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Sección "Grandes clásicos"

  1. #41
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    City for Conquest (1940).


    Anatole Litvak era un director procediente de lo que hoy conocemos como Ucrania, y que como muchos directores del viejo continente, realizaron sus mejores trabajos en suelo americano. La lista al respecto sería interminable, baste citar algunos nombres, como Alfred Hitchcok, Billy Wilder, Fritz Lang o Jean Renoir, entre otros muchos. Litvak no tuvo tanta popularidad como esos cuatro, pero firmó un buen puñado de películas de altísima calidad, como la presente, City for Conquest, que también fue dirigida por Jean Negulesco, uno de los reyes del melodrama clásico, quien no está acreditado en el film. De hecho, sería bastante difícil diferenciar qué escenas fueron dirigidas por Litvak y cuáles por Negulesco, aunque la mayor parte es de Litvak. En cualquier caso, el resultado es excelente.

    La película narra el ascenso de un prometedor boxeador que simplemente acepta boxear entre los grandes para conseguir el dinero con el que su hermano, un músico extraordinario, pueda continuar sus estudios y llegar a ser alguien importante en la vida. Esa es la premisa argumental, que evidentemente se va complicando, y por el camino toca prácticamente todos los géneros. Podríamos definir a City for Conquest como un drama de boxeo, como un melodrama, como cine negro, como musical, y en ningún caso estaríamos equivocados, ya que se consigue un perfecto equilibrio entre todos estos géneros, sin que la película quede descompensada.

    Litvak acierta de lleno al narrar el film desde el punto de vista de un vagabundo, encarnado por Frank Craven, que aparece en varios momentos del film, el cual transcurre a lo largo de varios años, con lo que ese vagabundo sería una especie de metáfora del tiempo, bastante bien utilizada, sin ningún tipo de pedantería, y como intermediario entre el espectador y el film, una especie de apología sobre las grandes ciudades, mostrándonos sus pequeñas historias siempre llenas de amor. Porque al fin y al cabo, y a pesar de que la película navega por distintos géneros, es el amor el tema central de todos ellos, el amor entre hermanos, entre amigos, y por supuesto entre un hombre y una mujer.

    En un argumento que abarca bastantes cosas, circulan un montón de actores bastante conocidos, y muy famosos en la época. Todos ellos capitaneados por un senacional, como siempre, James Cagney, quien compone un personaje muy querido por el público, ese boxeador que es capaz de sacrificarse por todos antes que por él mismo, un personaje que evoluciona sobre todo físicamente, permitiendo a Cagney el lucirse en más de un aspecto. A su lado Ann Sheridan, haciendo de la chica del protagonista, pero con sueños que van más allá de tener una pareja estable. Un personaje quizá demasiado convencional, pero perfectamente interpretado por Sheridan, quien se marca unos cuantos bailes al lado de un actor que por entonces empezaba, Anthony Quinn, quien interpreta a un ser despreciable y egoísta, y que curiosamente, todo lo que tiene que ver con él es solucionado en la película de forma precipitada y sin ninguna explicación.

    Al respecto de las escenas de baile, sobre las que no se incide demasiado, decir que resulta curioso que Cagney no participara en ninguna de ellas, habiendo un par de momentos en los que podría haberlo hecho tranquilamente; Cagney fue un experto bailarín antes que actor, algo que demostó en aquella obra maestra de título Yankee Doodle Dandy, del gran Michael Curtiz, por la que ganó un merecido Oscar, y cuyas escenas de baile dejarían con la boca abierta a los mismísimos Fred Astaire o Gene Kelly. Pero ya sabemos que la imagen que Cagney en el Cine fue otra totalmente distinta, y que desde luego nos vendió muy convincentemente.

    En el grupo de secundarios, varios nombres conocidos, como Ward Bond, que no está acreditado y que aparece sólo en una escena haciendo de policía urbano. Arthur Kennedy, en la que era su primera película como intérprete, dando vida al hermano del protagonista. Y Elia Kazan, el grandioso director de films tan inolvidables como East of Eden o On the Waterfront, dando vida a un amigo de los dos hermanos, una especie de gángster con buenas intenciones, y que por supuesto protagoniza toda la parte de cine negro del film, con un final bastante inesperado, pero lógico. También tenemos al genial Donal Crisp (¿cómo olvidarnos de él en How Green Was My Valley?), que da vida a un representante de boxeadores, convirtiéndose en uno de los mejores amigos de nuestro protagonista.

    Toda una delicia para los amentes del cine clásico, aunque sólo sea por el desfile de tantos actores, y algunos más que no he citado. Un film estupendo, que de no ser por esas cosas resueltas de un plumazo, estaríamos hablando de una obra maestra. No lo es, pero nos llega de sobra, un melodrama de altura, con escenas bastante emotivas, como era costumbre en aquellos años, en los que el melodrama estaba a la orden del día, cinematográficamente hablando. Litvak tardaría 8 años en filmar una de las cumbres del suspenso y el cine negro, Sorry, Wrong Number, que junto con ésta es de lo mejor de su filmografía.


  2. #42
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    The Grass is Greener (1960).


    Probablemente la disertación más completa que sobre el amor haya hecho Stanley Donen es Two for the Road, una película perfecta desde cualquier punto de vista, y cómo no, un film que pertenece al grupo de obras maestras incontestables de su director, de quien un servidor siempre ha preferido sus films no musicales. No es que tenga nada en contra de películas como Singin' in the Rain, Royal Wedding, Seven Brides for Seven Brothers, o sobre todo It's Always Fair Weather (una de las películas de mi infancia), al contrario, son films míticos y representativos de una época dorada en el mundo del Cine.

    Sin embargo, creo que las mejores películas de Donen eran aquellas en las que no había canciones de por medio interpretadas por los propios actores, porque tengamos en cuenta que en el cine de Donen la música siempre ha tenido un protagonismo esencial, siempre usada maravillosamente. The Grass is Greener es un film de 1960 que no ha perdido ni un sólo ápice de su frescura, elegancia y sarcasmo. Y sin embargo, es una película que hoy día no podría hacerse, por lo de siempre, no sería creíble. Atentos a su argumento: en una casa inglesa, una de esas viejas mansiones que son expuestas para los turistas, vive un acomodado y feliz matrimonio. En un visita turística, un americano se cuela en las habitaciones de la familia, y en menos que canta un gallo, concretamente 20 minutos de película, seduce a la mujer del matrimonio, y ésta se enamora locamente de él. A partir de ahí se desarrollará una situación a cuatro bandas de lo más original, divertido y emotivo. Sí, a cuatro bandas, porque aparece un antiguo amor del marido, para darle más sabor al asunto.

    Sutileza y elegancia. Esas son las dos palabras que definen perfectamente este film de Donen, en el que unos ingeniosos diálogos son lo mejor de la función. Prácticamente toda la película transcurre en interiores, en un par de habitaciones de la lujosa mansión del matrimonio inglés. En ese aspecto, la puesta en escena del director es ejemplar, dándole al film un ritmo increíble, apoyado sobre todo en el poder de la palabra, y cómo no, en las metáforas visuales, por así llamarlas, que a Donen le gustaba tanto utilizar. Al respecto cabe citar, el primer encuentro en Londres de la mujer adúltera con su nuevo amor, contado en cuestión de minutos, con unas elipsis preciosas, donde una puerta cerrándose mostraba más que toda una escena de sexo.

    Puede parecer que todo lo que ocurre en el film ocurre demasiado deprisa, ya que transcurre en el plazo de unos cuatro días, más o menos, y sin embargo, todo es totalmente creíble, gracias a inteligentes frases, y sobre todo unas interpretaciones de altura. En este aspecto, Donen realiza lo que podría definirse como una pequeña broma, incluso perversa. Para el trío protagonista cuenta con dos actores y una actriz que con anterioridad ya trabajaron juntos, curiosamente en el mismo año, 1957, y en dos historias de amor bien distintas. Por un lado, Deborah Kerr y Robert Mitchum, ya habían coincidido en Heaven Knows Mr. Allison, estupenda película de John Huston, con un poco de mala leche por parte de su director, al colocar a un apuesto soldado amaricano a solas con una monja en una isla asediada por japoneses. Y por otro lado, la misma Kerr formó pareja con Cary Grant en una de las más grandes historias de amor jamás contadas, An Affair to Remember de Leo McCarey.

    Así pues, el ver de nuevo a estos tres actores metidos en líos amorosos, pero juntos y revueltos, se convierte en una de las mejores bazas del film. El buen gusto de Donen hace que nunca llegemos a juzgar a los personajes, a ninguno, ni a una esposa, madre de dos hijos, conociendo la pasión casi por primera vez, ni a un amerciano, juguetón y ligón, ni a un inglés, con sus modales, tremendamente celoso sin mostrarlo, pero decidido a recuperar al amor de su vida. Todas las múltiples situaciones del film, a pesar de sus escasos 100 minutos, son tratados por Donen con un vital sentido por lo emotivo, ya sea el affaire de la Kerr con Mitchum, al que el espectador no le pone ninguna pega, como lo que la Kerr siente por Grant. Y es que una vez más, Donen diserta el sentimiento amoroso haciéndolo pasar por todas sus fases, sin restarle importancia ni a unas ni a otras, pero dándole importancia a que cuando dos seres humanos se aman, pase lo que pase, se aman de verdad y por siempre. Quizá porque Donen nunca pudo conseguir eso en su vida personal, supo retratarlo tan bien en el Cine.

