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Sección "Grandes clásicos"

  1. #21
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    In Name Only (1939).


    John Cromwell fue uno de esos directores clásicos con un montón de películas en su haber, sobre todo en la década de los 30, y casi todas en el género del melodrama. Para el que esto suscribre, alcanzó su máximo esplendor en 1944 realizando una gran obra maestra titulada Since You Went Away, un intenso melodrama de casi tres horas con Claudette Colbert, Joseph Cotten, Lionel Barrymore y la casi siempre horrorosa Jennifer Jones. En 1950 Cromwell alcanzaría el reconocimiento crítico con uno de sus mayores éxitos, Caged, un film carcelario de mujeres realmente bueno. Pero antes de eso nos regaló algunos títulos memorables, otros no tanto, que merecen ser recordados y poner a Cromwell en el lugar que se merece, o sea, entre los grandes.

    Alec Walker es un rico heredero infelizmente casado que un día conoce a Julie Eden, una joven viuda con la que comenzará una especial amistad, de esas que terminan en amor. La mujer de Walker, sólo interesada en el dinero no estará dispuesta a permitir que le quiten su mayor fuente de ingresos, y hará todo lo posible para impedirlo.

    La típica historia de triángulo amoroso que tanto se repetiría luego en teleseries deleznables o telenovelas sudamericanas, también deleznables. Sin embargo, en 1939, era algo prácticamente nuevo, por lo que hay cierta ingenuidad en su argumento. No obstante, cabe decir que hoy día es un tema que sigue muy, muy vigente, de esos que suelen estar en boca de todos. Aquí no tenemos a un hombre que duda entre el amor de dos mujeres, aquí tenemos a un hombre atrapado en su matrimonio, que no quiere a su mujer por un detalle que no desvelaré, y que encuentra el amor en otra, la cual duda muchísimo de entregarse, ya que eso supondría el destrozar un hogar.

    Este simple argumento está servido de forma prodigiosa por John Cromwell, quien maneja todos los elementos del mismo para hacer creíble la historia. Tanto, que casi 60 años después apenas ha perdido un ápice de su frescura. Y digo apenas, porque hay cosas que chirrían un poco, como la utilización de algún que otro personaje muy secundario, y que está muy exagerado, o la rapidez con la que concluyen el relato. De hacerse en la actualidad, cosa harto imposible, para el final habrían empleado tres cuartos de hora como mínimo. Es algo a los que nos han acostumbrado mal, por lo que cuando se visionan uno de estos clásicos títulos, tan en las antípodas, nos da la sensación de que todo sucede muy deprisa, cuando en muchas ocasiones, esa supuesta rapidez suele ser un ejemplo de narración eficaz, en la que no se dejan nada en el tintero. Cosa que ocurre en este film, por el que prácticamente no han pasado los años, a pesar de un par de defectos bien visibles.

    Pero lo que es una enorme gozada, a parte del buen hacer del señor Cromwell, son las interpretaciones de su pareja protagonista, o habría que decir trío. Cary Grant, quien ya empezaba a convertirse en un auténtico galán, y que ya había participado en alguna de las mejores películas de Howard Hawks, y por lo tanto de toda la Historia del Cine. Aquí interpreta de forma magnífica a ese hombre decidido a darlo todo por la mujer que ama, pero atado a las terribles maquinaciones de una mujer realmente despreciable. Grant está soberbio en el papel. Un papel dramático que le permite lucir su lado serio, y que aquí no mezcla con su vena para la comedia, para la que estaba enormemente dotado. Pero cuando se ponía serio era mucho más impresionante.

    A su lado Carole Lombard, una de las grandes, y también de las más bellas. Esa mujer enamorada, pero con terribles dudas, es una de sus grandes composiciones, una de tantas a las que nos tenía acostumbrados esta gran actriz que dejó al cine sin una gran mujer de forma muy prematura. En este film mide sus fuerzas con Kay Francis, menos conocida pero que está impresionante en su personaje de pérfida mujer del protagonista. Francis da un verdadero recital de maldad disfrazada de bondad en uno de los papeles femeninos más malvados de toda la historia del melodrama. Sencillamente inolvidable.

    También podemos disfrutar de la interpretación de Charles Coburn, uno de esos actores secundarios que con su sola presencia eran capaces de llenar una película. Aquí da vida al padre del protagonista que se deja engañar por las artimañas de su nuera.

    Una película muy buena, característica de toda una época en la que abundaban este tipo de films, y que hoy en día ya no se hacen. No sabrían.

    Última edición por Karakorum; 27/05/2011 a las 20:33

  2. #22
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    Anne of the Indies (1951).


    Es una de las mejores muestras del género de aventura, a cargo de un realizador realmente exquisito y elegante como lo fue Jacques Tourneur, firmante de películas tan famosas como Cat People, Out of the Past o Night of the Demon. Tourneur tocó, además, casi todos los géneros teniendo una envidiable habilidad para todos. Anne of the Indies es una de sus mejores películas.

    La Capitana Anne Providence es uno de los piratas más temidos de cuántos surcan los mares. Una mujer con ademanes masculinos, enérgica y valiente, que tiene a su mando una tripulación fiel y obediente, a la par que sanguinaria. Un día, en un barco inglés que han abordado encuentran prisionero a un bucanero que se une a ellos. No tardará en surgir el amor entre ambos. Un amor que se convierte en el eje central de cuantas acciones realiza esta valiente mujer.

    Una de las cosas que más llaman la atención de esta película es el estudio psicológico que realiza de los personajes, absolutamente espléndido y totalmente inusitado en una película perteneciente al género de aventuras. Cada personaje está perfectamente dibujado y posee una extensa gama de matices. Unos matices tan trazados y tan bien insertados, que producen una enorme fascinación en el espectador.

    A ello contribuyen por supuesto las extraordinarias interpretaciones de todo su reparto. A la cabeza una sensual, morbosa y bellísima Jean Peters que borda su papel. Todos quiséramos amar a esta mujer, pero a ninguno nos gustaría tenerla como enemiga. Peters le da una dimensión nueva al tipo de heroína al que estábamos acostumbadros, creando prácticamente un modelo que serviría para posteriores personajes femeninos, aunque hay que decir que pocos alcanzarían la fuerza que éste posee.

    A su lado Louis Jordan, fantástico en el papel de bucanero que esconde un secreto y que robará el corazón de la hermosa pirata. Jourdan pasaría por derecho propio a la Historia del Cine simplemente por haber protagonizado la obra maestra de Max Ophüls Letter from an Unknown Woman. Herbert Marshall, casi siempre secundario, magnífico como el médico del barco pirata, personaje destinado a soltar verdades a nuestra protagonista. Y Debra Paget, otra preciosidad de la época en un pepel secundario también pero que es mejor no desvelar para no revelar nada de la interesante trama del film.

    Para ser una película realizada en 1951, ésta no se corta en elementos violentos por así decirlo. Atención a lo que deciden hacer con los prisioneros que toman del primer barco abordado. Evidentemente no se muestra pero es tal la dureza y la frialdad con la que está narrado, que nuestra imaginación nos hace sentir peor que si lo hubiéramos visto. Por otro lado el film está lleno de espectacularidad y contiene escenas de batallas navales magníficamente rodadas. Tourneur, que era un maestro, dirige con gran precisión todas esas escenas y las combina con otras más íntimas de forma prodigiosa. El ritmo es excelente y condensa en 80 minutos una historia en la que no se deja absolutamente nada, gracias a una capacidad de síntesis en el guión realmente sorprendente. Un guión que mezcla de forma muy contundente la historia externa de los personajes con la historia interna de una aventurera, pirata enfurecida por fuera y mujer enamorada por dentro. En ese aspecto, Tourneur realiza un mosaico impresionante sobre los sentimientos enfrentados que resulta enormemente embriagador.

    Una obra maestra absoluta, un auténtico goce para los sentidos. Una joya. Hablar más sobre ella no llevaría a ningún lado. Hay que disfrutarla.


  3. #23
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    The Apartment (1960).


    Una de las mejores cosas de ser cinéfilo, a parte de disfrutar del cine en sí, es disfrutar de las películas en compañía de alguien, sobre todo si se trata de una película “importante” que ese alguien no ha visto. The Apartment es un film mítico donde los haya, pero eso no significa que todo el mundo lo ha visto ya. El otro día, celebrando años y años de amistad cinéfila con uno de esos amigos del alma decidimos revisitar este film, para muchos el mejor de Billy Wilder. Y lo hicimos acompañados de dos personas que desconocían por completo la existencia de esta película. Fue un auténtico placer comprobar que a pesar de las diferencias y de los gustos, cuando algo es bueno, qué cojones, es bueno de verdad y todos lo disfrutan por igual. Esa también es la magia del cine.

    ¿La película? pues perfecta desde todos los puntos de vista. El argumento es harto concido por todos: C.C. Baxter es un oficinista que trabaja en una gran empresa llena de miles de empleados, pero que él destaca por encima de todos por algo muy peculiar. Vive solo en un apartamento que de vez en cuando, realmente muy de vez en cuando, deja a los altos ejecutivos de la empresa para que lleven allí a sus ligues. La cosa se complica cuando Baxter se enamora de la ascensorista, la cual tiene un lío con el jefe de Baxter.

    El guión es obra del propio Wilder y de uno de sus colaboradores habituales I.A.L. Diamond, y es sencillamente uno de los mejores guiones que jamás se hayan escrito, lleno de pequeños detalles y de frases antológicas. Es memorable el momento en el que MacLaine se mira al espejo roto de mano y dice: “Me gusta mirame en él, porque veo cómo me siento”. Con esa frase se resume prácticamente la esencia de la película. Y el espejo en sí juega un papel importantísimo en la historia ya que protagoniza uno de los momentos de guión más ejemplares que se hayan visto en una pantalla. Gracias a ese singular objeto, un personaje descubre algo que el espectador ya sabe desde hace un rato. Ese simple detalle de guión, magistralmente narrado, cambia por completo la perspectiva del protagonista y por consiguiente, el devenir de la historia. Hitchock definió una vez que el suspenso era algo que conocía el espectador y desconocía el personaje. Wilder lo aplica aquí en una tragicomedia, y lo hace de forma asombrosa, como sólo él sabía hacerlo.

