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Las Historias de Incompetencia Deportiva más Épicas de todos los tiempos

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    Wink Las Historias de Incompetencia Deportiva más Épicas de todos los tiempos


    ¿Se acuerdan de aquella vez que les hablé del Ali Dia, el tipo que se metió en un equipo deportivo profesional británico gracias a una llamada de broma? ¿Y de aquella otra vez que compartí con ustedes algunos de los records malos más impresionantes de la historia del deporte? ¿Y cuando les hablé del peor equipo de futbol de todos los tiempos? Hoy van a leer más historias de ese mismo tipo.

    Maurice Flitcroft.



    El año era 1976 y el mundo amante del golf estaba calentando para el Campeonato Abierto, un torneo prestigioso como la mierda que las audiencias modernas y la gente que mira 2 minutos de golf antes de regresar a la maratón de COPS conocen como el Abierto Británico. Era el terreno de caza preferido para la crema y nata del golf: la suerte de carnales que proseguirían para tener los primeros juegos de golf para computadora nombrados por ellos. Entre estos titanes de la industria con patrón de diamantes estaba Maurice Flitcroft, un golfista profesional joven y prometedor del que en realidad nadie había escuchado. Pero hey, cada gran nombre tiene su primera competencia importante, ¿no? Dejen al tipo entrar, veamos cómo se desempeña y, si tiene suerte, su nombre perseguirá a los jugadores de Maurice Flitcroft’s Golf Master para siempre.

    Con esa lógica y sin internet para verificar las credenciales de Flitcroft, los oficiales se encogieron de hombros y lo inscribieron para que compitiera contra leyendas como Jack Nicklaus y Arnold Palmer. Flitcroft los recompensó al de inmediato hacer historia. Sólo, no la suerte de historia que la mayoría de los estirados entusiastas del golf gustan de recordar.

    El lector astuto podría haber adivinado para este momento que Maurice Flitcroft no era exactamente lo que llamarías un experimentado profesional del golf. Era un operador de grúas de 46 años del norte de Inglaterra que nunca había jugado una ronda de 18 hoyos de golf completa: sólo por coincidencia agarró un palo un día y, tras darle a una bola en un desaseado campo local unas pocas veces, decidió “a la mierda, soy profesional ahora”. Así que entró en el torneo, sorteando artísticamente las preguntas sobre su hándicap y status profesional al mentir o simplemente no responder. Y así es como se las apañaba el Abierto en 1976.

    Vistiendo zapatos plásticos, un sombrero de pesca, dientes falsos y jugando con un set incompleto de palos baratos ordenados por correo, Flitcroft tomó el tee en medio de un mar de profesionales inmaculadamente vestidos con swings perfectos. Atacó la bola como si hubiese escuchado que revelaría su secreto más oscuro si no la mataba y aun así apenas la sacó del tee. Su puntuación máxima (un ridículo 49 de 121) todavía es la peor en la historia del torneo y nadie se ha acercado siquiera a desempeñarse peor. Inmediatamente después que terminó de jugar, cambiaron las reglas para que Maurice Flitcroft, específicamente, nunca fuese capaz de competir de nuevo en ninguna parte del país.

    No es que a Maurice le importase una sola mierda. Había decidido que le gustaba el juego, malditos sean las damas y caballeros. Por los siguientes 20 años, intentaría entrar en el Abierto y varias otras competencias, usando varios planes que hasta Wile E. Coyote consideraría imprácticos. Lo que es más, tuvo éxito. Usando nombres falsos, disfraces ridículos y bigotes teñidos gigantes, Flitcroft logró entrar en varios torneos con los años, alegremente jugando unos pocos hoyos hasta que su característica técnica “cosechadora confundida” revelaba su verdadera identidad y los descontentos oficiales lo echaban de las instalaciones (a veces literalmente). A veces, desaparecería por años enteros, sólo para reaparecer de repente y de inmediato hacer que los oficiales cagaran ladrillos cuando se daban cuenta que tenían al Maurice Flitcroft en sus manos. Hasta se ganó un némesis en la forma de Keith McKenzie, el adecuadamente estirado secretario de la Royal and Ancient, una poderosa organización basada en St. Andrews que esencialmente dirigía el deporte. No, no estoy inventando ese nombre. Lo sé, suena como algo que encontrarías en una irritante búsqueda secundaria de Witcher 3. Googléalo, esperaré.