    Hablaba antes de un cuarto en discordia, y es el punto flojo de la cinta, aunque tampoco como para echarse las manos en la cabeza. Jean Simmons, más acertada en otras ocasiones, da vida a una antigua amante del personaje de Grant, que hace acto de presencia porque toda la situación le hace gracia, y se convierte, por partida doble, en la confesora del matrimonio. El personaje no tiene tanta vida como los otros tres, y sirve para resolver demasiado fácilmente el destino de uno de los personajes masculinos, en lo que podría ser otra vuelta de tuerca en esa disertación amorosa.

    Una magnífica película, para disfrutar una y otra vez las veces que sean. Por cierto, Donen nunca recibió un Oscar por ninguna de sus películas, una de tantas y tantas injusticias típicas de la Academia, pero cuando le dieron el honorífico, realizó uno de los mejores discursos jamás dados en la ceremonia de los Oscar. No he podido encontrar la grabación de dicho momento, así que para compensarlo, dejo aquí, los maravillosos títulos de crédito iniciales de The Grass is Greener, realizados por Maurice Binder, uno de los grandes en este tema. Disfrútenlos.




  3. #43
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    The Miracle Woman (1931).


    Los buenos sentimientos y el cine de Frank Capra siempre han ido cogidos de la mano. El director ganador de tres Oscars ocupa un lugar importante en la historia del cine por haber dirigido películas como It Happened One Night, Mr. Smith Goes to Washington, You Can't Take It with You, Arsenic and Old Lace, o la ultrafamosa It's a Wonderful Life. The Miracle Woman puede considerarse como su primer film importante, y en él ya se ven muy claramente todas las constantes que harían famosa su particular forma de hacer cine.

    La película narra la historia de una mujer, hija de un predicador que ha dedicado su vida a una iglesia, que se ve obligada a irse después de la muerte de su padre, totalmente decepcionada por la falta de sentimientos de toda su congregación. Aparece en escena un hombre que la convence para convertirse en predicadora en un espectáculo, emitido por radio, y al que también se puede asistir en directo, y así poder vivir de la transmisión de la Fe, una fe que ella ha perdido, y que ahora usa para aprovecharse de la inocencia de la gente.

    El film es puro Capra de principio a fin, desde las situaciones planteadas en su argumento el cual revolotea alrededor de cuestiones religiosas, hasta los personajes, donde hay de todo. Y engancha al espectador de forma asombrosa, aún hoy a 76 años de su estreno, que se dice pronto. Cecil B. DeMille solía decir que una película tenía que empezar con un terremoto, y de ahí para arriba. Se refería tanto a lo visual, como a lo temático. The Miracle Woman empieza de una forma que no se olvidará jamás, sus primeros 5 ó 10 minutos son de una fuerza sobrecogedora, y se dicen más verdades sobre la hipocresía de los fervientes cristianos, que en cualquier libro que se pueda escribir sobre tan delicado tema. A partir de ese momento, la película ya no te suelta, a uno le es imposible desengancharse de ella, y eso es una maravillosa sensación que pocas películas consiguen, o dicho de otra forma, que sólo el buen Cine logra.

    Un inicio totalmente inesperado, unas palabras totalmente inesperadas, y sobre todo una interpretación de altura de una de las más grandes, Barbara Stanwyck, que por aquellos años empezaba y no fue su única colaboración con Frank Capra. La actriz está increíble en el papel de esa mujer fuerte, que un día perdió la fe que tenía en Dios, y a la que no le importa engañar a la gente con un espectáculo, hasta que en su vida aparece un hombre ciego que prácticamente le debe la vida. Papel éste interpretado por David Manners, actor más bien sosete, pero que aquí, gracias a la buena mano de Capra, logra estar muy convincente, logrando además una buena química con la Stanwyck.

    La película no está a la altura de las grandes obras maestras de su autor, pero desde luego es un film estupendo, que conserva toda su fuerza, y que es una muestra más de la genialidad de su director. Una pena que este título no sea tan conocido como otros, y que gozaron de un mayor prestigio.


  4. #44
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    Reap the Wild Wind (1942).


    La historia de Reap the Wild Wind nos lleva a Key West, donde hay un negocio basado en recuperar la mercancía de los barcos naufragados, quedándose el rescatador con el 50% de la misma. El primero en llegar siempre a los naufragios es un hombre llamado King Cutler, de quien la protagonsita de nuestro relato sospecha que hace trampa y está metido en asuntos turbios como por ejemplo, provocar naufragios. Mientras tanto, dos hombres, antagonsitas en el amor por la misma mujer, se enfrentarán y también aliarán en todo tipo de situaciones.

    Si hay alguien que conocía muy bien el significado de la palabra espectáculo ése era Cecil B. DeMille, quien viste su película de una fuerza visual increíble desde su comienzo hasta sus últimas escenas. Pero no sólo eso, que ya le llegaba para hacer un film entretenido. DeMille, que siempre decía que nunca se debía aburrir al espectador y que un film debía empezar con un terremoto y de ahí para arriba, se apoya en una historia llena de emoción en la cual cobran vital importancia unos personajes absolutamente maravillosos, interpretados por unos excelentes actores. Quizá el punto más flojo de la película sea el personaje que interpreta John Wayne, que curiosamente da vida a un personaje muy ambiguo, un rara avis en su filmografía, un poco alejado de lo que este actor nos acostumbraba a ofrecer. Sus motivaciones y decisiones no están bien explicadas en la película, la cual en cierto momento depende de lo que este personaje decida.

    A Wayne le acompañan una increíblemente maravillosa Paulette Goddard, sin lugar a dudas una de las belllezas más grandes que se hayan puesto jamás delante de una cámara, con un sexappeal extraordinario que traspasa la pantalla. La actriz está simplemente fantástica como esa mujer, un tanto pilla, que se debate entre el amor de dos hombres. Ray Milland es el tercero en discordia, en un papel bastante simpático y divertido, y más protagonista que el de Wayne. En papeles secundarios tenemos al gran Raymond Massey, como el villano de la función, algo que siempre le salía muy bien. El más limitado Robert Preston, como el hermano del personaje de Massey, y secretamente enamorado del personaje que interpreta una joven Susan Hayward, y cuya presencia es vital en cierta parte de la trama.

    El film lo tiene absolutamente todo, aventuras, drama, acción, romance, comedia (atención a esa boda interrumpida mil veces a bordo de un barco, y que es delirante sólo por las intervenciones del capitán que la está realizando), e incluso cine de juicios. DeMille mezcla todos esos elementos con sabiduría, dotando al film de un ritmo perfecto, en el que además está muy cuidado el aspecto visual de la película, algo que siempre preocupaba mucho a su director. La fotografía, obra de Victor Milner y William V. Skall, es simplemente deslumbrante y grandiosa. Los efectos visuales, ganadores del Oscar, son también muy buenos, aunque cierto calamar gigante, visto hoy, más de 60 años después, pueda cantar un poco. De todos modos la situación en sí es de lo más creíble y emocionante.

    La película no es ninguna obra maestra, pero tampoco lo necesita, el rato que uno se pasa viéndola es sencillamente de los más entretenidos que se puedan pasar, algo en lo que DeMille era un completo experto. Llena de vida y color, por así decirlo, aguanta muy bien el paso del tiempo.


  5. #45
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    A Night at the Opera (1935).


    El loco argumento de A Night at the Opera nos lleva por ambientes musicales, más bien operísticos, como es fácil deducir de su título, en el que el farsante manager Otis B. Driftwood intenta hacerse un hueco en el mundo empresarial, contratando a un joven cantante al que nadie conoce, pero que Driftwood y dos personajes más, intentarán por todos los medios que actúe ante el gran público y obtenga el éxito que merece. Para ello tendrán que solventar muchos obstáculos.

    Como casi todas las películas de los Hermanos Marx, por no decir todas, el argumento es lo de menos, aunque habría que decir que en ésta el guión es bastante más sólido que en otras ocasiones. Eso no es impedimento para que los hermanos más locos de la historia del cine nos regalen un montón de escenas que fueron totalmente improvisadas, pasándose las frases escritas en el guión por ya saben dónde. De hecho, la famosa anécdota en la que George S. Kauffman en medio del rodaje de una secuencia exclamó: “¡Han dicho una frase mía!” pertenece a A Night at the Opera, desmotración palpable de cómo se puede hacer gran cine sin guión. Evidentemente, hablamos de humor absurdo, y en ese campo la cosa está más fácil.