    Tragicomedia en la que quizá haya más de trágico que de cómico, porque no estamos asistiendo en absoluto a una película en la que se nos cuente algo agradable. Pero la inteligencia de Wilder lleva hasta las últimas consecuencias esa sabia mezcla, ya que adorna de pequeños momentos graciosos instantes que son enormemente dramáticos. Y lo hace utilizando frases en boca del personaje principal, que nos hacen reir, pero al instante siguiente ya estamos serios. Atención al momento en el que Baxter se encuentra con una mujer en un bar. Ambos se emborrachan y se cuentan sus penas, el momento parece cómico, pero no lo es.

    ¿Los actores? pues perfectos también. Jack Lemmon ha pasado a la Historia por interpretar este papel, y también otros. Pero su composición de C.C. Baxter es de lo mejorcito de su carrera. Sólo un actor como Lemmon es capaz de imprimir al personaje esa melancolía que desprende, al mismo tiempo que puede hacernos reir o llorar. Y es que Lemmon fue uno de los pocos actores que sabían perfectamente moverse entre la comedia y el drama, dominando ambos géneros. A su lado, la siempre maravillosa Shirley MacLaine, como la ascensorista de la que se enamora Baxter, una mujer perdidamente enamorada del jefe de aquél, capaz de ver dentro de las demás personas, pero incapaz de salvarse a sí misma. El plano final entre ambos actores es único. Nunca jugar a las cartas tuvo tanta importancia.

    El tercero en discordia es Fred MacMurray, que al igual que Lemmon ya había trabajado con anterioridad con Wilder. Mac Murray nunca fue un gran actor, pero cuando un director le dirigía, y en aquella época había muy buenos directores de actores, solía componer personajes inolvidables. Éste es uno de ellos. El típico hombre casado que nunca dejará a su mujer, con todo lo que eso significa. Igualito que en la vida real: nunca dejan a su pareja.

    ¿La dirección? pues también perfecta. El gran Billy Wilder realiza un trabajo enérgico, lleno de dinamismo, sin una sola bajada de ritmo. Con la cámara nos mete dentro de los personajes, en sus miserias, en sus alegrías, en sus sueños. Utilizando el scope en un film en el que no tendría por qué hacerlo, de forma asombrosa, nos narra una historia intensísima, y que nos llega hasta lo más profundo, y con la que muchos pueden sentirse identificados. Yo creo que todos. Wilder incluso se permite el lujo de insertar algún elemento como si se tratara de un thriller, y si no atención a la escena en la que MacLaine sube a toda prisa por la escaleras hasta que la cámara recoge un primer plano de su rostro sorprendida por haber oído ¿un disparo? IMPRESIONANTE.

    Una obra maestra, absoluta, redonda, total y definitiva. Puede verse las veces que sean, nunca cansará, siempre sorprenderá. Y lo hará como si fuera la primera vez. Nos reiremos y nos emocioanermos como nunca, una y otra vez, una y otra vez. Porque esa también es la magia del Cine. La magia de The Apartment.


  4. #24
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    The Incredible Shrinking Man (1957).


    Harto ya de tanta basura vista en cine, y aprovechando que la persona que estaba conmigo no la había visto, decidí refugiarme en el visionado de un clásico inmortal. Así que por tercera vez me dispuse a ver The Incredible Shrinking Man, que basada en el relato de Richard Matheson, y con guión del propio autor, se convirtió en unos de los títulos imprescindibles del fantántisco de todos los tiempos. Ha sido un verdadero placer descubrir que el tiempo no le ha hecho nada de daño a esta película, probablemente la más famosa de cuantas haya dirigido Jack Arnold, director que se especializó en los 50 en cine de terror y ciencia ficción, con películas tan inolvidables como Creature from the Black Lagoon, Tarantula o It Came From Outer Space.

    ¿Acaso hay alguien que no se acuerda de su fascinante argumento? Estando de vacaciones, Scott Carey se expone a una extraña niebla en medio del mar. Pasados unos días empezará a notar que su cuerpo está menguando. Desconcertado y asustado se someterá a un montón de pruebas médicas con la esperanza de encontrar algo que pare su decrecimiento. Mientras tanto Scott tendrá que ir acostumbrándose a su nueva situación.

    La película dura tan sólo 78 minutos, y en ese tiempo se condensa de forma prodigiosa toda la historia sin que falte ni sobre nada. Eso es gracias al habilidoso y conciso guión de Richard Matheson, que conoce muy bien el material con el que está trabajando. Nada resulta forzado o apurado a pesar de su corta duración. Los pequeños detalles abundan en una historia que desde el primer momento engancha al espectador con una estupenda presentación de los dos personajes principales: a bordo de un pequeño barco manteniendo una conversación de lo más trivial. A partir de ese momento se suceden una serie de hechos, a cada cual más sorprendente, narrados con suma eficacia hasta desembocar en un clímax final bastante largo en el interior de un sótano, donde la imaginación de Matheson llega hasta límites insospechados.

    La puesta en escena de Jack Arnold tampoco es para menos. Apoyado en el extraordinario guión de Matheson, logra quitarle el máximo partido a todas sus propuestas, visualizando sin ningún tipo de complejos todo lo expuesto en la historia. Los efectos visuales son asombrosos, y aún hoy día siguen sin notarse el trucaje, si acaso alguna leve transparencia, pero las transparencias se notan hasta en las películas que se hacen actualmente. Arnold logra secuencias que han pasado a la Historia por derecho propio. Nunca podré borrar de mi mente todo el episodio de la araña, que transcurre en el sótano, donde las cosas más nomales y corrientes se convierten tanto en armas con las que defenderse (un alfiler) u obstáculos imposibles de evitar (unas escaleras).

    Además la película no le ofrece al espectador ni una sola concesión, algo insólito para la época, para cualquier época. Y como broche final, una escena que también tengo marcada: un final absolutamente maravilloso y totalmente coherente con el resto de la película, en el que se permite además unas gotas de trascendentalismo que no le quedan nada mal.

    Una obra maestra por la que no pasa el tiempo, única y grandiosa, como son todas las películas atemporales.


  5. #25
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    The Poseidon Adventure (1972).


    Allá a principios de los 70 cuatro fueron las películas que pusieron en marcha todo un mecanismo que explotó hasta la saciedad y puso muy de moda las películas de catástrofes. Por un lado Airport que abrió la veda por aire. Por otro lado The Towering Inferno que abrió la veda en megaconstrucciones hechas con ambición por el hombre. Después tenemos Earthquake que abrió la veda por tierra. Y finalmente tenemos esta The Poseidon Adventure que abrió la veda por mar. Conviene señalar que con esas películas no fue la primera vez que Hollywood se acercó a un tipo de cine que dio muy buenos resultados económicos. Sólo por señalar un ejemplo, recomiendo a todo el mundo el visionado de San Francisco, film de 1936 dirigido porW.S. Van Dyke, con unos efectos especiales absolutamente impresionantes para la época.

    El argumento de The Poseidon Adventure es bien sencillo y de sobra conocido por todos. Un enorme trasatlántico sufre los efectos de una gigantesca ola resultado de un maremoto, que hace que el barco quede boca abajo hundiéndose poco a poco. Un grupo de supervivientes intentarán no sin pocos esfuerzos llegar hasta lo más alto del barco (o sea, el casco) para salvar sus vidas.

    Ronald Neame, su director, va directo al grano. Emplea los pimeros 20 minutos en presentar absolutamente a todos los personajes, los cuales quedan perfectamente dibujados y trazados. Después de eso se mete de lleno en la tragedia, en la cual no ofrece ni el más mínimo respiro al espectador. Digamos que éste es el esquema clásico de todas las películas de catástrofes. Sin embargo en muchas de ellas se suele perder demasiado tiempo en la presentación o en escenas espectaculares demasiados alargadas. Aquí esto no ocurre gracias a un guión perfectamente estructurado donde todo está en su sitio, a pesar eso sí, de algunos convencionalismos típicos de este tipo de producciones y pienso que muchas veces inevitables.

    Dos de lo grandes aciertos de la película son el escenario, convertido en un recorrido mortal totalmente inimaginable para el grupo de los supervivientes, en cierta forma un personaje más de la película. Y por otro lado, el personaje de Gene Hackman, un predicador con una filosofía muy curiosa y alejada de todos los demás predicadores: Dios no te va a dar nada ni te ayudará nunca, eres tú quién ha de conseguirlo por tus propios méritos, arrodillarse a rezar es una pérdida de tiempo. Tal actitud convierte al personaje de Hackman en un líder muy por encima de cualquier otro, incluso de cualquier dogma de fe, un hombre con dos cojones bien puestos que sin renunciar a su amor a Dios hace todo lo humanamente posible por ser alguien de valía en el mundo terrenal (el único real). Bueno, ni que decir tiene que Hackman está fantástico en su papel, como es habitual en este grandioso actor.

    La típica galería de personajes está perfectamente interpretada por cada uno de los actores, que por cierto son un montón de caras conocidas tal y cómo mandan los cánones en este tipo de películas. Pero yo destacaría a tres en concreto: Shelley Winters, nominada al Oscar por su papel, el de una mujer madura bastante perspicaz, y que en tiempos fue una excelente nadadora. Por cierto, Winters protagoniza una de las secuencias más míticas de todo el cine de catástrofes: bucea más de 20 metros para intentar salvar la vida de un personaje. Escena prodigiosamente rodada, con un suspenso muy bien dosificado. Red Buttons como ese tendero que nunca ha conocido el amor, y lo encuentra en una joven y bella cantante aterrorizada por la situación. Y por último Ernest Borgnine, como ese policía bonachón y cascarrabias.

