda una gran ciudad en pleno corazón del imperio estadounidense. Un antiguo símbolo de su poderío industrial y del “sueño americano” donde hoy, sin embargo, se venden viviendas por el precio simbólico de un dólar, ya que nadie quiere habitar el inhóspito silencio de unos barrios abandonados que no tienen electricidad, ni agua, ni policía, ni escuelas. Porciones enteras de la ciudad han muerto. Otras están agonizando. Otras sobreviven, pero lo hacen rodeadas de un creciente marasmo de solares vacíos y calles abandonadas. Al igual que la calavera de Hamlet, el pulido esqueleto de Detroit nos mira con la sonrisa sardónica de los muertos, como queriendo decir “no os lo toméis a mal, amigos, ¡la economía de mercado es así!”.

    La prensa internacional lleva varios años recreándose en el asombro por lo sucedido en la ciudad más grande de Michigan y nosotros no podíamos ser menos, ya que el declive de Detroit es un fenómeno fascinante. Trágico, sin duda, pero fascinante. Primero por las imágenes que ha generado, especialmente en forma de “naturaleza muerta” arquitectónica. Han sido esas fotografías las que han atraído las miradas del mundo hacia una ciudad que llevaba décadas descomponiéndose en silencio. Hace un tiempo causó cierto impacto un reportaje de la revista Time en el que dos fotógrafos franceses —Yves Marchand y Romain Meffre, quienes además publicaron un libro llamado Ruins of Detroit— hacían un repaso a algunos rincones muy representativos de la decadencia de la ciudad. Podíamos ver estaciones de tren, aulas, consultorios de dentista, teatros, polígonos industriales, oficinas, bibliotecas… todos ellos lugares que ahora están vacíos, descascarillados por el tiempo y sumidos en un entrópico desorden. Un fantasmagórico espectáculo de objetos cotidianos a los que ya nadie va a dar uso, de pequeños pedazos de civilización que se han perdido y que nadie sabe cómo recuperar. Son escenas que se repiten una y otra vez a lo largo de una de las ciudades más grandes de los EE. UU. No estamos hablando de recovecos ignorados por hallarse en las inconvenientes e incómodas afueras, no, aunque a veces lo parezca porque aparecen rodeados de la nada. Algunos de los casos más espectaculares de grandes infraestructuras difuntas se encuentran en pleno centro de Detroit. Escenarios que podrían pertenecer a una película de ciencia-ficción apocalíptica, pero que son reales y yacen en plena espina dorsal de lo que una vez fue una de las metrópolis más importantes del mundo, la bandera de la infalible creación de riqueza del sistema. Ahora esa bandera sigue agitándose al viento, pero más bien como un trapo descuidado que se ha convertido en motivo de sonrojo para los profetas del “nada puede fallar”. Personalmente, me llamó mucho la atención la frase de un vecino de Detroit que recogía un artículo: “cuando nos mudamos aquí hace diez años, le dije a mi mujer que iba a volver a fumar. Todo era tan apocalíptico que sentí la necesidad de volver a los viejos hábitos”. Así es como una ciudad puede morir.



    A mediados del siglo XX, la orgullosa Detroit era la cuarta mayor ciudad de los Estados Unidos de América, únicamente por detrás de los consabidos grandes colosos: New York, Los Angeles y Chicago. Hoy ha caído al puesto número 18 de la lista, por debajo de municipios de los que ustedes probablemente habrán escuchado hablar bastante menos, caso de Columbus, Jacksonville, Charlotte o Fort Worth. Y anda en camino de terminar cayendo incluso un puesto más, ya que su población podría ser superada en poco tiempo por la ciudad tejana de El Paso. Detroit es, junto a la problemática Baltimore, la única gran ciudad de los Estados Unidos que pierde población de manera sostenida. Y la situación no tiene visos de cambiar a corto plazo, pese a los desmentidos a la desesperada del actual alcalde Dave Bing, quien se empeña en que “los números deben de ser incorrectos”. Voluntariosa pero inútil autodefensa muy propia de un político que no afronta la realidad de la sociedad que administra. Porque el censo oficial muestra una aplastante tendencia histórica: en 1950, el municipio contaba con 1 900 000 habitantes. Cuatro décadas más tarde, en 1990, había perdido casi la mitad y se había visto reducida a 1 000 000. Pero la cosa no se detuvo ahí; el éxodo se aceleró con el cambio de siglo y en los últimos censos oficiales se contabilizan unos 700.000 habitantes. Es decir: lo que antaño fue la cuarta pata de la gran mesa estadounidense ha perdido más de un millón de habitantes en medio siglo. Peor aún: desde el año 2000 se han marchado más de 200 000 personas del casco urbano. Es decir, la ciudad ha perdido un sobrecogedor 25% de su población… ¡en diez años! Se estima que quedan en Detroit unas 270 000 viviendas en pie, a repartir entre 160 000 familias. Y eso que muchas han sido demolidas o han desaparecido pasto de las llamas.