    También conviene resaltar que detrás de la cámara estaba un realizador con mucha solvencia, autor de unas cuantas obras maestras, Sam Wood, curiosamente el que filmó las dos mejores películas de los Marx junto con Duck Soup del gran Leo McCarey, la otra es A Day at the Races. Wood, al que dice que le ayudó el gran Edmund Goulding, imprime su estilo a todo el film, dotándolo de un ritmo absolutamente frenético, sin que éste decaiga ni lo más mínimo, ni siquiera cuando las consabidas canciones hacen acto de presencia en la trama de la película, y que aquí fueron insertadas para que pudiéramos disfrutar de las extraoridnarias voces de Allan Jones y Kitty Carlise, y evidentemente de las aptitudes musicales de dos monstruos llamados Chico y Harpo. Ninguna de esas intervencionas daña en absoluto el devenir de una historia tremendamente loca, si acaso lo que logra es que descansemos de tanto frenetismo, y en el caso de las canciones su incursión es más lógica ya que ayudan argumentalmente a la película como debe ser. Mencionar al respecto, la despedida en el muelle mientras la pareja de enamorados cantan el bellísimo "Alone", escena realmente curiosa, ya que está impregnada de un fuerte romanticismo con algunas gotas de lirismo.

    Interpretativamente hablando qué voy a contar, los hermanos Marx no interpretaban, hacían reir como nadie, aunque eso también es interpretar, y si había que elegir entre los tres (al principio eran cuatro, pero del guaperas nos vamos a olvidar) la elección es fácil: Groucho, el genial, inimitable y sensacional Groucho. Su entrada en escena es una de las más hilarantes que yo recuerdo: “Camarero, no vayas repitiendo mi nombre por ahí que yo no repito el tuyo” y toda la conversación posterior con el personaje interpretado con Margaret Dumont, pertenecen por derecho propio a los mejores momentos cómicos de todos los tiempos. Me sería enormemente difícil destacar alguna de sus chispeantes frases por encima del resto. Mítico es el instante de los contratos y la primera parte contratante de la primera parte contratante (en versión original es mucho más desternillante), pero ahí están otros, como todo lo que suelta a lo largo y ancho de la secuencia que se desarrolla en la Ópera, en la parte final de la película. Sublime.

    Una obra maestra como la copa de un pino, de esas que no hace falta decir nada, o hablar de ella durante días y días. Vista mil y una veces no pierde nada de su frescura, de su buen humor e incluso elegancia. Una de esas películas imprescindibles, capaz de levantarte el ánimo en una mala época. Esa es una de las funciones del cine como Arte. Vivan los hermanos Marx y la madre que los parió. Nunca habrá nadie como ellos. Nunca.


  6. #46
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    The Deadly Affair (1966).


    La historia de The Deadly Affair nos lleva a las investigaciones que un agente británico realiza tras el suicidio de un empleado del Gobierno sobre el que recaían sospechas de traición. Tras ese aparente suicido hay cosas mucho más peligrosas, y nuestro protagonista tratará de averiguar la verdad, mientras que por otro lado tendrá que lidiar con sus problemas matrimoniales.

    Basada en una novela del archifamoso John le Carré, lo realmente interesante del film de Lumet no es su argumento, el cual podríamos tildar de previsible en algún que otro momento, sobre todo en lo que concierne a la identidad del traidor, y de cómo éste obtiene la información. Lo realmente interesante de este apreciable film es el estudio de sus personajes, fantásticamente interpretados por unos actores en estado de gracia, además de cierta mirada de tristeza sobre los mismos, con un toque de desencanto y amargura que le queda muy bien a la película. De todos modos el personaje principal es un hombre ya maduro entrado en años, y todo le queda estupendamente a la historia. Desconozco si en la obra de Carré existe ese tratamiento, pero desde luego en el film, Lumet acierta de lleno en ese punto, llevándolo a buen puerto.

    Evidentemente si no tuviera a un plantel de actores totalmente entregados a la causa, la cosa hubiera sido muy distinta. James Mason está simplemente soberbio en el papel central, un hombre justo y correcto, que no se salta ni una de las reglas de su profesión, enormemente abatido por su crisis matrimonial, y que sin embargo se enfrenta a ello con toda la entereza de la que es capaz un perfecto caballero inglés. Le acompaña una perfecta Simone Signoret, también entrada en años, como la esposa del que se suicida y cuya presencia en la trama es vital, sobre todo por la doble moral que encierra su personaje. Maximilian Schell pone el contrapunto al personaje de Mason, como un antiguo colaborador, y también alumno suyo, estableciéndose entre ambos la relación más interesante de la película (dejando a un lado la de Mason y su joven esposa), y que propone ciertos apuntes realmente curiosos.

    La dirección de Lumet es ejemplar, no sólo por lo antes citado, sino por su puesta en escena, acorde con lo que narra. El ritmo del film es el perfecto, no decayendo en ningún momento, y hay varios instantes de supenso muy bien logrados, que incluso pueden recordar al cine de Hitchcock. Cabe citar al respecto, la extraordinaria secuencia del teatro, filmada de forma milimétrica, y en la que no hay ni una sola palabra más allá de lo que se oye en el escenario. Una escena larga y tensa, donde curiosamente vemos reflejadas las verdaderas intenciones de todos los personajes en sus silenciosas reacciones.

    Una buena película, que además posee una excelente banda sonora de Quincy Jones muy acorde con la época, y una preciosa canción interpretada por Astrud Gilberto, y que viste a la película de una forma muy precisa. Es una pena que por aquellos años la gente estuviera más interesada en los films de James Bond y similares, quedando esta película en un segundo plano, siendo redescubierta en posteriores pases televisivos. Para un servidor se trata de la mejor película proveniente de material de John le Carré, a falta de ver únicamente The Spy who Came in from the Cold, realizada un año antes, y que goza de un mayor prestigio. En un futuro, esperemos que no muy lejano, hablaré de ella.


  7. #47
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    La Novia Vestía de Negro (La Mariée était en noir, 1968).


    Las conversaciones que François Truffaut mantuvo con Alfred Hitchcock vienen recogidas en un libro que todo cinéfilo, sea del tipo que sea, debería leer. Un estudio fascinante y entretenidísimo sobre la visión personal de un genio sobre el arte de hacer cine. El director francés tenía al director británico como uno de los más grandes realizadores de todos los tiempos, y resulta curioso que La Novia Vestía de Negro es un film típicamente Truffaut, con los temas de siempre, pero retratados desde la perspectiva de un thriller muy cercano al cine de tito Hitch.

    En La Novia Vestía de Negro se nos narra la historia de una venganza que una mujer lleva a cabo contra los asesinos, por accidente, de su esposo. Uno a uno los irá seduciendo, y uno a uno les hará saber quién es. Una vez más en el cine de Truffaut, la mujer la gran protagonista. Si hay un director en la historia del cine que ha retratado como nadie el espíritu femenino en toda su complejidad, ése no ha sido otro que Truffaut.

    Lo más llamativo de la película es la puesta en escena de Truffaut, probablemente la más virtuosa de toda su carrera, cuidada hasta el más mínimo detalle, y muy cercana al cine de su ídolo, Alfred Hitchcock, a lo que también ayuda que la historia a narrar sea un thriller. El director se lo pasa de miedo rodando enormes plano-secuencia cada dos por tres, creando una atmósfera de suspenso digna del gran maestro. Y una vez más, la mujer y el amor como eje central de la película. Tal vez argumentalmente la película no esté a la altura de sus logros técnicos, y es que hay ciertos apuntes de guión que se basan demasiado en la coincidencia, como por ejemplo, cómo se produce la muerte del marido de la protagonista. Que tal vez la película pretenda comunicar que todo es producto de una fatal casualidad, pero queda poco convincente.

    Otro de los elementos que acercan esta película al cine de Hitchcock es que la banda sonora está compuesta por el gran Bernard Herrmann, habitual colaborador del director inglés en los años 50 y 60. De hecho hay momentos en los que se tiene la maravillosa sensación de estar visionando un film de Hitchcock. El compositor ya había colaborado con Truffaut en la obra maestra Fahrenheit 451, realizada dos años antes.

    La estrella absoluta del realeto es la excelente Jeanne Moreau, revelándose como una auténtica camaleona en sus distintas representaciones. Una Moreau de 40 años, totalmente entregada, resultando a la par fascinante y provocativa, peligrosa y atrayente, algo totalmente lógico ya que Truffaut nos ofrece una nueva visión de la femme matale, a pesar de ser una mujer víctima del desamor más horripilante de todos, que tu pareja muera. Algo que nos hace estar de su lado desde el principio, pero que poco a poco se va perfilando una transformación en el personaje realmente llamativa proponiendo incluso algunas cuestiones morales de lo más diverso. ¿Está bien o mal lo que ella hace? ¿Cuántos seríamos capaces, o tendríamos ganas, de hacer lo mismo? Truffaut se dedica por completo a ella, y ella a él, notándose tan perfecta química en pantalla.

    Una película muy buena, de lo mejor filmado por su autor, donde por si no queda claro en films anteriores, queda perfectamente expuesto su amor y admiración por el cine americano, al que rinde homenaje en esta película de principio a fin. Totalmente recomendable para todo amante del mejor cine negro.

    Última edición por Karakorum; 22/06/2011 a las 22:41

  8. #48
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    The Spy who Came in from the Cold (1965).