    En el apartado técnico decir que los efectos visuales son sencillamente memorables, y que recibiron un premio especial de la Academia. Toda la dirección artística también es impresionante, y es que ver el interior de ese barco al revés, es algo que no se olvida con facilidad. En la música, John Williams que también recibió una nominación, ya empezaba a hacerse un hueco que con el paso de los años fue haciendo cada vez más grande hasta llegar a ser lo quién ya conocen de sobra.

    Quizá la película tiene un final demasiado repentino, aunque pensándolo bien después de su resolución no hay porqué alargarla más, incluso te deja pensativo, cosa que no se puede decir de otras películas por el estilo.

    Un film muy bueno, lleno de emoción, que nos hará pasar casi dos horas de buen cine hecho como Dios manda. A partir de esta película y las arriba mencionadas, el subgénero de catástrofes iría en decadencia.


  6. #26
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    Room at the Top (1959).


    Hacía años que ya lo había visto y aún tenía presente la fuerte impresión que me produjo su visionado. Ahora, unos 16 años después de aquel inolvidable pase televisivo vuelvo a verla y me he vuelto a quedar impresionado. Y es que no es para menos viniendo de la mano del señor Clayton, uno de los directores ingleses más interesantes (y por lo tanto mejores) de toda la Historia del Cine. Suyas son además de ésta, joyas como The Innocents (el miedo en estado puro) o Our Mother's House (film que demuestra lo terriblemente malvados que pueden ser los niños), y films menos perfectos pero notables como Something Wicked This Way Comes o The Lonely Passion of Judith Hearne. Eso sí, también patinó alguna vez.

    Room at the Top está basada en la novela de John Braine y narra cómo un joven llamado Joe Lampton llega a una pequeña ciudad inglesa con la intención de ser alguien en la vida. Para ello conquistará a la hija del hombre más rico del lugar, al mismo tiempo que vive un sonado romance con una mujer casada la cual es totalmente infeliz con su marido y se enamora de Joe, quien empezará a tener problemas por lo que su cabeza quiere y lo que su corazón desea.

    El film tiene un ritmo vertiginoso de principio a fin y no da respiro al espectador mientras le va envolviendo en una trama perfectamente narrada y que nos descubre a unos personajes perdidos ya sea por su amor o por su ambición. Personajes de la misma calaña o condición, todos unidos o separados por distintos sentimientos. En este aspecto, la película no ofrece cuartel y el estudio psicológico que hace de los muchos seres que pululan por el film es verdaderamente conciso quedando todos perfectamente definidos. Desde los personajes principales hasta el último secundario. Una verdadera proeza por tratarse de un film lleno de gente en el que absolutamente todos tienen algo qué decir, y lo que dicen es en el momento justo insertado inteligentemente en el guión. Un guión perfectamente estructurado y sin ninguna fisura con diálogos brillantes, algunos de los cuales son un poco duros y directos para la época (el film es de 1959).

    Los actores están todos espléndidos pero merece una mención especial Simone Signoret, con su composición de mujer madura y desencantada de la vida que vuelve a enamorarse locamente de un hombre más joven que ella, y de cómo ese amor la irá consumiendo poco a poco. La actriz desprende una fascinación increíble y se complementa a la perfección con un Laurence Harvey más inspirado que otras veces. Antológicos los momentos en los que Harvey enciende un pitillo y se lo pasa a Signoret. Ella se llevaría un Oscar por su trabajo, al igual que el espléndido guión (adaptado).

    Clayton dirige con una sensibilidad exquisita al mismo tiempo que incide duramente sobre toda la historia no haciendo ninguna concesión al espectador. Además técnicamente el film es impecable y el director hace gala de un perfecto dominio de la cámara, casi convirtiéndola en un personaje más de la función, adentrándose en las miserias de los demás. Y es que, aunque el film es una historia de amor, la negatividad y el pesimismo navegan durante toda la proyección haciendo mella en el espectador el cual se queda bastante hundido después de ver la película.

    Un film magistral en todos los aspectos, lleno de fuerza y que nos deja sin aliento, sin esperanza, apesumbrados por esta inmortal historia de unos seres que buscan el amor pero pierden el norte. Si no me equivoco, hay una continuación titulada Life at the Top con Harvey de protagonista. Fue dirigida por el mediocre Ted Kotcheff y apenas tuvo repercusión.


  7. #27
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    Yojimbo (1961).


    Hablar de Yojimbo significa hacerlo de muchas cosas. Significa hablar de injusticia, de cobardía, de valentía, de matar sin piedad, de venderse al mejor postor sin tener en cuenta unos principios morales, o como decía Bruce Willis en el excelente y olvidado remake de esta película, de la maldición de venir al mundo sin conciencia. Y es que el mítico largometraje de Kurosawa es mucho más que una simple película de samurais. Inteligentemente vestida como película de acción, si se le puede llamar así, Yojimbo es un reflejo de la miseria humana, de lo bajo que se puede caer, habiendo poco espacio para la comprensión o lo que es correcto o no. A través de un personaje fascinante, llamado Sanjuro, vemos todas estas cosas y se nos sugieren muchas más. Porque muchas veces en el cine es mejor sugerir que mostrar.

    En Yojimbo se nos narra la historia de un samurai que un día llega a un pequeño pueblo en el que hay dos bandas divididas y enfrentadas a muerte. Pensando que puede hacer mucho dinero se aprovechará de tal situación para vender sus servicios al mejor postor. Pronto los dos bandos se pelerán por conseguir al samurai y tenerlo de su lado. Éste no dudará en hacer cualquier cosa por ganar unas monedas, incluso pertenecer a los dos bandos. Una típica historia, en apariencia, y que Kurosawa ha vestido de film de samurais, pero no niega un estilo heredado directamente del western, sobre todo en la temática. Hay momentos en los que parece que detrás de alguna casa va a salir uno de esos pistoleros que había en una de tantas películas clásicas admiradas por el direcor japonés. En un momento dado y no por casualidad, uno de los personajes, un mercenario contratado, porta dos revólveres con los que va despachando al personal.

    Kurosawa dirige el film con mano firme (no se podía esperar menos de él) y navega por todos los recovecos del pequeño pueblo acompañando a nuestro protagonista siendo testigo de los distintos personajes que lo habitan y de sus distintas formas de ver la vida. El tabernero envidioso de que su vecino tenga mucho trabajo haciendo ataúdes, el policía del pueblo, un ser miserable hasta la médula; los jefes de ambos clanes, deseosos de acabar con su respectivo oponente pero enormemente cobardes; la mujer de uno de los jefes, maquiavélicamente femenina; la pareja de enamorados, que suponen el único atisbo de esperanza en un microcosmos que se hunde por sí solo. Y así podríamos seguir hasta desmenuzar cada uno de los individuos que pululan por el film. Todos tienen una misión, por así decirlo, todos tienen un porqué.

    Y cómo no, el personaje principal, el samurai Sanjuro. Un asesino sin piedad alguna y sin remordimientos, que todo lo hace por dinero, aunque tenga un par de acciones correctas y bondadosas pero que no lo redimen de su forma de vida. Está interpretado por el gran Toshiro Mifune, uno de los actores fetiche de Kurosawa, y hay que decir que está impresionante. Su rostro hierático le proporciona al personaje la dimensión necesaria. En todo momento le tememos y al mismo tiempo nos resulta enormemente fascinante. Su rostro callado dice mucho más que cuando habla. Citar al respecto, un momento en el que el personaje sale de un barril en el que estaba escondido y se poner a sonreir. Es un momento llamativo y casi terrorífico.

    Las escenas de lucha están impecablemente filmadas, son concisas y tienen fuerza. Hay menos de las que cabría esperar pero todas tienen un esperado impacto en el espectador. Sobresale entre todas ellas el enfrentamiento final filmado con una precisión que asusta, donde el montaje alcanza su máximo esplendor. Y es que técnicamente el film es irreprochable. Kurosawa mueve la cámara con una facilidad que parece que ha nacido con ella. Sobresale también la escena en la que Sanjuro llega al pueblo, un prodigio de escena de la que ya podían aprender mucho directores actuales. Por cierto, Yojimbo data de 1961 pero es de una modernidad pasmosa.

    Quizá tiene algún punto débil en el planteamiento de su historia. Por ejemplo, las motivaciones de las bandas enfrentadas entre sí. Se odian a muerte y apenas sabemos nada del porqué. Tal vez Kurosawa haya querido hablar de lo ridículo que es odiarse, de lo inútil que es pelear sea por la razón que sea, pero en un film tan perfectamente acabado en todos sus aspectos ese detalle flojea. Aún así es un mal menor.

    Una película magnífica, llena de matices y que nos deja un gran sabor de boca. Kurosawa volvería sobre el personaje un año después con la mucho menos conocida Sanjuro. A su vez también dio lugar a un remake que en un principio no se vendió como tal, hasta que Kurosawa interpuso una demanda legal que por supuesto ganó. Dicho remake significó también el inicio de una leyenda del cine, aún viva y con mucho qué decir.

    A Tonkotsu le gusta esto.

  8. #28
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    Berlin Express (1948).


    Tourneur es sin lugar a dudas uno de los grandes, con indiscutibles clásicos como Out of the Past, Night of the Demon, Cat People o Anne of the Indies. Con grandes dotes para la narración, era capaz de contar muchas cosas en menos de hora y media y hacerlo estupendamente sin dejarse nada en el tintero.

    Como nada se deja en el argumento escrito para lo ocasión por Harold Medford basándose en una historia de Curt Siodmak, hermano del gran Robert. Berlin Express narra una laberíntica historia de varios personajes de distintas nacionalidades intentando averiguar quién quiere matar a un importante hombre que lucha por la Paz Mundial en el Berlín de la postguerra. Todos son sospechosos, todos ocultan algo, todos tienen distintas ideologías, pero quizá algo les una.