    Eventualmente, el Universo se puso del lado del papel de valeroso marginado que Flitcroft había estado interpretando todos estos años. La gente comenzó a reconocerlo como un héroe folklórico que se la metía doblada al deporte elitista a cada oportunidad. Hasta el deporte mismo comenzó a ablandarse con el “peor golfista del mundo”, hasta el punto donde al menos un club de golf ha nombrado un evento en su honor. Cuando murió en 2007, la estimada Golf Digest le dio un obituario cariñoso. Tristemente, hasta esta fecha, todavía no ha conseguido su propio juego de golf para Windows 95.

    Ivan Ukhov.

    A veces, no necesitas ser el peor atleta del mundo para cagarla completamente en las competencias. Hasta a los deportistas bastante decentes puede írseles la onda en un instante si se los abofetea con una situación lo bastante absurda. Tomen al estimado saltador de altura ruso Ivan Ukhov.



    Es un nombre bastante grande en el mundo del salto de altura, pero hasta él puede entregarse a las estupideces como el mejor. El local escogido por Ukhov para estas payasadas fue la Athletissima de 2008 en Lausana, Suiza, y su método de elección fue aparecerse completamente borracho.


    Podría haber hecho un GIF del clip, pero en serio, sólo obtienes el efecto completo si miras la cosa entera. Es un deleite de principio a fin. El mareado “esperaunminuto, ¿de nuevo, donde estoy?” al comienzo. El terror ebrio cuando lentamente se da cuenta que todos en el estadio están viéndolo y esperan que haga algo. El horror cuando se da cuenta que ese algo es el salto de altura… que, a pesar de su nombre, requiere una cantidad absolutamente ridícula de coordinación corporal. La parte cuando remueve sus shorts para calentar en el exacto modo “espera, ¿cómo funcionan las ropas, de nuevo?” tan familiar para todos nosotros tras una larga noche fuera. El lenguaje corporal “¡¡¡JÓDETE, CARL, PUEDO HACER ESTO!!!” al colega que viene a checar su condición. Y, tras una larga preparación “ohmierdaohmierdaohmierda” y una intervención de un oficial enojado, el glorioso, glorioso salto mismo. Atestigüen al cuerpo humano en su gracia y poder completo:


    Para ser justos, hubo unos pocos elementos mitigantes para el comportamiento de Ukhov. Justo antes de la competencia, le dijeron que no calificaba para el equipo olímpico de 2008 y tuvo una masiva pelea con su novia. El instinto ruso natural de dejar de importarle una mierda e ir a bañarse en vodka por una semana o 6 ha sido gatillado por menos. Ukhov se arrepintió, reembolsó a la competencia por vergüenza y se alejó con una palmada en la muñeca. Prosiguió para saltar como una maldita bestia y realmente ganó la medalla de oro en las Olimpiadas de Londres de 2012. Esto es más impresionante considerando que tuvo que cargar el peso añadido de que nadie lo deja olvidar los eventos de Lausana.

    Última edición por Karakorum; 18/12/2016 a las 18:53
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    Predeterminado Re: Las Historias de Incompetencia Deportiva más Épicas de todos los tiempos

    Taki Inoue.



    Decir que Taki Inoue era un mal conductor de Fórmula Uno sería desperdiciar una oportunidad perfecta para usar la palabra “abismal”. De hecho, hasta esa palabra no es suficiente para Inoue, quien parece existir en un plano de la existencia generalmente ocupado por gente como Nic Cage y Gary Busey. Aquí está una asombrosa entrevista donde felizmente admite su status como el peor de lo peor, habiendo estado aterrorizado al volante porque no se daba cuenta cuan rápidos eran los autos de F1. También imparte conocimiento de primera mano sobre el modo en que los doctores de la pista de carreras solían tantear sus bolas para determinar si tenía daño cerebral.