    Hace poco hablaba de la película de Sidney Lumet The Deadly Affair, una buena adaptación de una obra de John le Carré. El pasado domingo en una de nuestras sesiones cinéfilas, seguimos con otra de las adaptaciones del famoso escritor, concretamente con la primera que se hizo de una de sus novelas, y sin lugar a dudas, la mejor de todas ellas (cosa no muy difícil ya que la mayoría son un aburrimiento impresionante). The Spy who Came in from the Cold fue realizada en plena efervescencia de las películas de espías, sobre todo las de James Bond. Obtuvo un éxito crítico y de público realmente sorprendente para la época, ya que nos encontramos ante un relato de espías bastante distinto a lo que suele y solía verse. Una visión del mundo del espionaje bastante desencantada, desde la perspectiva del lado humano del personaje, excluyendo cualquier elemento fantasioso o aventurero que uno de estos relatos demandan. No estamos ante un guaperas que se las lleva a todas de calle, ni ante un superhombre capaz de lidiar con un montón de enemigos. Nuestro protagonista es un hombre normal y corriente, con sus sueños y sus desgracias personales. Y como casi siempre en las adaptaciones de le Carré, el protagonista lleva una vida personal de lo más deprimente.

    Alec Leamas es un agente británico que últimamente realizaba misiones poco importantes. Cuando sus jefes lo quieren sacar de la clandestinidad y darle un trabajo en un despacho, éste se niega en principio, pero luego ya con su trabajo fijo y convertido en un ciudadano “normal” comenzará a beber, cayendo cada vez más en la autodestrucción hasta llegar a la humillación pública.

    Un punto de partida desolador, para una película aún más desoladora y donde no tiene cabida ni la esperanza ni las alegrías de ningún tipo. Martin Ritt era el director adecuado para esta historia, un realizador especializado en relatos decadentes, como por ejemplo la estupenda The Long, Hot Summer o esa obra maestra de título Hud. Ritt, apoyado en una excelente fotografía en blanco y negro incide en los aspectos más melancólicos y amargos de lo que significa ser un espía, rehuyendo todo el glamour típico del cine de espías. En esta película el personaje nos es totalmente cercano y llegamos a empatizar con él, aunque uno de los aciertos del film es que nunca sabemos por dónde nos va a salir dicho personaje. Si esta película tiene una virtud, es la de sorprender argumentalmente hablando, aunque evidentemente tiene una base literaria en la que se apoya.

    Y para que eso quede más claro, Ritt opta por los diálogos, algunos de ellos interminables en largas secuencias en las que hay que estar totalmente atento para no perderse detalle. Habrá quien piense que esto puede ser una lata, pero yo pienso que el film tiene un ritmo increíble y la “acción” está en esos mencionados diálogos, recitados con endiablada rapidez, confundiéndonos cada dos por tres y dándonos nuevos datos de su intrincado argumento. Gracias a esto, llega un momento en el que no sabemos qué es verdad y qué mentira. Acción física apenas hay, y la puesta en escena es seca, dura, áspera, en consonancia con la historia que se cuenta.

    La película tiene su baza más fuerte en la poderosa interpretación de Richard Burton, totalmente antológica. Sorprendiendo en cada escena, Burton construye un personaje complejísimo, un hombre de a pie, con los típicos problemas de cualquier persona, pero totalmente eficiente en su trabajo, un trabajo que la mayoría de la gente no podría hacer. Curiosamente Burton fue nominado muy merecidamente al Oscar al mejor actor, al lado de Rod Steiger por The Pawnbroker, Oscar Werner (que aquí acompaña a Burton en un buen número de escenas inolvidables) por Ship of Fools, Laurence Olivier por Othello, y el ganador: Lee Marvin (que compartía cartel con Werner en Ship of Fools) por Cat Ballou. Aunque estaba difícil, no hace falta decir quién se merecía más el premio.

    Una película muy buena, que no ha perdido ni un ápice de su fuerza, y con un final totalmente desgarrador, a tono con la historia, y más significativo de lo que parece a simple vista. Déjense de cacharradas vacías, o de películas infladas hasta la desesperación. Si quieren pasar un rato de buen cine, entretenidísimo y lleno de sustancia, háganse con una copia de The Spy who Came in from the Cold.


  9. #49
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    Mala Noche (1985).


    Realizado en 1985, aunque recibió muy buenas críticas en su día, no fue estrenado en Estados Unidos hasta que el director triunfó con Drugstore Cowboy, su segundo largometraje.

    Mala Noche se basa en una novela autobiográfica de Walt Curtis, y a grandes rasgos cuenta la historia de Walt, un joven gay propietario de una pequeña tienda de ultramarinos en un barrio de Portland que se enamora de Johnny, un inmigrante ilegal mexicano, heterosexual, y que apenas habla inglés.

    Con una trama local, que contiene temas tan universales como el amor no correspondido, la inmigración, el sexo y la homosexualidad, Gus Van Sant utiliza por primera vez los largos pasillos, las carreteras interminables, los barrios marginales, las nubes a toda velocidad, la estética que tantas veces hemos visto en sus personajes y la música del desierto, aderezada con algunos temas hispanos tan famosos como "Gracias a la vida" de Violeta Parra, colocados a lo largo del film con mucha habilidad.

    Se respira frescura en su ópera prima, rodada principalmente en blanco y negro, para la que contó únicamente con un presupuesto de 25.000 dólares. La escasez de medios, se refleja en una iluminación en ocasiones casi inexistente, pero que casa a la perfección con el conjunto de la obra, con la intención de la mayoría de no ser vistos, la oscuridad de sus vidas, o la sexualidad reprimida de un tercer protagonista, que sólo se ve liberada cuando se acerca la noche.

    Destaca sobre todos la actuación de Tim Streeter, un chico sensible, enamorado hasta la médula, pero sobretodo dispuesto a ayudar y ser amigo de un grupo de mexicanos con los que nunca logra comunicarse plenamente.

    Gus Van Sant explicó que gran parte del reparto estaba compuesto por amigos o vecinos, y me ha sorprendido comprobar que este actor, que en la mayoría de escenas tiene un parecido con River Phoenix que da miedo, no tiene filmografía anterior ni posterior (más que un episodio de TV) por lo que seguramente se contaba también entre los amateurs.

    A otros como Doug Cooeyate (Johnny) quizá si se les nota un poco la falta de experiencia, pero al igual que con la escasa iluminación, no sólo no estropean la película, si no que enfatizan su carácter auténtico, de realidad palpable.

    Mala Noche es una enorme paradoja en la que un chico estadounidense se arrastra por conseguir el amor de un muchacho (al parecer menor) mexicano, mientras Estados Unidos carga contra los inmigrantes, sin piedad, ni contemplaciones.

    Un film que transmite emociones, que invita a reflexionar, que cuenta una historia y muchas a la vez, que se huele, se siente, se palpa, que entretiene y que no requiere más esfuerzos por parte del espectador que el de dejarse llevar y disfrutar de una buena sesión de cine.

    Después de ver casi toda la filmografía de este irregular director creo que puedo decir (sin excesivo temor a equivocarme) que Mala Noche, no sólo es un comienzo genial, es también una de sus mejores obras.


  10. #50
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    The Hitcher (1986).


    The Hitcher tiene un argumento sencillísimo: una noche lluviosa un joven que lleva toda la noche conduciendo recoge a un autoestopista un tanto misterioso, que enseguida amenazará con matar a nuestro protagonista, quien en un descuido de su inesperado psicópata logrará echarlo del coche. Pronto se establecerá un juego del gato y el ratón entre el autoestopista y el muchacho, quien también se convierte en el objetivo de la policía, que le culpa de todos los asesinatos que va cometiendo el autoestopista.

    La película se centra prácticamente todo el tiempo en el enfrentamiento entre los dos personajes centrales, ganando enteros cuando John Ryder (nombre del personaje “malo”) aparece en pantalla, momentos esos en los que el film adquiere una dimensión fantasmagórica, ya que son muchas veces las que se insinúa muy sutilmente que tal vez dicho personaje no sea humano. Sus apariciones en los momentos más fastidiosamente oportunos para el protagonista, su resistencia a morir, y el hecho de parecer saber más cosas que el resto, le infieren un carácter casi sobrenatural que le queda de miedo (nunca mejor dicho) al personaje. Personaje interpretado por un inmenso Rutger Hauer, que se convierte en lo mejor de la película, aunque por momentos parece una extensión de su rol en Blade Runner. La interpretación de Hauer es tan certera y convincente que traspasa la pantalla, logrando que nos acordemos de él cuando vemos a alguien hacer autostop. Pocas veces se consigue ese efecto.

    Robert Harmon también logra crear una atmósfera muy adecuada, y su puesta en escena es realmente brillante, logrando conjuntar con éxito la apariencia del psicópata con su entorno para el que parece haber nacido. La dosificación de acción es la justa, y aunque el film tiene cierta estética visual y argumental típicamente ochentera, ha resistido bastante bien el paso del tiempo. Es curioso que Harmon nunca fuese capaz de lograr ni la mitad de lo que logró con este film, siendo todo lo que realizó posteriormente verdaderamente penoso. Incluso intentó volver a la fórmula de esta película hace poco con un film titulado Highwaymen, pero créanme que es mejor que nos olvidemos de él.

    Harmon siempre será recordado por esta película y no por ninguna otra. Tal vez tenga algo que ver que aquí colabora el antaño interesantísimo Eric Red, con un guión realmente sencillo y corto, pero increíblemente efectivo, a pesar de las típicas cosas que se suceden en una persecución de coches. Pero todo lo demás está perfectamente expuesto y narrado. Una pena que Red se perdiera en sabe Dios qué, por cierto, recomiendo una de sus películas como director, Cohen & Tate.