    Uno de los aciertos de la película es el enfrentar distintos modos de pensar personificados en varios personajes de distintas nacionalidades y que se unen para un fin común. Algo que hoy día daría risa y serviría para que muchos alborotadores defensores de una única Verdad alzasen sus voces escandalizados. Tourneur tiene el exquisito gusto y la sutileza suficiente como para tratar bien ese aspecto de la historia sin que resulte chirriante, logrando además que sea enormemente creíble.

    Para ello se ayuda de un guión perfectamente construído donde todas las piezas encajan como un mecanismo de relojería. El argumento avanza sorpresa tras sorpresa, y ninguna de ellas previsible, algo realmente difícil de hacer. En ese aspecto la utilización del suspenso es ejemplar dosificándolo en pequeñas dosis, dando datos poco a poco al asombrado espectador. Lo cierto es que se agradece que una película te tenga enganchado argumentalmente cómo pocas lo hacen.

    La puesta en escena de Tourneur es prodigiosa, con una utilización del blanco y negro gloriosa, como mandan los cánones en un buen thriller clásico. Hay pocas escenas de acción, y las que hay son concisas y claras. Al respecto habría que citar toda la parte final, cuando el misterio se descubre (y me refiero al espectador, no a los personajes), escena derivada de cierto detalle argumental que yo encuentro un poco cogido por los pelos, y que para mí sería el único fallo que se le puede echar en cara a esta maravilla de película. También citar en la escenas de suspenso que hay cierta influencia hitchockiana, sobre todo en las desarrolladas en un tren, en las que el suspenso llega a muy altos niveles.

    La relación entre todos los personajes está excelentemente mostrada y absolutamente todos tienen sus matices, algo increíble por magnífico ya que hablamos de una película que dura menos de hora y media. También todos están bien interpretados, destacando algunos más que otros. Merle Oberon, actriz muy de moda en los años 30 y 40, está simplemente correcta en un personaje que se nota es de relleno, y porque tiene que haber un personaje femenino, punto. Paul Lukas interpretando al que es el eje central de la historia está estupendo, como solían estarlo los secundarios de su generación. Y de chico de la película, Robert Ryan, con el que quizá sea el personaje masculino menos interesante, pero con el que Ryan cumple a la perfección su papel de héroe.

    Una película magnífica, sólo un pelín por debajo de los grandes trabajos de Tourneur, pero igual de satisfactoria y un ejemplo claro de lo que el Cine americano era capaz de dar en aquellos años, grandes films dirigidos por directores europeos que, cómo en el caso de Tourneur, realizaron algunas de sus mejores obras en los USA.

    Última edición por Karakorum; 04/06/2011 a las 15:26

  9. #29
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    Boomerang! (1947).


    Cuando en 1999 se entregaron los Oscars correspondientes al año 1998 muchos famosos de Hollywood mostraron su inconformidad cuando se le entregó un Oscar honorífico a Elia Kazan. Era la forma de algunos de responder al comportamiento que Kazan tuvo en los años 50 durante la famosa Caza de Brujas delatando a muchos de sus compañeros. Curioso, siempre tenía entendido que los Oscars se entregan por trabajos cinematográficos y la gente que allí acude va por esos motivos y no por comportamientos políticos o por inclinaciones sexuales. Si sólo por esas dos cosas tuviéramos que juzgar a los cineastas me parece que más de medio Hollywood ya estaba crucificado. Afortunadamente, aún estamos aquellos que nos fijamos en lo que verdaderamente importa cuando se habla de cine: en la película en sí. Kazan fue, y siempre será, uno de los grandes. Películas como A Streetcar Named Desire o East of Eden así lo atestiguan. Boomerang! pertenece a su primera época, cuando aún no era un director famoso pero ya su forma de hacer películas levantaba alguna que otra ampolla, sobre todo política.

    El film, basado en un hecho real, narra cómo en una pequeña localidad es asesinado un cura muy querido por todos. La policía no tiene más pista que la descripción del asesino: un hombre alto vestido con un traje oscuro y un sombrero. Con tremenda descripción es imposible obtener nada, pero pronto la gente empieza a ponerse nerviosa y exigir a las autoridades todo tipo de responsabilidades. También aparecerán las presiones políticas. Hay que encontrar un culpable, sea cómo sea. Detendrán a un pobre don nadie que tuvo una pequeña discusión con el párroco, y que porta una pistola con la que pudo cometer el asesinato.

    Siendo una película de Elia Kazan es fácil deducir que no nos encontramos ante un film cómodo de ver, sino más bien todo lo contrario. Kazan pone en tela de juicio todo el sistema judicial de un país reflejado en esa pequeña comunidad, y va más allá cuando sugiere que el poder político está por encima del bien y del mal siendo capaz de determinar quién puede ser ajusticiado o puesto en libertad dependiendo de si hay que ganar o no unas elecciones. Espinoso terreno de rabiosa actualidad, y eso que la película es de 1947.

    Kazan va directo al grano con un comienzo de lo más espectacular y atrayente: un asesinato cometido en plena noche en una calle casi concurrida de gente. A partir de ahí y con un clarísimo dominio del ritmo nos va envolviendo en toda una espiral de acontecimientos a cada cual más tenso hasta llega a unos 15 minutos finales verdaderamente prodigiosos en los que un fiscal del distrito expone un caso presentado unas pruebas de lo más sorprendentes. Ya dije antes que el film está basado en un hecho real, y también procuraron mantener casi todos los nombres auténticos de los que se vieron involucrados en dicho hecho. No obstante nos encontramos ante una película y por mucho hecho real que haya sido, el cine siempre se mueve dentro de unos parámetros de pura ficción. Aún así, resulta estimulante imaginarse al verdadero fiscal exponer el caso con la misma energía y convicción con la que lo hace Dana Andrews en la película (muy cinematográficamente).

    Andrews, actor un poco mediocre, está bastante convincente en su papel. Jane Wyatt interpreta a su mujer y es el típico papel femenino de relleno y que no pinta nada. Arthur Kennedy, casi siempre secundario, interpreta al preso que todos quieren ver muerto. Y luego nos encontramos con dos actores típicos en el cine de Kazan. Lee J. Cobb, como siempre tan efectivo, en el papel de jefe de policía duro, y Karl Malden como uno de sus ayudantes que aunque sale poco protagoniza una de las escenas más fuertes del film. Sin desvelar nada diré que se trata de aquella en la que Malden quita del juzgado y por la parte de atrás al acusado y un montón de ciudadanos, desesosos de venganza lo están esperando. Una escena incomodísima genialmente resuelta y con la que Kazan se permite el lujo de criticar la inutilidad de las masas movidas por absurdos motivos de venganza, los cuales provienen de la ignorancia.

    Al film sólo hay que reprocharle cierta trampa argumental que por supuesto no revelaré, pero hay una información que se le oculta al espectador de forma descarada, con lo que ciertas reacciones de algún personaje están de más. Aún así, un film muy bueno, muy en la línea de su director, poniendo siempre el dedo en la llaga y ofreciéndonos gran cine, como casi siempre era habitual en él. Una pena que luego muchos se dejaran cegar por otros temas y le dieran la espalda como cineasta. Entre aquellos que ni se levantaron ni aplaudieron había gente como Ed Harris, cuya cara de cabreo era antológica, y uno que aplaudió pero no se levantó fue el señor Steven Spielberg, quien sólo se moja en sus películas.


  10. #30
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    The Wicker Man (1973).


    Con guión de Anthony Shaffer basándose en su propia novela, cuenta cómo en Escocia un sargento de policía recibe una carta pidiendo ayuda por la desaparición de una niña en una aislada isla. Una vez allí, todos los lugareños negarán haber conocido a dicha niña en incluso afirmarán que nunca exisitió. Poco a poco el policía va dándose cuenta de que en el pueblo sucede algo extraño, ya que el comportamiento de la gente no es normal, comportándose como si estuvieran haciendo algún tipo de ritual.

    La película tiene la típica estética de los años 70, algo que le queda muy bien, al tratarse de una historia de lo más enfermiza y que raya la más absoluta de las locuras, ya que hay una sensación a lo largo de todo el film como si lo que estamos viendo no sucediera de verdad. Todo está impregnado de cierto toque onírico que la hace enormemente fascinante y sobre todo atrayente e inlcuso hipnotizante, algo que va muy en consonancia con lo que en la película se narra. Todo esto es un acierto por parte de su director, Robin Hardy, que rehuye de muchos tópicos y apoyado en la excelente trama creada por Shaffer nos introduce en todo un mundo malsano, reflejado en una comunidad llena de personajes inquietantes y que juntos forman una piña de lo más peligrosa.

    Uno de los puntos positivos del film, y también de los más arriesgados, es enfrentar claramente a la religión católica (personificada en el policía) con el sexo desenfrenado de una sociedad en la que todos follan a diestro y siniestro pero con una finalidad, y que evidentemente no voy a desvelar ya que estropearía la sorpresa de la película. No obstante el film tiene dos escenas clarísimas al respecto que a más de uno puede escandalizar. La primera es en una taberna donde todos los clientes se ponen a cantar una canción sobre la hija del posadero ante el estupor de nuestro protagonista. Una escena incomodísima, ya que con sólo una canción se provoca una tensión única. La otra secuencia es una en la que se produce uno de los rituales de seducción más originales y sensuales que se hayan visto en una pantalla de cine. No voy a hablar sobre el mismo, pero Britt Ekland sale tal y como vino al mundo marcándose un baile en el que los golpecitos tienen un protagonismo especial y claramente insinuador. Sencillamente inolvidable.

    Los actores están todos fantásticos. Desde la ya mencionada Britt Ekland, que está morbosamente provocadora cumpliendo a la perfección ese papel, pasando por Edward Woodward, actor mayoritariamente televisivo, muy característico de los años 60 y 70, componiendo un papel mezcla de inocente y duro policía. Y llegando hasta Christopher Lee, quien no necesita presentación para muchos de vosotros. Este mito del cine de terror realiza una sobrecogedora interpretación del líder de la extraña comunidad, una terrorífica presencia con las gotas justas de amaneramiento. Atención a la parte final en la que aparece disfrazado y bailando, antes de descubrirse todo el pastel. Al respecto citar que el cierre del film, sus últimos diez minutos más o menos son realmente duros y sin ningún tipo de concesión al espectador con una escena que permanece con justica entre las grandes del cine de terror.