    ¿Qué ha sucedido? Porque en sus buenos tiempos Detroit fue una Meca del empleo, uno de los lugares donde resultaba más fácil establecerse. Lucía con orgullo el sobrenombre de “Motor City”: su inmensa industria del automóvil la había convertido en una metrópolis populosa y floreciente, en la que había trabajo, dinero, negocios, ganancias. Entre 1900 y 1930, la atracción que despertaba la inagotable oferta de trabajo multiplicó la población de la ciudad por seis. Llegaron cantidades ingentes de inmigrantes —blancos europeos y negros del sur— buscando salir adelante en la fabricación de coches, con lo que Detroit se convirtió en la ciudad de más rápido crecimiento de los EE. UU. General Motors, Ford y Crhysler constituyeron la santísima trinidad de corporaciones que convirtieron Michigan en el máximo propulsor de la industria manufacturera estadounidense.

    Aquella prosperidad se transformó en lujuria arquitectónica. Se construyó. Y se siguió construyendo. La ciudad se vistió de lujo, con obras ambiciosas y un gusto adquirido por refinamientos culturales de los que incluso su población obrera podía sentirse orgullosa. Hacia 1950 se alcanzó el pico de población. Detroit llegó a conseguir que su nombre resonase más allá de las fronteras estadounidenses y no únicamente por ser la cuna y laboratorio del nativo más célebre de Michigan, Henry Ford, uno de los padres de la industria moderna, si acaso no “el” padre. La ciudad consiguió proyectar al exterior una personalidad propia, una cultura distintiva. Por ejemplo, durante los años 60 Detroit alcanzó celebridad universal gracias a la discográfica Motown, que fue para Detroit lo que los Beatles fueron para Liverpool o lo que Nirvana fue para Seattle. Hitos de la cultura popular que ponían una ciudad industrial en el mapamundi.



    El porcentaje de solares desocupados del núcleo urbano se ha disparado hasta límites verdaderamente surrealistas.

    Por entonces, sin embargo, la ciudad ya había empezado a manifestar los síntomas de diversas enfermedades. En el barco de Detroit nunca se consiguió que todos remasen al unísono y la ciudad fue uno de los principales ejemplos de un fenómeno inconveniente: la segregación racial espontánea. Los blancos vivían en sus barrios y los negros en los suyos, generalmente en zonas más pobres. No se mezclaban. Cuando un negro progresaba gracias a su trabajo o a su talento y se mudaba a un barrio mejor, los blancos se sentían incómodos. Esto produjo un fenómeno que no fue exclusivo de Detroit, pero que sí fue particularmente marcado allí: el white flight, la salida de población blanca de clase media hacia los suburbios, más acomodados y más acogedores. Los negros permanecían en el centro, en el municipio de Detroit propiamente dicho, hasta que se convirtió en la ciudad con mayoría de población negra más grande del país. Mientras los municipios circundantes del área urbana estaban cada vez más poblados, la propia Detroit comenzaba a contar su población a la baja. Otro efecto directo del white flight fue la fuga de capitales: a medida que se marchaba la población blanca —que casi invariablemente disponía de mayores ingresos— la renta per capita en Detroit comenzaba a decaer. Había que unir a todo esto el progresivo descenso en la actividad industrial motivado por la incipiente deslocalización de las grandes empresas, la cual produjo un aumento del desempleo que afectó principalmente a la población negra del centro.

    Última edición por Spinoza; 24/02/2013 a las 15:03

  2. #2
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    Predeterminado Respuesta: La decadencia de Detroit

    Es lamentable que algo así le suceda a una ciudad que en su día fuera tan importante.

    Sin embargo dicen que no se cierra una puerta sin que otra se abra.

    Si saben montárselo bien pueden volver a hacer de Detroit un lugar genial incluso mejor, por ejemplo se me ocurre que podría convertirse en la nueva ciudad de los artistas, es algo que sucede constantemente.

    Una parte de la ciudad queda en desuso, los precios de las viviendas en esos lugares caen en picado, poco a poco empiezan a instalarse jóvenes, artistas...

    Empieza a llenarse de artistas que combinando bajos precios con grandes espacios puede vivir en un gran estudio donde trabajar por un precio irrisório.

    A la larga al congregarse muchos artistas y haber devuelto la vida al barrio, en este caso ciudad, se convierte en el nuevo lugar de moda, los precios de las viviendas y los suelos vuelven a subir y no solo eso sino que además atrae a gente adinerada a la que les gusta el arte y eso hace que los precios terminen de encarecerse y que deje de ser un barrio/ciudad de artistas.

    Pero durante unos años lo habrá sido, y el lugar se habrá reanimado.


    Si tienes algun problema por que preocuparse? Los problemas tienen soluciones, encuentralas!
    Y en caso de que no tengan solucion... de que sirve preocuparse?


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