    Tal vez los peros de esta película haya que ponérselos en alguna de sus interpretaciones, como por ejemplo la de Jennifer Jason Leigh, que aquí estaba empezando, y demostrando lo limitadita que es, aunque todo lo que le termina ocurriendo a su personaje es verdaderamente valiente en una película de estas características, y totalmente inesperado. C. Thomas Howell siempre fue considerado por encima de la media de los jóvenes actores de aquellos años; sin embargo en el film parece que por momentos no sabe actuar, y en otros está algo más convincente, sobre todo en la parte final en la que su personaje ha evolucionado. Al lado de su oponente se empequeñece un poco, aunque está muy bien tratada su relación, sugiriendo una atracción sexual por parte del psicópata atrevida para la época, y lograda.

    Un film estupendo y lleno de fuerza, que evidentemente referencia a la maja película de la gran Ida Lupino, The Hitch-Hiker, de la que toma prácticamente todo lo importante, aunque tiene la suficiente inteligencia como apartarse de aquélla en intenciones que adolecía de cierta escasez de medios. En The Hitcher todo está aprovechado al máximo, y desde luego siempre permanecerá en nuestra memoria gracias a ese inquietantemente perverso Rutger Hauer.


  11. #51
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    Le Corbeau (1943).


    Le Corbeau es uno de los films de Henri-Georges Clouzot, uno de los directores franceses más atrevidos que ha dado el cine. Clouzot es conocido entre nosotros por haber dirigido Wages of Fear (film de culto donde los haya) y Les Diaboliques, que es probablemente su película más famosa, y que a mí, a pesar de que me parece un film estupendo, siempre me pareció que estaba un poco sobrevalorado (lo del remake con Sharon Stone vamos a dejarlo a un lado porque me dan arcadas).

    Le Corbeau narra las vicisitudes de un pequeño pueblo francés en el que un día la gente empieza a recibir cartas que desvelan secretos de todos ellos, algunos de los cuales son verdaderamente escandalosos. Dichas cartas vienen firmadas por alguien que se hace llamar El Cuervo, y que parece conocer todas las intimidades de los habitantes. Pronto todos comenzarán a ponerse muy nerviosos y se mirarán los unos a los otros desconfiando.

    Clouzot compone una película realmente agobiante en la que poco a poco va examinando la naturaleza humana, pasando prácticamente por todos los estados de ánimo, haciendo especial hincapié en lo miserables y ruines que todos podemos llegar a ser cuando se trata de juzgar a los demás. La ambigüedad con la que la película juega hasta casi su resolución es realmente ejemplar. Absolutamente todos los personajes tienen algo que ocultar, y nunca terminamos de saber si sus razones son buenas o malas, aunque sí vemos que todos son capaces de hacer lo que sea por ocultar sus más oscuros secretos, sean del tipo que sean.

    Es increíble, por maravilloso, y está perfectamente mostrado, cómo todo se va enredando cada vez más a partir de uno simples trozos de papel con unas palabras escritas, y como el miedo general se va extendiendo. El espectador es testigo asombrado de las secretas reacciones de algunos de los personajes, como por ejemplo, todo lo que concierne a una muchacha que siempre anda pidiendo dinero. El atrevimiento que el director tiene con ella es demasiado escandaloso para la época, y su fuerza es brutal. Igual de atrevidas e impresionantes son otras escenas, como aquella en la que cierto personaje huye por las calles vacías del pueblo “perseguido” por el murmullo del gentío, escena realizada con una precisión técnica que asusta. O aquella en la que se mantiene una conversación sobre la línea que separa el bien del mal, y lo fácil que es cruzar dicha línea; la metáfora que se usa en dicha escena es simplemente de lo mejor del film.

    Tal vez pierde un poco de gas en su parte final, cuando los acontecimientos se aceleran y todo sale a la luz, con más de una sorpresa. Pero atañe únicamente al ritmo de la película, el cual parece detenerse un instante y luego se acelera demasiado. Todo lo demás es una maravilla, desde las más que convincentes interpretaciones de todo su elenco sin excepción, a la pulcritud visual de Clouzot, que maneja como nadie al espectador logrando que éste se incomode muchísimo, llegando a cuestionarse toda lo que la película cuenta, en definitiva, ponerse a pensar. La película ataca directamente a la conciencia del público sin ningún tipo de manipulación ideológica. Un film para el debate. Una gran película.


  12. #52
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    Fury (1936).


    Nunca me cansaré de decir que Fritz Lang me parece uno de los cinco mejores directores de todos los tiempos, un título que se merece con todos los honores, pues después de una etapa muda absolutamente deslumbrante llena de films importantísimos en la historia del cine, se marcó una etapa sonora, sobre todo en los USA, que complementada con los silentes conforman una de las filmografías más perfectas que se hayan visto jamás. Un film con la firma de Lang merece ser visionado sobre todas las cosas, ya sea un monumento como Destiny, o un título menor como Ministry of Fear, que siendo de lo menos inspirado del director austriaco, tiene muchos puntos de interés.

    Fury es la primera película americana de Lang, un proyecto del que tuvo que hacerse cargo porque estaba terminando su contrato en USA, aún no había dirigido nada y ya no podía retrasarse más; de lo contrario hubiera tenido que volverse a Europa, algo que por aquel entonces no le hacía ninguna gracia. La productora impuso algunas cosas, como un forzado final, pero Lang resolvió la papeleta componiendo un estudio extaordinario sobre el odio humano y la venganza lleno de matices y verdades como puños. El resultado fue una de las mejores películas de su autor, y también una de las más famosas.

    Un hombre es confundido con un criminal y encerrado en la cárcel a la espera de alguna prueba que demuestre su inocencia o su culpabilidad. Pero las gentes del pueblo donde se ha cometido el crimen no están dispuestas a esperar a la lenta mano de la Justicia, así que deciden tomársela ellos mismos, intentado entrar en la prisión para linchar al detenido. Como el acceso es imposible deciden quemar el edificio con el preso dentro.

    Fritz Lang nos habla, como otras muchas veces en su cine, sobre las miserias del ser humano, sobre nuestra peor parte, la más oculta, la oscura, diciéndonos cosas que no queremos oír. Y lo hace con una dureza pocas veces vista en el séptimo arte, por eso esta película tiene la peculiaridad de transmitir una gran incomodidad durante su visionado, sin lugar a dudas uno de sus máximos aciertos. Lo que en principio parece un film sobre lo incontrolables que pueden llegar a ser las masas enfurecidas, va tornando en un angustioso retrato de la venganza más allá de lo incialmente expuesto, dándole una vuelta de tuerca al argumento que Lang apoya con una puesta en escena absolutamente deslumbrante.

    La inteligencia del director llega hasta el punto de mostrarnos todos los hechos, evidentemente ficticios, pero de un terrible realismo, en el que nos induce a tomar parte en lo que estamos viendo, haciéndonos pensar y juzgar por nosotros mismos sobre nuestro lado más perverso e incontrolable. Los personajes, en algunos momentos de la función miran a la cámara, le hablan al espectador, sobre todo en la parte final del film, en el que hay un juicio y varios personajes hacen su testimonio mirando al objetivo. Lang no puede ser más claro en sus intenciones, quiere que nos mojemos, pero antes nos ha apuñalado el corazón y nos ha retorcido el puñal por dentro. Escenas como las del intento del linchamiento, que culmina con un incendio, o la del juicio, donde nosotros tenemos todos los datos y la mayoría de los personajes no, son de un impacto impresionante y difíciles de olvidar.

    El reparto está encabezado por un inmenso Spencer Tracy, sin discusión uno de los mejores actores que se han puesto delante de una cámara desde que se inventó el cine. Con un personaje casi inocente en el inicio, y con una extraordinaria evolución que el espectador va siguiendo muy de cerca, y que llega a convertirse en alguien fácilmente odioso. Ni que decir tiene que Tracy lo borda. A su lado, una de las estrellas del momento, Sylvia Sidney, como la novia del protagonista, el contrapunto perfecto al descontrol que emanan los hechos narrados, el toque de serenidad que la historia necesita, planteando además alguna duda moral realmente interesante. Ambos actores se compenetran a la perfección. En el plantel de secundarios, es imposible no fijarse en Walter Brennan, el actor que más Oscars ha ganado junto con Jack Nicholson, como uno de los ayudantes del sheriff, un poco fanfarrón, y que poco a poco se va dando cuenta de las dimensiones trágicas que todo va a tomar.

    Una obra maestra capital, a pesar de que Lang no tenía el control absoluto. Y es que su final fue impuesto, y ciertamente puede ser visto como algo con cierta incoherencia, pero que Lang resuelve de forma magistral, cambiando una vez más el tema y sumándose aquí una clarísima denuncia al sistema judicial americano. Algo que marcaría la mayor parte de la obra posterior de Lang, quien se encargó de estudiar a fondo la cultura americana que tanto le fascinaba.


  13. #53
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    Gun Crazy (1949).