    Al film sólo le pondría un defecto, y es que el personaje principal es en algunos momentos demasiado tonto, o ingenuo por así decirlo. Resulta un poco forzado que antes tantos acontecimientos extraños un policía no se de cuenta de que la gente del lugar no es trigo limpio, o lo que resulta aún más extraño, que investigue él solo un caso de desaparición y que no pida ningún tipo de refuerzos. También hay un exceso de canciones, aunque tal cosa llama poderosamente la atención en un film de terror. Aún así, estos son males menores en una película enormemente fascinante, sugerente, morbosa y fuerte. Una buena plícula que animo a todos a descubrir urgentemente.

    Nota de Karakorum: Hace unos años fuimos atormentados por un innecesario y ridículo remake protagonizado por el también ridículo Nicholas Cage.

    Última edición por Karakorum; 06/06/2011 a las 15:36

  11. #31
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    Trouble in Paradise (1932).


    Ernst Lubitsch era uno de los más grandes. Un nombre obligado en esas famosas listas de los mejores directores de toda la historia del Cine, aunque esas listas en el fondo no valgan para nada. Pero nombrar a directores grandes sería muy fácil, sobre todo si viajamos en el tiempo unos 50 años como mínimo y hacia atrás. Sería más interesante decir una sola cualidad por la que destacó cada uno de esos directores. En el caso de Lubitsch está muy claro: la sutileza, y en un segundo plano, la elegancia. Porque hablar de un genio como Lubitsch es sobre todo hablar de una puesta en escena sublime con pocos elementos y que, por ejemplo con una puerta querer decir, y hacerlo, un montón de cosas. Hablar de Lubtisch es hablar de unos diálogos precisos, divertidos y siempre con un doble sentido, oímos una cosa pero realmente nos está diciendo otra. Trouble in Paradise, dirigida en 1932, cumple a la perfección todo esto.

    Trouble in Paradise, cuenta la historia de un ladrón de clase alta, que un día conoce a una carterista que se hace pasar por condesa para cometer sus pequeños robos. Cada uno reconocerá a su alma gemela en el otro, y ambos decidirán empezar toda una carrera profesional sobre el robo, eso sí, hecho con la mayor de las delicadezas y el mejor de los estilos, el de un verdadero caballero y una verdadera dama.

    Es una película para disfrutar y saborear cada uno de sus planos, y poder comprobar como Lubitsch hacía fácil lo difícil, ya que el ejemplo antes citado de la puerta aquí es usado en varias ocasiones y con resultados sorprendentes, únicos, gloriosos. Tanto es así que se llega a la conclusión de que sólo Lubitsch era capaz de decir un sinfín de cosas simplemente filmando una puerta cerrada, pero con la agudeza suficiente como para que el espectador sepa qué ocurre detrás de esa puerta. Pero hay más ejemplos, como filmar la sombra de uno de los personajes y ver lo que éste está haciendo. Lubitsch siempre filmaba una cosa, pero lo que quería transmitirnos estaba fuera del plano. Normalmente eran apuntes dramáticos, que al no ser mostrados, sino sólo sugeridos, alcanzaban una mayor dimensión al tener el espectador que dibujarlo en su mente.

    Los diálogos son fantásticos, sublimes, y no me refiero a que estén llenos de grandes frases hechas con palabras rebuscadas y de gran significado, no. Con sólo frases sencillas hablando sobre trivialidades se nos cuentan aspectos que definen a los personajes tanto en su carácter como en su pensamiento. Atención a una conversación inicial entre un camarero y el protagonista principal masculino. Se trata de una pregunta extensa y una escueta respuesta, y que cada una funciona por separado tanto en que cada uno está pensando en sí mismo, y al mismo tiempo funcionan juntas, diciéndonos algo completamente distinto.

    La película es principalmente una comedia, con las dosis justas de drama, lo mínimo para darle una dimensión más profunda al tema. Todo ello relucido con el toque elegante de Lubitsch que nos transporta a una época maravillosa llena de glamour donde las cosas se hacían de otra manera, incluso los actos delictivos. Un acto tan amoral como el robo nos es presentado en la trama de una forma tan exquisita, a través de la pareja protagonista, que al espectador le entran ganas de ser cómplice de esos dos ladrones, siempre y cuando las cosas se hagan de la misma forma que en la película, por supuesto.

    Los actores están todos fantásticos. Además es un film lleno de estrellas de la época hoy prácticamente olvidadas. Herbert Marshall, casi siempre secundario, aquí tiene el papel principal, y no hay otro como él para darle la elegancia y la educación necesaria a un personaje maravilloso. A su lado Miriam Hopkins, excelente actriz de comedia de aquellos años y que ésta era la segunda vez que trabajaba a las órdenes de Lubitsch de un total de tres. La actriz está simpatiquísima, y lo que es más importante, tiene una química impresionante con Marshall. Su primer encuentro es sencillamente memorable. Alrededor de una mesa y comiendo se conocen cómo solo dos ladrones pueden conocerse. El amor a primera vista perfectamente explicado.

    Entre los secundarios nos encontramos a actorazos del calibre de Edward Everett Horton, que casi siempre interpretaba a un tipo despistado, curioso y que nada entendía de lo que le rodeaba. En el film protagoniza uno de los gags más graciosos del mismo. C. Aubrey Smith, que con su sola e impresionante presencia ya llenaba la pantalla, y Kay Francis, magnífica actriz de los años 30, menos conocida que otras estrellas de su generación, pero que bordaba los papeles de mujer malvada. En el film es la tercera en discordia en otra de las constantes del cine de Lubitsch: los triángulos amorosos.

    Una película magnífica, llena de matices como solía estar lleno el cine de Lubitsch y que deja muy clara una cosa: vista 74 años después, a pesar de que no ha perdido ni un ápice de su frescura, sería imposible hacerla hoy en día, no sería creíble, entre otras cosas porque no hay director capaz de hacerlo. Mejor, revisionar este título de vez en cuando nos sirve para admirar la obra de un maestro y estar en paz con el Cine por si la cartelera actual nos da disgustos.


  12. #32
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    All the King's Men (1949).


    La historia de All the King's Men sigue el comienzo y ascenso meteórico de un hombre normal y corriente que en principio sólo quiere ser abogado, pero que termina convirtiéndose en Gobernador, y por lo tanto en un hombre muy poderoso e influyente. Saquen todas las ramificaciones que quieran de dicho esquema argumental, y absolutamente todas se cuentan en la película: corrupción, amistad traicionada, infidelidad, más corrupción, ideales traicionados, sexo, más corrupción aún que queda mucha película, fin.

    Robert Rossen dirige con maestría todo el film de principio a fin y con un ritmo endiablado. Basándose en la novela de Robert Penn Warren, el director hace un incisivo estudio sobre la corrupción política narrando con una sobriedad increíble y con un tratamiento que mezcla el melodrama con unas pizcas de cine negro, esto último sobre todo en su parte final. Y cómo no, con esa maravillosa gama de grises, más el blanco y negro que tienen las películas clásicas.

    El film ganó tres Oscar en la edición de aquel año, 1949, a mejor película, mejor actor principal, un sensacional Broderick Crawford, componiendo uno de esos personajes ambigüos a los que uno es capaz de amar y odiar al mismo tiempo. Atención a su primer discurso importante en público, la fuerza y confianza en sí mismo de Carwford traspasa la pantalla. También se llevó la estatuilla a casa una sorprendente Mercedes McCambridge en el que fue su primer papel para el cine, la mujer que acompaña en todo momento al político en todas sus campañas, hasta llegar al punto de conocerle mucho más de lo que se conoce él mismo.

    Puede que uno de los puntos flojos de la cinta sea John Ireland, en el papel de narrador, un periodista que va cubriendo la carrera de éxitos y fracasos del político en cuestión. El actor aguanta falsamente con el peso de la película, ya que todo está narrado desde su punto de vista. El actor puede que no esté a la altura de las circunstancias, o mejor dicho a la altura de sus dos compeñeros de reparto.

    All the King's Men no ha perdido ni un ápice de frescura en su discurso que sigue totalmente actual a pesar del tiempo transcurrido, y es que la corrupción política me temo que es algo que siempre estará de moda. El film de Rossen lo demuestra con su atemporal propuesta.


  13. #33
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    Separate Tables (1958).


    En una reciente tertulia entre amigos de las que se producen los sábados por la noche en una cervecería hasta altas horas de la madrugada, tratamos de recordar aquellas películas en las que un hotel tuviera especial importancia. Salieron bastantes títulos, algunos de ellos muy famosos, otros no tanto, e incluso acabamos derivando y divagando sobre aquellos films en los que los hoteles ya no eran tan importantes. A pesar de que puede haber películas mejores, todos hicimos una pausa cuando se nombró Separate Tables. ¿Y por qué? todo aquel que ha visto la película, y que haya disfrutado con ella por supuesto, coincidirá con los demás en que el final de la misma es uno de los más grandes finales que se hayan visto jamás en una película, de una emotividad asombrosa que mezclado con la sensacional banda sonora de David Raksin dan unas ganas tremendas de levantarse y gritar ¡¡¡¡Diosssss, qué grande es el Cine!!!!!!

    La película sigue el típico esquema de distintos personajes todos reunidos en un hotel y cada uno con su respectiva historia, alguna de las cuales se entremezcla con la de otros personajes. Desde que el gran Edmund Goulding sorprendiera a todo el mundo con su oscarizada Grand Hotel, todas las demás películas de idéntica índole no se han apartado ni un ápice del mencionado esquema. Hacer ahora un resumen de cada historia sería absurdo y sinceramente no hace falta. Tienen de todo, la vieja pareja de enamorados que vuelven a verse después de que cada uno haya sufrido lo suyo, el viejo veterano de guerra contando sus batallitas, las viejas chismosas, los jóvenes amantes que tiene que andar a escondidas, la directora del hotel poniendo orden en todo y enamorándose de uno de sus clientes, etc.