    Joseph H. Lewis no es ningún desconocido para cualquiera que se precie de ser un buen cinéfilo. Pero para la mayoría de la gente este nombre le sonará a chino y sí es cierto que nunca alcanzó una fama tan grande como pudieron alcanzar otros directores clásicos, y no necesito ahora ponerme a citar los nombres de siempre, que ya todos los conocen de sobra. Lewis pertenece a ese grupo de semidesconocidos que aportaron al cine su grano de arena, logrando que las películas tuvieran un reconocimiento por encima de sus propios nombres.

    Gun Crazy es un fascinante film que narra la historia de amor entre un hombre y una mujer, obsesionados y unidos hasta el fin de los días por su pasión por las armas. Después de haber tenido una infancia un poco difícil, Bart Tare, regresa a su pueblo natal, donde un día conoce a una bellísima mujer que trabaja como tiradora en un circo. Pronto surgirá la atracción y pronto se dedicarán a vivir la vida. Pero un día el dinero se acaba y comenzarán a cometer robos para subsistir. Las cosas irán cada vez a peor, y la pareja se convertirá en los delincuentes más buscados del país.

    Estamos ante algo más que un film de cine negro. Estamos ante la perfección absoluta vista desde cualquier punto de vista, un estudio piscológico de personajes tremendo, una historia de amor imposible a lo Badlands o Bonnie & Clyde (films que beben descaradamente del de Lewis) realizada con total precisión, y en la que todos sus elementos funcionan como un mecanismo de relojería totalmente nuevo. Y es que una de las características de esta película, vista 50 años más tarde, es la de no haber perdido ni una sola gota de su vigor, al contrario. Y cuando dentro de otros 50 sea revisada, pasará exactamente lo mismo. En este caso, el paso del tiempo consolida lo que es una obra maestra imperecedera.

    Lewis hace gala de un dominio extraordinario de la técnica narrativa. Después de unos breves minutos en los que se nos informa de la niñez del protagonista y de cómo le controla su obsesión por las armas, pero jamás las usaría contra un ser humano, el film se adentra de lleno en la relación del personaje masculino con la mujer a la que conoce y que comparte su misma pasión, pero con una gran diferencia: ella puede cometer actos brutales con un arma si se ve dominada por el miedo. Esta constante marcará toda la película, y la subrayará de forma magistral en la secuencia en la que ambos intentan separarse. Tal y cómo él le dice a ella, son como un arma y su munición, no pueden estar separados. Aunque queda bien claro que quien arrastra a un mundo de perdición es ella a él, en la mejor tradición del cine negro. Una excelente femme fatale encarnada por una morbosa Peggy Cummins, que está en estado de gracia, desprendiendo una sensualidad pocas veces vista en el cine, y acentuada con ese mencionado detalle del miedo, lo que la aparta un poco de las demás femmes fatales vistas en otros títulos.

    Lewis no abandona ni un sólo momento a los dos protagonistas, ya estén en el mismo plano o no. Con un uso de la cámara increíble, de enorme modernidad para la época (o más bien habría que decir que cuando se hace hoy día, realmente ya es un truco viejo), le imprime un ritmo sin descanso hasta el final. Todo el film avanza de un tirón con un crescendo dramático conseguido hasta límites insospechados. Atención a las virguerías visuales que el director realiza y sin ningún tipo de gratuidad. Baste mencionar el atraco a un banco en el que la cámara no abandona el interior del coche, lugar desde el cual serán filmados varios momentos y a cada cual más sorprendente. Todos ellos sabiamente conjuntados y dando paso a un final histórico donde los haya y de una belleza perturbadora.

    Una obra maestra obligada para todo amante del Cine.


  14. #54
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    La Tierra en Llamas (Der brennende Acker, 1922).


    El gran F.W. Murnau, director entre otras joyas, de Der letzte Mann o Sunrise, dejó una impresionante obra como legado para el séptimo arte. Si no fuera por un fatídico accidente de coche en 1931, es muy probable que Murnau siguiese desarrollando su labor pero esta vez dentro del cine sonoro (Murnau murió a los 43 años de edad. Sólo imaginen que clase de filmografía nos hubiese legado si hubiese llegado a vivir 86 años como Fritz Lang).

    La Tierra en Llamas fue la película que el director alemán realizó justo antes de su archifamosa Nosferatu, film que por cierto, sigue poniendo los pelos de punta casi 90 años después de su estreno. En ella se narra la historia de un granjero que muere deseando que sus dos hijos continuen trabajando la tierra que tanto amó en vida. Uno de ellos cumplirá su deseo, pero el otro, de carácter más ambicioso, se irá y conocerá a la hija de un importante Conde, a la que cortejará, cambiando enseguida de objetivo cuando se entera de que la mujer del Conde, mucho más joven que su marido, es la única heredera de una tierra que posee petróleo, algo que muy pocos saben.

    Sin ningún tipo de prejuicios con las relaciones amorosas del protagonista y de lo que es capaz de hacer para conseguir dinero, Murnau nos estampa una historia realmente escandalosa para la época, y que aún hoy conserva parte de su fuerza. Y lo hace sobre todo, vistiendo el film con ciera aureola fantástica, dándonos la sensación de que estamos ante algo irreal, casi onírico, y con una atmósfera rozando lo terrorífico, una de las especialidades del director. Por otro lado argumentalmente el film está totalmente alejado de cualquier atisbo de fantasía, y hace hincapie en ese personaje que no está de acuerdo con su condición de campesino, porque piensa que ha nacido para ser otra cosa en la vida. Sin embargo, la película nos recuerda, a través de él, que jamás debemos olvidar quiénes somos, nuestros orígenes, y que el amor por la tierra en la que has nacido y trabajas, puede ir mucho más allá de lo meramente material. En definitiva, Murnau nos habla de las raíces y de los lazos que nos unen a las mismas.

    Tal vez la historia tarde un poco en arrancar, en presentar sus cartas, con un inicio no demasiado alentador, pero poco a poco va cobrando interés, gracias al excelente ritmo que Murnau le imprime al relato y los matices que éste va desarrollando con sus múltiples lecturas. Digamos que la película gana en calidad según va avanzando, hasta llegar a una parte final dramática y llena de fuerza, con una gran carga poética. Con ella avanza, por así decirlo, el trabajo fotográfico del film, el cual va cambiando considerablemente según se va torciendo la historia. Y en esta segunda mitad, dicho trabajo está realizado por el también director Karl Freund, que realizó trabajos de fotografía para prestigiosos directores en aquellos años, y que por otro lado será recordado por su contribución al cine de terror con la magistral The Mummy. El trabajo de Freund en La Tierra en Llamas es simplemente sensacional, consiguiendo momentos visualmente impresionantes.


  15. #55
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    The Bigamist (1953).


    La gran Ida Lupino no sólo tiene su lugar en el cine por haber sido una excelente actriz, vista en películas como High Sierra o The Sea Wolf, por citar sólo dos ejemplos, también tiene su lugar, aunque quizá más pequeñito, como directora de algunas películas realmente interesantes. Como The Hitch-Hiker, curioso film de suspenso de bajo presupuesto que influyó poderosamente en películas como The Hitcher (la buena, evidentemente). El mismo año, 1953, realizó The Bigamist, protagonizada por el mismo actor de aquélla, Edmund Gwenn, también con poco presupuesto, y de una modernidad impresionante para la época. Su título puede dar una pista de por dónde van los tiros.

    Un hombre acude con su esposa a solicitar ser los posibles padres de un niño adoptado. Como éste es un tema que se mira con lupa se realizan todas las investigaciones posibles sobre la pareja para poder decidir si son o no unos padres más que perfectos. El jefe de la agencia de adopción sospecha que el marido actúa de forma extraña, y pronto descubrirá en otra ciudad que está casado con otra mujer y es padre de un niño. Asombrado escuchará la historia del hombre de cómo llegó a esta situación.

    Con un impecable ritmo Ida Lupino ahonda en la moral americana a través de la atrevida historia de un hombre casado con dos mujeres a la vez, manteniendo dos vidas distintas al mismo tiempo. Es curioso que el planteamiento, casi de telenovela hoy en día, esté tratado con pasmosa modernidad en plenos años 50, y más en los Estados Unidos. Parece mentira que esta película tenga ya más de 50 años, y sin duda está adelantada a su tiempo, algo que la puede convertir en una especie de rareza, como les sucedió a otros títulos a los largo y ancho de la historia del cine. No obstante, a pesar de lo arriesgado del asunto, Lupino aprueba con nota alta la operación, consiguiéndola hacer muy creíble gracias a sus personajes, perfectamente dibujados, y prácticamente todos huyendo del tópico.

    Al contrario que The Hitch-Hiker, aquí Ida Lupino no sólo se reserva las tareas de dirección, sino que también interpreta uno de los personajes centrales en una jugada bastante inteligente al “enfrentarse” directamente con Joan Fontaine, que siempre ha tenido cara de niña buena y poco despierta, por así decirlo. Ésta interpreta a la primera mujer del protagonista, la cual no puede tener hijos (de ahí su punto de partida). La Lupino hace de mujer más despierta, aunque desengañada por experiencias amorosas no muy fructíferas, un ser con más vida. La fragilidad y la delicadeza contra la entereza y la viveza, llegando incluso a leves y sutiles sugerencias sexuales, marcando una clara diferencia en ese aspecto entre las dos mujeres. Dos mujeres que serán las verdaderas protagonistas de la historia, en su sorprendente (por atrevido e inusual) final, cuando las cartas son puestas sobre la mesa.

    A su lado, Edmund Gwenn, posiblemente un pelín por debajo de las dos actrices, las cuales aguantan mejor el peso de la función, a pesar de que el personaje masculino es el eje central de toda la historia. Aunque aparezca más en pantalla, y entendamos perfectamente algunas de sus decisiones, hay otras que no terminan de convencer, sin duda uno de los puntos flacos del film, y me refiero evidentemente a lo narrado al principio del flashback, que suena un poco forzado. Edmund O´Brien, uno de esos secundarios de lujo, interpreta al jefe de la agencia de adopción, en un papel poco sustancioso, pero al menos podemos disfrutar de la presencia de este gran actor.

    Una buena película, que no ha perdido ni un ápice de frescura, por lo menos temáticamente hablando. Por otro lado es una pena que títulos como éste no tuvieran más repercusión en su momento, siendo hoy un film prácticamente olvidado.


  16. #56
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    Marty (1955).


    A veces hay películas, que sin ser perfectas, se te quedan grabadas en la memoria por muchas y diversas razones, por que lo que te cuenta te ha encandilado, por una interpretación, o por la dirección, da igual, la razón que sea. Este clásico de Delbert Mann en 1955 se hizo con cuatro Oscars, entre ellos mejor película, director y actor, saliéndose ese año la Academia de lo típico, al premiar un film en apariencia “pequeño” como éste.

    Pequeño porque sus pretensiones son mínimas, y prácticamente cuenta una anécdota que transcurre en apenas dos días, y lo hace con tal acierto y con una sensibilidad tal, que la historia se hace universal, llegando a todo tipo de público. Marty es un hombre de 34 años, con algo de peso y no muy agraciado, enormemente amable y cariñoso, que no tiene suerte en el amor. Sus sábados por la noche son de lo más rutinario, y su existencia se limita a trabajar en una carnicería y cuidar de su madre, con la que vive. Hasta que, casi por accidente, conoce a una mujer en su misma situación.

    Delbert Mann ya había dirigido una versión para la televisión dos años antes, con Rod Steiger en el papel principal, y lo cierto es que la película tiene ciertos ecos televisivos, sobre todo en la técnica, muy típicos de la época. Recordemos que Mann fue ante todo un director de televisión, aunque su huella en la pantalla grande nos ha dejado grandes recuerdos, como el que nos ocupa, o la también increíble Separate Tables, de la que ya hablé en su momento, y en la que también había ciertos tics televisivos. Lo que destaca sobre todo es la delicada sensibilidad del director a la hora de tratar un tema que podría haber caído en el más grande de los ridículos, o incluso en la manipulación en la que suelen caer este tipo de films. Pero no, nada de eso hay en Marty.

    Ernest Borgnine está impresionante en el personaje central, logrando una de sus mejores interpretaciones y eso en este actor es mucho. Además logra traspasar la pantalla como pocas veces eso se ha logrado, dando la sensación de que al actor no le ha costado ni lo más mínimo realizar su papel, logrando la meta de todo actor: que el público vea a un personaje olvidándose de quién lo interpreta. Él es la absoluta estrella de la función, con un personaje en el que en cierta medida todos podemos sentirnos identificados, si no es por su físico, por sus dudas a la hora de relacionarse con el sexo opuesto, y que todos sentimos una primera vez. Atención a la escena en la que después de su primera gran cita (no acordada, son las mejores) él vuelve lleno de felicidad a casa como si fuera un jovencito locamente enamorado y lleno de ilusión, con más ganas de ayudar a los demás de las que ya tenía antes.

    La película tiene una importancia histórica dentro del cine americano por ser la primera vez que el realismo, por así llamarlo, hacía acto de presencia en un film de una forma tan poderosa, llegando a un nivel de naturalismo visiblemente patente, sin duda uno de sus grandes aciertos. Como también lo es su corta duración, poco más de hora y media, muy bien condensada, donde hay tiempo de sobra para hablar de todo: el primer amor, el rechazo del sexo puesto, los celos de los amigos, la protección de una madre, el agobio de una suegra, los problemas matrimoniales, y sobre todo, el darse cuenta o no de cuándo la felicidad llama a tu puerta, y a pesar de lo que te digan, maldigan o bendigan, debes abrir esa puerta sin importarte nada más.

    Esta noche, como todas las noches desde 1955, Marty llamará por teléfono al amor de su vida, a lo más importante que le ha pasado jamás, y no tendrá miedo de lo que dicen de él, nunca más volverá a dudar, y con esa certeza se enfrentará a todo lo que haya de venir, sea bueno o malo. Esta noche Marty escogerá ser feliz, aunque no lo consiga.


  17. #57
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    La Bestia Humana (La Bête Humaine, 1938).


    Jean Renoir fue uno de los grandes directores europeos, con importantes obras repartidas a lo largo de tres décadas. De los 30 podríamos nombrar La grande illusion, de los 40, en la que por supuesto y como les pasó a otros directores, pisó suelo americano, la impresionante This Land is Mine, y en los 50 la vitalista French Can Can. La Bestia Humana es un film de 1938, basado en la novela de Émile Zola, que fue adaptada por Denise Leblond y el propio Renoir, no acreditados por su trabajo.

    Narra la historia de un hombre, maquinista de profesión, y solitario por naturaleza, debido a su carácter agresivo producido por la locura. Un día se enamorará de la mujer del jefe de estación, una mujer infiel hasta la médula, y que junto con su marido esconden un crimen pasional. Pronto ella intentará seducir a nuestro protagonista para que asesine a su marido.

    Lo que en principio parece un argumento de cine negro en toda regla, se convierte en un auténtico drama, debido al enfoque que Renoir le da a la historia, no apartándose ni un sólo instante de ese carácter naturalista que impregnó toda su obra, pero quizá siéndolo aquí más que nunca, lo cual le da al film una esencia única, convirtiéndolo casi en una rareza con un poder de fascinación literalmente impresionante. Es imposible no entrar en la historia ni en su atmósfera, y no sentirse embriagados por ella. A ello ayuda, por supuesto, el tratamiento que el director le da a todos sus personajes, enormemente ricos en matices, ocurriendo algo insólito en cierta medida: llegamos a simpatizar con todos. De esa forma, Renoir nos acerca más a sus desgracias, y llegado el momento de la verdad sentimos con ellos todo lo que les ocurre.

    Por supuesto, las interpretaciones son de altura. Jean Gabin está inmenso como ese hombre que se enamora como un adolescente, y que cuando su locura hace acto de presencia no es capaz de controlar su violencia casi animal con desastrosas consecuencias, convirtiéndose prácticamente en drama puro. A su lado, Simone Simon, que ha pasado a la historia del celuloide por ser la mujer pantera, llena de belleza y enamorando a todo ser viviente que se acerca a ella, incluido el espectador desde el otro lado de la pantalla. Un perfecta femme fatale, haciendo perder la cabeza a los hombres. El tercero en discordia es Fernand Ledoux, perfecto y muy contenido, como marido resignado, y por supuesto perdidamente enamorado.

    La película tiene un pequeño bache en su desarrollo, y es que quizá se estanca un poco en ese momento, que no es más que una transición entre el planteamiento de la historia, presentándonos todas las cartas, y el desenlace, bastante largo e intenso, donde todo queda zanjado. Digamos que hay un pequeño bajón de interés, donde lo único que se nos cuenta es lo cotidiano de los personajes, tal vez para que los conozcamos un poco mejor (extraordinario el primer encuentro amoroso de verdad de los amantes), pero alargando demasiado esa parte.

    Aún así, un film espléndido, lleno de fuerza y con una carga dramática fuera de lo común. Años más tarde, el gran Fritz Lang realizó un remake titulado Human Desire, y sobre la que hablaré próximamente.


  18. #58
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    The Man in the White Suit (1951).


    La mítica productora británica Ealing produjo una serie de películas en los años 40 y 50, normalmente comedias llenas de cinismo y humor negro, con títulos tan prestigiosos como The Ladykillers o The Lavender Hill Mob, por poner dos ejemplos. Eran películas de una enorme calidad, y donde era muy común encontrarse con un actor de la talla de Alec Guiness, o con directores como Alexander Mackendrick o Charles Crichton.

    The Man in the White Suit es otro de esos famosos títulos, que revisados a día de hoy no han perdido ni un sólo ápice de su fuerza. La historia nos cuenta la obsesión de un científico por inventar una tela que dure eternamente, sin necesidad de lavarla ni que se desgaste. Evidentemente, tal invento supondría toda una revolución para la industria textil, y sus consecuencias llegarían a ser desastrosas, ya que acabaría con muchísimos puestos de trabajo.