    Separate Tables es una reunión de un sinfín de talentos cada uno sabiendo muy bien lo que hace. Para empezar, John Gay, basándose en la obra teatral de Terrence Rattigan, realiza un conciso guión perfectamente estructurado donde cada cosa está en su sitio. Así pues tras la conveniente presentación de personajes se nos presenta de forma magistral todos los conflictos que envuelven a dichos personajes hipnotizando al espectador de tal manera que éste no despega el ojo de la pantalla hasta saber el desenlace. Y lo que es mejor, no cae en ningún momento en el folletín.

    Podríamos continuar con su esplendoroso reparto en el que se dan cita grandes estrellas de la época. Burt Lancaster, demostrando una vez más lo excelente actor que era, capaz de cambiar de expresión en menos de un segundo cambiando totalmente el significado de cualquier escena. Atención al primer momento en el que se encuentra con el personaje de Rita Hayworth. Dicha escena, demostración palpable de lo que es y debe ser un buen guión es uno de los puntos de inflexión de la historia y ambos actores están extraordinarios. Por cierto, la Hayworth sale increiblemente guapa en un personaje mezcla de mujer fatal y al mismo tiempo frágil. La siempre maravillosa Deborah Kerr en un papel inusitado, la de hija demasiado protegida y absorbida por su posesiva madre. La actriz está encantandora desprendiendo la inocencia que el personaje requiere. Rod Taylor cuando aún no eran tan famoso tiene un pequeño papel y puede que sea el más insignificante de todos, de hecho podrían habérselo ahorrado. Citar cómo no a dos grandes secundarias como lo fueron Wendy Hiller y Gladys Cooper aportando todavía más calidad al conjunto.

    Pero si hay alguien que se merece todos los piropos habidos y por haber en esta película es David Niven, un actor que nunca estuvo entre los grandes grandes, pero tuvo su lugar de honor en el Séptimo Arte y bien merecido, pocos hubo tan elegantes como él. El actor está increíblemente maravilloso en su personaje, el Mayor veterano de Guerra con un terrible secreto. Niven ganó un más que merecido Oscar por su interpretación, una de esas interpretaciones que por más que pueda deshacerme en elogios hacia ella creo que siempre me quedaría corto. Hay que verlo, y cómo no, sentirle en ese impresionante final que es la guinda perfecta para el film.

    Una gran plícula dirigida con una gran elegancia y sensibilidad por el televisivo Delbert Mann que en ese año, 1958, y gran parte de los 60, destacaría bastante en Cine. Atención al travelling inicial y final del film, son prácticamente el mismo pero cuán disinta es la sensación en cada uno.


  14. #34
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    Cinema Paradiso (1988).


    Como ya habían pasado muchos años desde la última vez que la vi, decidí que era un buen momento para volver a aguantarla, y cuando uso el verbo aguantar no estoy queriendo decir ni sugerir que el film me haya parecido malo. Cuando uso ese verbo me refiero a que otra vez tendría que reprimir las enormes ganas de llorar que me entran cuando veo esta película, sobre todo en su tercio final. Cualquier cinéfilo que se precie de serlo se habrá dejado enamorar en todos los aspectos por una de las más grandes obras maestras del Cine de los últimos 20 años. El enorme amor que la película dirigida por Giuseppe Tornatore demuestra hacía el Séptimo Arte, es a todas luces, uno de los más grandes homenajes hacia el Cine que se hayan hecho jamás.

    Mi cariño hacia este film va todavía más allá, ya que durante tres años de mi vida me dediqué a trabajar en la cabina de un ya desaparecido cine de mi ciudad. Ver lo que acontece en la cabina del Paradiso no sólo me emociona porque me conozco todo lo que el personaje hace, sino porque me trae unos recuerdos emocionantes e imborrables a mi memoria. Eso no debería influirme para criticar una película que sin necesidad de que me recuerde una época de mi vida, la considero perfecta de principio a fin. Algún día contaré mis experiencias en dicha cabina, enumerando los “accidentes” que en ella ocurrían, tantos aquellos que terminaron siendo anécdotas graciosas como aquellos que sería mejor no contar.

    Supongo que a estas alturas el argumento de la película lo conocen todos, incluso los que aún no la han visto. A modo de flashback un hombre recuerda su infancia y juventud en un pequeño pueblo italiano en el que llegó a trabajar en la cabina del cine, forjándose una amistad inquebrantable con operador de la misma, Alfredo, un ser solitario y entrañable que tratará a Totó (así se llama nuestro protagonista) como si fuera el hijo que nunca tuvo. Pasarán los años y con ellos la vida, el cine y la vida, el amor, el cine y el amor…

    Y es que si hay algo en esta película que está muy bien retratado y mostrado es el paso del tiempo. Tres épocas totalmente distintas en un mismo lugar. Cuando nuestro protagonista es un niño, llena de momentos cómicos muy típicos del cine italiano y desprendiendo una alegría por vivir radiante y contagiosa. Cuando nuestro protagonista es un adolescente y las primeras gotas de amargura vienen cuando se enamora por primera vez. Y evidentemente cuando nuestro protagonista es un adulto y de vuelta a ese pueblo tan importante para él, descubre que el tiempo no perdona a nadie y que nuestro fin es irremediable, como el mismo que sufre el Cine Paradiso. Tres partes muy bien diferenciadas e inteligentemente intercaladas con algunos planos del protagonista recordando.

    Tornatore dirige con la sensibilidad de un maestro, y sobre todo teniendo un esmerado cuidado y sintiendo un enorme respeto y amor por el Cine, al que no se cansa de homenajear durante toda la película ya sea mediante la profesión misma de proyeccionista, o mediante escenas de películas clásicas, reconocibles para todo cinéfilo, en la pantalla del cine. También se permite el grandioso lujo de filmar las reacciones de un público muy distinto entre sí, un público profundamente emocionado cuando no había otra cosa para distraerse más que una sala de cine donde historias de todos los tipos y procedentes de todos los lugares hacían soñar a los habitantes del lugar. Es memorable ver reir a la gente en una proyección de Chaplin o verlos llorar en un dramón, mientras alguno del público recita las frases del diálogo porque ya se ha visto la película varias veces, y aún así sigue llorando. Esa es la magia del Cine.

    La figura del censor tiene también un papel muy especial en esta película. Aquí viene personificada en un cura (¡cómo no!) que se ve las películas antes de estrenarlas y “sugiere” que todos los besos que salgan en pantalla se corten ya que los considera pornográficos. Sublime la reacción del público cuando eso no sucede por vez primera. Como sublimes son otros momentos de especial consideración y sin desvelar nada, citar aquél en el que Alfredo resuelve el problema de que no toda la gente puede ver la película porque la sala está a tope. Dicho momento es, sin dudarlo, uno de los más grandes de toda la Historia del Cine, porque, una vez más, la magia vuelve a hacer efecto, y esta vez desde la propia cabina de proyección.

    Respecto a los actores decir que están todos fantásticos. Desde Philippe Noiret, en el que probablemente sea el papel más famoso de su carrera, pasando por un enormemente expresivo Salvatore Cascio, que interpreta a Totó niño, y terminando en Jacques Perrin que interpreta a Totó adulto y en cuyo rsotro se ve fácilmente el paso inexorable del tiempo. Todos ellos bailan de forma prodigiosa por el film, y digo bailan, porque esta película no sería la misma sin la grandísima banda sonora compuesta por Ennio Morricone, salvo el ‘Love Theme’ que está compuesto por su hijo Andrea. Por cierto, es imperdonable que Morricone aún no tenga ningún Oscar y haya sido nominado muy pocas veces.

    Hay una frase que para mí resume toda la película de forma increíble. En un momento dado el personaje de Noiret le dice a Totó adolescente: “Hagas lo que hagas ámalo, como amabas la cabina del Paradiso”. Es para mí el momento más emotivo del film y donde me rindo finalmente. Apoyado, cómo no, en la constatación de esas palabras que toman forma en la magistral secuencia final en la que todo aquel que la haya visto, si se considera humano, habrá derramado lágrimas. Es el único final posible. ¿Cómo se expresa más fácilmente el amor? Con un beso. ¿Qué le inculca Alfredo a Totó durante toda su vida y qué le regala? Amor ¿Cómo? como mejor sabe y como mejor va a entenderlo Totó. Porque el amor lo es todo. Y pocas veces unos besos tuvieron tanto significado en una película.

    Última edición por Karakorum; 06/10/2011 a las 17:08

  15. #35
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    Pickpocket (1959).


    Pickpocket significa carterista, y creo sinceramente que no había un título más adecuado para esta gran obra del reconocidísimo Robert Bresson, director francés con una filmografía poco extensa, si tenemos en cuenta que en 50 años hizo 16 películas, algunas de las cuales tienen su puesto entre las películas más destacadas de la cinematografía francesa, y también de cualquier cinematografía. Yo tenía esta cuenta pendiente con Pickpocket, indudablemente el film más famoso de Bresson junto con los dos inmediatamente anteriores, todos en la década de los 50, y el pasado Viernes por fin me he quitado esa espinita que tenía clavada. El resultado del visionado de la película fue una de las experiencias cinematográficas más sentidas que he tenido últimamente. Y lo de “sentido” es un término que a Bresson le queda muy bien, por lo menos en lo que respecta a esta película.

    El argumento es bien sencillo, que no simple. Michel es un hombre en el paro, aburrido de la vida y cansado de todo, con una extraña relación con su madre. Tiene un hobby muy particular, es carterista, algo que de vez en cuando le reporta algún dinero extra. A partir de un momento clave en su vida, decide tomar clases de un verdadero profesional y se dedica de lleno a robar carteras, ya que es lo único en el mundo con lo que puede expresarse realmente y con lo que sentirse realizado.

    Pickpocket es una película de silencios, de emociones calladas, de sentimientos ocultos. Y Bresson acierta de lleno en algo que a priori resulta arriesgadísimo: la elección de actores no profesionales. Cabe decir que en ciertos momentos se les nota esa inexperiencia, ya que algunos no logran ser lo expresivos que se debiera, y más en una película de la intensidad dramática de ésta. Sin embargo, Bresson sabe muy bien lo que se hace, y convierte toda esa inexperiencia actoral en una de las mejores bazas de la película, al querer reflejar en todo momento la incomunicación de los personajes. El apatismo de algunos de ellos contribuyen positivamente a que el director refleje perfectamente lo que quiere reflejar.

    Pickpocket es por un lado una película realista en algunos de sus aspectos, los personajes nos resultan cercanos, podrían ser tranquilamente nuestros vecinos. Y por otro lado es un film como irreal, con una atmósfera extraña y un sugestivo poder de fascinación que ahonda profundamente en los personajes principales, en sus almas. Bresson se deja llevar por la fluidez de la historia para contarnos algo más que lo que a simple vista estamos viendo. Es maravilloso comprobar que los detalles más insignificantes tiene toda su importancia en la historia, y aquí me refiero a lo que la película cuenta en su totalidad, y no sólo a la parte del carterista. Parte, por cierto, realizada con un enorme sentido del ritmo y el montaje. Citar al respecto, la extraordinaria secuencia de aprendizaje del personaje principal, donde vemos en primerísimo plano verdaderas lecciones de cómo robar una cartera. También son destacables todos los momentos en los que nuestro protagonista se pone manos a la obra e intenta robar una cartera, algunos de ellos de una tensión increíble, tanto que parece que estamos viendo un film de suspenso.

    Una película magnífica en todos los aspectos, prácticamente única en su especie, capaz de sintetizar en 72 minutos muchas cosas, y ser capaz de transmitir fuertes sensaciones, a la par que estar disfrutando enormemente de un gran film. Un film hecho con el alma, para hablar sobre el alma y destinado a nuestra alma, por muy redundante que sea todo esto. Pickpocket es así, es inútil hablar más sobre ella, hay que sentirla.

    Última edición por Karakorum; 10/06/2011 a las 16:03

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    Había un Padre (Chichi ariki, 1942).


    Yasujiro Ozu es uno de los clásicos directores del cine japonés, probablemente uno de los más importantes junto a Kenji Mizoguchi y Akira Kurosawa, todos ellos firmantes de algunas de las películas más sobresalientes que se hayan hecho jamás.

    Había un Padre narra la historia de un profesor de provincia que un día, en una excursión con sus alumnos, se le muere uno de ellos. Profundamente consternado por la muerte, de la que se hace responsable, decide dimitir de la enseñanza e irse con su hijo a otro lugar donde empezar de nuevo. Sin embargo, realmente optará por alejarse emocionalmente de su hijo, creándose una extraña relación entre ellos a lo largo de los años.

    Si hay una palabra que resume esta película, esa es sencillez, pero sencillez en absolutamente todos sus aspectos. Para empezar, la enorme facilidad que Ozu tiene para condensar en apenas hora y media, una historia que abarca muchos años, y en ningún momento resulta apresurada. Al contrario, se toma su tiempo para narrar todos los sencillos elementos de su sencillo argumento. Es envidiable la capacidad de síntesis de su guión para contar única y exclusivamente aquello que merece la pena contarse y no andarse por las ramas, y al mismo tiempo resultar contemplativo. Al respecto, citar todo los planos insertados entre las principales acciones, planos estáticos (Ozu apenas mueve la cámara), con los que une determinadas escenas, y que en apariencia no muestran nada, pero realmente lo muestran todo, y sin resultar metafóricamente aburrido, sino todo lo contrario.

    Ozu nos hace testigos inseparables (y es que desde el primer minuto no podemos apartar la mirada ni un sólo instante) de lo cotidiano y casi trivial de las vidas de sus personajes principales. Testigos de sus sentimintos de culpa, de sus anhelos y sueños. Y una vez más, resulta sencillo en esa descripción. Al igual que los momentos dramáticos (asistimos a un film enormemente triste) son de una fuerza impresionante, debido a la naturalidad con la que nos son expuestos. Y otra vez alude a la sencillez como su mejor arma, logrando una historia universal que puede ser entendida y comprendida hasta en Marte.

    Las interpretaciones de su trío protagonista son de un altísimo nivel, destacando, como no, Chishu Ryu, interpretando al profesor protagonista, un hombre sumergido en su propia tristeza que le hace aislarse del mundo entero, incluído su propio hijo, del que siempre estará pendiente de procurarle una buena enseñanza (como buen profesor que ha sido) y al que nunca dejará de amar. Al hijo lo interpretan dos actores, uno cuando es un niño y otro cuando es ya un hombre. Al primero le da vida Haruhiko Tsuda, quien define perfectamente al personaje con un par de gestos. Al segundo, un magnífico Shuji Sano, quien continúa de forma prodigiosa las maneras dejadas por el actor anterior. Tres actores a los que parece no haberles costado nada interpretar sus roles.

    Cuando la película termina, uno se queda pensando, terriblemente sumergido con uno de los films más bellos que se han realizado en el Séptimo Arte. Se queda con ese tipo de sensaciones que sólo las grandes películas son capaces de dejar, que días después, las imágenes embriagadoras de un film sencillamente fascinante no se te borran de la cabeza y aún uno es capaz de recrearse en ellas con la misma facilidad que si las estuviéramos viendo en ese mismo momento. Es el poso de las obras maestras, de los genios como Ozu, de la magia inmortal del Cine.

    Última edición por Karakorum; 11/06/2011 a las 15:11

  17. #37
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    Stars in my Crown (1950).


    Ya he hablado con anterioridad de Jacques Tourneur, diciendo que en mi opinión es uno de los grandes directores de los años 40 y 50. Clásicos imperecederos son obra suya, títulos como Out of the Past, I Walked with a Zombie, Cat People, Night of the Demon o Anne of the Indies son una buena muestra de ello, y si se fijan, films muy distintos entre sí. Stars in my Crown es uno de sus films menos conocidos. Se trata de un western de 1950, realizado en blanco y negro, en el que Tourneur se aparta considerablmente de lo que nos tenía acostumbrados en sus películas, y nos evoca directamente al mundo de John Ford, fílmicamente hablando, por supuesto. Con esto no digo que el film sea una continua copia de otro de Ford, ni muchísimo menos, pero sí hay cosas en esta película que bien podría haber firmado el maestro americano, tanto por su forma visual como temática.

    El sencillo argumento de Stars in my Crown nos narra las andanzas de Josiah Grey, un predicador que llega a un pequeño pueblo en el que enseguida, y con muy buena mano para convencer, se pone a predicar la palabra de Dios. En poco tiempo, tendrá familia y un buen puñado de amigos. La película nos cuenta, mediante la voz en off de uno de sus personajes, algunas de las vivencias de Grey en dicho pueblo, con sus gentes, y de cómo marcó la vida de nuestro narrador.

    Una historia sencilla, entendible y mostrada con total sencillez y profesionalidad por un Tourneur en plena forma, algo con lo que se disfruta doblemente, una por encontrarnos con lo mejor de su director, y otra por hacerlo en una obra sobre la que no tenemos demasiadas referencias, debido a su poca repercusión. Cuando un film desconocido sorprende, la satisfacción en estos casos suele ser mayor de la que se tiene en un film más famoso, y con esto no estoy diciendo que una sea mejor que la otra, o viceversa.

    Tourneur se acerca aquí de forma muy clara al cine de Ford, tan de moda y éxito por aquella época. Y es que aquí hay alguna que otra secuencia que recuerda a los films de Ford, sobre todo los de blanco y negro, como My Darling Clementine o Young Mr. Lincoln, por poner dos ejemplos. La llegada del personaje de Joel McCrea al pueblo, o algunos momentos tensos al final del film, rezuman clasicismo fordiano por los cuatro costados. Y en cuanto a lo temático, hay en esta película muchas de las constantes de los temas de Ford, como por ejemplo, la unidad familiar, el compañerismo, o el típico personaje que lo organiza todo y que a veces está desencajado. También alusiones a la religión y las creencias, muy del gusto de Ford, y que son el eje central del film, consiguiendo escenas poderosísimas al respecto. Atención a cierto discurso a miembros del Ku Klux Klan, o cierta escena, toda en silencio, de McCrea rezando a los pies de la cama de una moribunda. Prodigios, excepcionalmente filmados, que poseen una fuerza inusitada.

    Los actores están todos maravillosos. Empezando por un muy convincente Joel McCrea, que lleva el peso de todo el film, componiendo un personaje muy carismático y que enseguida es de nuestro agrado. A su lado, Alan Hale, un eterno secundario de la época dorada de Hollywood, con un tipo de personaje muy de su estilo, el de hombre rudo, pero bonachón, que siempre ayuda cuando lo necesitan. Y también tenemos a Dean Stockwell, interpretando al “niño de la película”, que en este caso es el narrador de la historia cuando era un crío. Evidentemente, Stockwell está muy lejos de lo que compondría años después con tanta convicción, y es que en este film, su personaje no pasaba de mero personaje infantil, sin más complicación.

    Una película muy buena, muy en la línea de lo que se hacía en aquellos años, llenos de esplendor y glamour. Incomprensiblemente no tuvo el eco que merece, quedando en el recuerdo como una de las piezas más extrañas y desconocidas en la filmografía de Tourneur. Menos mal que el tiempo está para reinvidicar algunas cosas y que éstas no se pierdan.

    Última edición por Karakorum; 12/06/2011 a las 15:48

  18. #38
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    Wife vs. Secretary (1936).