    Ante todo destacar la gran frescura de la película dirigida con enorme pericia por Mackendrick, uno de esos maestros hoy día un tanto olvidados, y que sin embargo la comedia inglesa no sería lo que es sin sus aportaciones al cine. Y que conste que no sólo hizo comedias, como el caso de la imprescindible A High Wind in Jamaica. El director le infiere al film un ritmo vertiginoso, condensando muy bien los gags, absolutamente extraordinarios, a lo largo de toda la acción. Unos gags que no sólo hacen reír, y he aquí unos de los grandes aciertos de la película. Su sentido del humor no sólo nos divierte, sino que nos hace pensar en las consecuencias de lo expuesto en la película, la cual va mucho más allá de lo que aparenta a simple vista. Atención a toda la parte final, cuando todos parecen haberse vuelto locos, y se unen para encontrar a nuestro protagonista. Lo que Mackendrick sugiere en ese tramo del film posee una fuerza crítica hacia las relaciones entre los empresarios y los trabajadores pocas veces vista en una pantalla de cine, sobre todo por la forma en la que está expuesto, a todas luces significativa.

    La película se apoya sobre todo en la impresionante interpretación de Alec Guinness, todavía muy lejos de nuestro querido Obi-Wan Kenobi. El actor está enorme en su caracterización, ese pobre hombre obsesionado con su trabajo pensando en el gran avance que podría suponer su revolucionario invento. Su entrada en escena es prodigiosa, dejándose entrever con una puerta medio abierta, dejando muy clara la actitud del personaje. El resto de actores no tienen tanta oportunidad de lucirse como lo hace Guinness, pero desde luego ninguno está desaprovechado, y podemos encontrarnos con actores muy típicos del cine inglés de aquellos años como Cecil Parker, Michael Gough o Joan Greenwood.

    Al film sólo habría que reprocharle cierto descuido en el tratamiento de su nada clara historia de amor, haciendo hincapié en ella, para luego olvidarse completamente de que existe, con la desaparición momentánea de algún personaje. Aun así, una estupenda película, llena de matices que se pueden ir descubriendo en cada nuevo visionado, y que deja muy clara la maestría de los británicos en cierto tipo de humor en el que nunca han sido superados.


  19. #59
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    Human Desire (1954).


    Hace poco hablaba de La Bestia Humana, adaptación del gran Jean Renoir de una novela de Émile Zola. Por segunda vez en su carrera, Fritz Lang realiza una segunda versión de un film firmado por el maestro francés, la primera fue The Scarlet Street, revisitación de La chienne. A pesar de que los dos films se parecen muchísimo, Lang se aparta totalmente del anterior, llevando la historia a su terreno, logrando una película típica de su director donde su particular universo hace acto de presencia de la mejor de las formas.

    Un hombre que regresa de la Guerra de Corea a su puesto de trabajo en una empresa de ferrocarriles, se enamora de la mujer de su jefe, la cual oculta un terrible secreto junto con su marido, Obsesionado con ella, se dejará convencer por la misma para deshacerse de la parte molesta, el marido, y poder estar con ella sin ningún tipo de preocupación.

    Mientras Renoir se centraba más en el personaje principal interpretado por Jean Gabin, Lang se centra en el matrimonio, concentrando en ellos toda la fuerza dramática de la historia, la cual toma una nueva dimensión en manos del genial director. Estamos ante un melodrama de altura, como los que tan bien solía hacer Hollywood, pero también estamos ante una cinta de cine negro, terreno en el que Lang sabía moverse bastante bien. No es casual que Glenn Ford y Gloria Grahame fueran los protagonistas de su anterior film, la imprescindible The Big Heat, con la que obtuvo tan buenos resultados que pensaron que repetir no era mala idea. Y por mí que hubieran repetido las veces que hiciera falta, porque los resultados vuelven a ser sensacionales.

    Glenn Ford estando bien en su personaje, está como en un plano secundario, decisión evidentemente acertada, ya que Lang prefiere turbarnos con el matrimonio que componen la Grahame y Broderick Crawford, una pareja imposible sobre la que nos faltan datos, pero poco a poco vamos comprendiendo su relación. Ella una mujer en apariencia fría, insensible y despreocupada de la vida, él un marido celoso, impulsivo y lleno de rencor y rabia contenida por no poder dar a su mujer lo que ella de verdad necesita. El director se ceba sobremanera en este personaje, genialmente interpretado por el actor, y que lleva hasta más allá del límite. A su lado, brilla con luz propia y cegadora, una Gloria Grahame sencillamente apasionante, llena de morbo y explotando muy bien su sex appeal. Lang interrelaciona a los tres personajes de forma magistral, logrando un mosaico de sentimientos encontrados verdaderamente incontrolable.

    Y es que los deseos a los que hace referencia el título están impecablemente retratados en esta película, donde Lang una vez más realiza un estudio sobre el aspecto más oscuro del ser humano. Tres aspectos de una misma pasión, tres formas de enfocar nuestros deseos y de que éstos no nos controlen. Sentimientos entrelazados como las vías de ferrocarril cuando se llega a una estación en la que multitud de raíles convergen, y el camino a seguir no parece claro. Eso, y mucho más, deja patente Lang en su película.

    Una película magistral, poderosa, como casi todos los films de su autor.

    Última edición por Karakorum; 05/07/2011 a las 19:57

  20. #60
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    Devil's Doorway (1950).


    Recuerdo haber jugado de pequeño a “los indios y vaqueros”. Eran violentísimas batallas de muñequitos (lo de disfrazarme nunca ha ido conmigo) donde los pistoleros blancos eran los buenos y los indios pieles rojas eran los malos. Lo normal, supongo. Es lo que veíamos en las (maravillosas) películas. Sin embargo, no todas fueron tan poco respetuosas con la verdad y con un pueblo que fue borrado del mapa. Me viene poderosamente a la cabeza la imagen de Burt Lancaster en la magnífica Apache de Robert Aldrich. Devil's Doorway es otra aportación de un cine que situaba al indio como el protagonista y al blanco como el antagonista.

    Dirigido por Anthony Mann en 1950 y protagonizado por un ennegrecido Robert Taylor, estamos ante un western durísimo que enfrenta a unos hombres por unas tierras que según la ley no tienen dueño.

    Lance Poole vuelve a la ciudad cercana al rancho de su familia (de la tribu de los navajos), tras participar en la batalla de Gettysburg con las tropas nordistas, resultando condecorado con la medalla de Honor del Congreso. Allí ya se da cuenta que sus méritos en el campo de batalla poco le van a servir cuando el asunto de su raza sigue resultando molesto. Más aún cuando posee dinero y unas ricas tierras que ha heredado de su padre. Un abogado racista pondrá a la gente del pueblo en contra del recién llegado, con la esperanza de poder arrebatarle el precioso lugar en el que vive.

    Leo en unas declaraciones de Mann que el paisaje en los westerns de este cineasta es fundamental. Efectivamente, más aún cuando la película va sobre la propiedad de unas tierras, los paisajes donde se mueven los personajes de Devil's Doorway son muy importantes tanto para sumergirnos dramáticamente en la historia como para comprender plenamente a los protagonistas. El destino de Taylor va unido al de la hierba que pisa y las montañas que rodean su hogar representan su dureza interior, lista para salir a la superficie si se pisotean sus derechos. La tierra del indio está llena de simbología y es vista como un paraíso, como un oasis en medio del desértico y rocoso territorio del hombre blanco; del mismo modo, resulta muy triste contemplar el cambio que se va produciendo en ese pequeño trozo de belleza natural. Tan triste y trágico como el destino de los propios pieles rojas, obstáculos molestos a derribar por los irrespetuosos y violentos pistoleros. Sin duda, la preciosa fotografía en blanco y negro es un elemento más para valorar un film de factura impecable.

    Resulta muy raro a la vista el maquillaje con el que se pretende hacer pasar a Robert Taylor por indio. No creo que fuera necesario y en todo caso es un efecto que tras sorpresa inicial, se olvida, pero está ahí y es posible que afecte a algunos a la hora de valorar el gran trabajo de la estrella, al parecer imposición del estudio. Taylor está sensacional encarnando a un personaje muy interesante, de compleja evolución dramática. No hay más que ver lo risueño que aparece al principio, entre amigos, y la mirada asesina que estalla en primeros planos conforme se va acercando el desenlace de la película. A destacar también la escena, llena de fuerza y emoción, en la que Taylor se encara con Paula Raymond y la desafía a comprobar hasta dónde llegaría por la sangre de un hombre inocente, un indio. El actor lidera una película llena de interesantes personajes secundarios dotados de gran profundidad. Desde la guapísima Raymond, que encarna a la abogada idealista que ayuda al protagonista, hasta Louis Calhern, en el papel del despreciable y brillante abogado que encabeza el ataque de los pistoleros contra los indios; por no hablar del personaje del “marshall”, interpretado por Edgar Buchanan, con esa impagable referencia a la muerte y las botas.

    La violencia es uno de los aspectos más sorprendentes y mejor tratados de la película. La pelea en el bar a puñetazo limpio, tras la tensa conversación sobre las tierras en disputa, o el memorable ataque de los indios a la caravana de los pastores (usando dinamita) son dos ejemplos de la maestría de Anthony Mann. En definitiva, Devil's Doorway es una preciosa y espectacular narración de una injusto drama que, lamentablemente, tiene sus raíces en hechos reales. Como siempre, eso de los buenos y los malos queda mucho mejor en el cine. O en los juegos de niños.


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