    Yo no me lo hubiera pensado dos veces: Myrna Loy. Sin dudarlo ni lo más mínimo, entre esas dos míticas actrices, me hubiera quedado con la Loy, que aunque tenía aspecto de más calmadita e interpretó a un buen número de esposas perfectas en un sinfín de películas, tenía un nosequé queseyó que ya me entiendes. La Harlow, a pesar de intepretar otro tipo de papeles femeninos, me resultó siempre un pelín insoportable, quizá por esas cejas pintadas tan finas que no le quedaban nada bien. No obstante, su temprana muerte, a los 26 años de edad, truncó su fulgurante carrera, y nunca sabremos de qué hubiera sido capaz esta mujer en el cine, aunque nos podemos hacer una idea.

    En Wife vs. Secretary, mantiene el tipo frente a una Myrna Loy totalmente resignada en un papel muy característico de ella, compitiendo, por así decirlo, por el amor de Clark Gable, quien es un importante empresario, felizmente casado con el personaje de Loy, y que tiene como eficaz e imprescindible secretaria a un chica, a la que da vida Harlow. Una serie de malentendidos encederán la chispa de la desconfianza en las respectivas parejas de cada uno, pensando que el otro le es infiel.

    Nos encontramos ante una comedia, con tintes de melodrama, romántica, tan típica de los años 30, y cuando digo típica me refiero a buena, porque hay que ver que bien sabían contar las historias en aquellos años, y cómo ha ido degenerando la cosa hasta hoy día. El film está dirigido por uno de los expertos en la materia en aquellos años, el hoy bastante olvidado, desgraciadamente, Clarence Brown, quien manejaba los resortes del género a la perfección. Brown le imprime un ritmo al film, perfecto, y nunca cae en la blandenguería ni en el exceso de dramatismo, jugando entre en los dos campos con envidiable facilidad. Por un lado, nos muestra un hombre felizmente casado con una mujer que le ama con locura y a la que corresponde en su justa medida, teniendo como base de ese amor, el respeto máximo y la confianza. Esto lo enfrenta a la relación que tiene con su secretaria, a la que necesita enormemente por lo eficiente que es, y con la que tiene un trato casi de amistad, incluso demasiado cariñoso, pero que no va más allá.

    Evidentemente, ante este panorama, cualquier persona con un mínimo de celos (o sea, todos) tendría la mosca detrás de la oreja. Brown expone esta posibilidad en el momento menos esperado,y de forma nada forzada, y a pesar de que la jugada le sale bien, y logra retratar todo tipo de sensaciones desencadenadas de dicha situación, también es cierto que algunas cosillas están pilladas por los pelos, ya que al personaje de Myrna Loy le resultaría muy fácil desmostrar, o comprobar, si su marido le miente o le dice la verdad. Y al mismo tiempo hay un acierto en todo eso, porque precisamente la confianza se basa en creer a tu pareja, y no en comprobar que esa confianza está justificada. Terreno espinoso, que Brown resuelve con total sencillez y eficacia.

    Respecto a las actrices, decir que están simplemente bien, aunque el peso lo lleva probablemente Jean Harlow. Clark Gable está sencillamente sensacional, dando vida a un personaje alegre y simpático, con una fuerza casi inusitada, bastante por encima de lo que estamos acostumbrados a ver en él. A su lado, como el cuarto en discordia, un James Stewart, a punto de saltar al estrellato, y que ya empezaba a destacar en un tipo de personajes rectos, justos y leales, tan de moda en su filmografía posterior.

    Una buena película, muy característica de aquellos años esplendorosos en el cine americano, y que como muchas de aquella época, peca un poco de ingenuidad e inocencia. Algo totalmente lógico si tenemos en cuenta que se hizo en 1936. No obstante, hay ciertas decisiones en el personaje de Loy que son de una modernidad asombrosa para aquella época, y que más de 70 años después sigue tan vigente como entonces.


  19. #39
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    Sono Yo No Tsuma (1930).


    La obra de Yasujiro Ozu es bastante extensa y aquí conocemos una mínima parte. Dirigida en 1930, pertenece a su etapa muda. Una película de tan sólo 65 minutos de duración, aunque eso no es óbice ni circunstancia para asistir a una historia perfectamente estructurada y narrada en ese tiempo. Y además encontrarnos con alguna que otra sorpresa en las formas empleadas por Ozu.

    Sono Yo No Tsuma cuenta como un ladrón es perseguido por la policía, los cuales no le dan el más mínimo cuartel. Mientras tanto, en una casa, una madre y su hijo enfermo esperan a que el padre vuelva al hogar, un padre que no es otro que ese delincuente que huye de la policía, y que trata por todos los medios de volver a casa sin ser visto.

    Así que a los que ya conocen a Ozu verán que una de las constantes de su cine está presente también en esta película: las relaciones paternofiliales. Quizá aquí no son tratadas tan de lleno como en otras películas del autor, ya que el film tiene otro enfoque y se concentra más en lo que el padre siente por el niño que viceversa. Sin embargo, y sin saber nada de la película cuando me puse a verla, tenía la expectativa de que me encontraría con un drama intimista tan en la línea del director japonés. Y cuál ha sido mi sorpresa que no me he encontrado sólo con eso, si no con un thriller al más puro estilo americano. Por cierto, Ozu no se priva de realizar algún pequeño homenaje al mismo, con algún pequeño detalle argumental, como el hecho de que el protagonista tenga en su casa posters de películas americanas conocidas de la época. Curioso.

    Otra de las cosas que llaman la atención es el lado técnico. Ozu normalmente es contemplativo en su forma, me explico, sus planos suelen ser, la mayoría, estáticos, fijos. Aquí hace un alarde de virtuosismo con la cámara, que deja completamente alucinado al personal. Travellings de todos los tipos animan una historia de ritmo frenético, y a la vez pausado. Frenético por los acontecimientos que se dan lugar, y pausado por los pensamientos internos de los personajes. Un equilibrio entre ambas cosas, verdaderamente conseguido, y que sólo alguien de la capacidad expresiva de Ozu podría lograr. Todo un prodigio para el año en el que fue rodada.

    En cuanto a los actores, resaltar a los dos principales masculinos, y antagonistas en la historia. El ladrón que sólo quiere que su hijo se cure, interpretado muy convincentemente por Tokihito Okada, actor que moriría de tuberculosis cuatro años después. Y el policía que le persigue, un hierático y al mismo tiempo expresivo, Fuyuki Yamamoto, quien quizá proporciona los mejores momentos de la cinta, sobre todo al final.

    Una buena película, a la que quizá haya que reprocharle que su argumento sea algo simple y escueto, aunque Ozu solía convertir historias mínimas en grandes historias universales. Aquí ya empezaba a hacerlo. Por último decir que la película también es conocida con su título en inglés, That Night´s Wife.

    Última edición por Karakorum; 14/06/2011 a las 14:45

  20. #40
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    Desire (1936).


    Frank Borzage es uno de los grandes directores de todos los tiempos, aunque también creo que es uno de los grandes desconocidos hoy día. En dvd podemos encontrar muy pocos títulos, aunque todos ellos importantes dentro de la filmografía del director, y también dentro de la propia historia del cine, como es el caso de Seventh Heaven o A Farewell to Arms. Sólo dos films, junto con la menor The Mortal Storm, de una inmensa lista con cantidad de títulos, entre los que sería injusto no acordarse de joyas como Three Comrades, Young America o Strange Cargo. Desire es un film realizado en 1936, y que está producido por otro grande, Ernst Lubitsch, uno de los maestros de la comedia.

    Esta unión da como resultado un film casi mítico, que puede suponer una rareza dentro de la filmografía de Borzage, por el simple hecho de que este director especializado en melodramas, cambia aquí de tercio, ofreciéndonos una comedia, en la que se nota demasiado la huella de su productor. Y esto no es algo malo, al contrario. Es toda una experiencia comprobar como Borzage imprime su estilo, al que le añade unas gotas del cine de Lubitsch, y los resultados son extraordinarios.

    El argumento gira en torno a un publicista que vive en Paris, y que necesitado de unas merecidas vacaciones, se viene a España a disfrutar de nuestra tierra y nuestra comida, concretamente a San Sebastián. Por el camino se encuentra con una ladrona de joyas, que para pasar por la frontera un valiosísimo collar robado, se sirve del publicista para “pasar” la mercancía.

    Borzage se sirve aquí de una pareja que habia tenido un éxito arrollador seis años antes con la estupenda Morocco de Josef von Sternberg, film muy recordado por su impresionante final. Naturalmente hablo de Gary Cooper y Marlene Dietrich, dos absolutas estrellas que brillan en el universo del celuloide desde siempre y hasta siempre. Los dos actores están que se salen por todos los lados, y su compenetración es más que perfecta. Cooper interpretando al típico personaje que le haría famoso, el de hombre humilde, recto y justo. La Dietrich está enormemente magnética, en la que fue su mejor época, en la que salía más guapa en las películas, desprendiendo glamour, y hechizando totalmente al espectador. Su personaje se vuelve un poco convencional hacia el final, pero no importa demasiado.

    Como decía antes, el film parece padecer en demasía la influencia de su productor. Y es que no me extrañaría que los momentos de comedia fueran realizados por el propio Lubitsch, dejando a Borzage lo que realmente sabe hacer, escenas dramáticas y románticas. Respecto a los momentos cómicos, habría que señalar que el inicio del film, su primeros diez minutos, son realmente de lo más desternillante que se ha visto nunca, la realización de un robo de un collar de perlas, en una secuencia magistralmente escrita, con unos diálogos sensacionales entre dos personajes muy secundarios, donde los dobles sentidos de lo que se dice es llevado hasta el límite de lo absurdo, algo muy típico de Lubitsch. Este tipo de momentos son alternados con otros más íntimos, donde aparece la verdadera mano de su director, logrando algún momento bellísimo, como el primer beso de los protagonistas.

    Una película estupenda, casi única, a la que quizá se le pueda reprochar un poco de debilidad en su demasiado fácil resolución, derivando en un final algo apresurado, por otro lado, algo muy común en aquellos tiempos. Esto no impide disfrutar de un film estimable, lleno de matices, y que se pasa en un suspiro. Y es otro de esos ejemplos de cine que hoy día no se podría hacer, porque sería totalmente ridículo, y porque Borzage no hubo más que uno.


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