    En sus 18 carreras, Inoue acumuló un total de 0 puntos y condujo como una abuela demasiado cauta. A pesar de su corta carrera, logró ganarse una reputación sin paralelos por ineptitud. Entró sin saber que eran las paradas de pits. Otros corredores usaban su nombre como una abreviatura para horrible desempeño en las carreras. Hasta otros conductores famosamente malos libremente lo llamaban “basura”. El destino mismo parecía pensar que Inoue era una mierda. Durante las rondas de práctica de una carrera, estaba siendo remolcado a los pits cuando un auto de seguridad accidentalmente embistió su auto y lo volcó. Sí, Taki Inoue una vez tuvo un accidente con el puto auto de seguridad mientras se relajaba tranquilamente en su propio vehículo. Eso no es mala suerte; ese es el Universo pateándote en el pito por avergonzarlo en frente de sus amigos.

    Inoue no tenía la suerte o el talento que se necesita para pilotar súper-rápidos cohetes de tierra, es lo que estoy diciendo.

    La cosa que la mayoría de los entusiastas de la F1 (que no ha logrado eliminar su nombre de sus cerebros) recuerda sobre Inoue, no obstante, fue su extraño accidente en la carrera del GP de Hungría de 1995. De un modo característico, Inoue fue forzado a salir de la carrera porque su auto estaba en llamas. Típicamente, así es como tales situaciones van: el conductor detiene el auto en el lugar más seguro posible, saca su culo del auto y deja que la gente que realmente sabe como apagar un incendio… apague el incendio. Ahora, esto es lo que Inoue hizo:


    Tras lentamente emerger de su auto (que, recordarás, estaba en llamas en el momento) ileso, de inmediato comenzó a intervenir con los intentos de los mariscales para apagarlo. Aparentemente habiendo decidido apagar el fuego él mismo, iba de aquí para allá como una gallina descabezada… y de inmediato se puso en el camino de una ambulancia. La ambulancia que todo el tiempo estuvo acercándose visiblemente. La ambulancia que venía para checar si estaba bien. Lesionó su pierna y tuvo que yacer al lado de la pista por una hora porque los oficiales no detendrían la carrera para enviarlo por helicóptero a un hospital. Una vez que finalmente llegó a uno, se negaron a tratarlo a menos que les diera su tarjeta de crédito, que obviamente no llevaba en su traje de conducir. Un día en la vida de Taki Inoue, damas y caballeros.

    Inoue pronto se recuperó de su lesión y volvió a las carreras. No obstante, la gente pronto se dio cuenta que las decisiones rápidas necesarias para controlar un poderoso auto de carreras probablemente no eran la especialidad de un tipo que despreocupadamente camina en frente de vehículos que se mueven a velocidad de caminata. Aun así, Inoue nunca ha lamentado nada. Ahora es manager de conductores japoneses (esperemos que más talentosos), tiene una cuenta en Twitter verdaderamente gloriosa y siempre está listo para recordar cariñosa e irreverentemente sus tiempos en un auto de F1.

    Shizo Kanakuri.



    Las Olimpiadas de Estocolmo de 1912 fueron una época de mierda para ser un maratonista. Sin zapatos, telas y entrenamiento modernos, era un deporte de arenilla y excoriaciones. Lo que es más, el día de la carrera, Estocolmo fue golpeado por un clima inesperadamente caliente, para el cual los corredores no estaban para nada preparados. La hipertermia cundió entre los competidores y la mitad de los 68 participantes fue incapaz de terminar la carrera. De hecho, las condiciones fueron tan malas que un corredor desapareció por completo.

    No era que Shizo Kanakuri fuese un mal corredor. No obstante, Japón sólo recientemente se había metido en toda la cosa “otros deportes aparte de las artes marciales” y sus métodos de entrenamiento… estaban mal diseñados. Cuando Kanakuri comenzó, creía que la transpiración drena tu fuerza y, para evitar sudar, corría sus maratones sin beber. Tras descubrir que esta no era la decisión más astuta, rápidamente calificó para las Olimpiadas y fue enviado a Suecia como parte del equipo olímpico de 2 hombres de Japón. El viaje de 8 días a Estocolmo fue agotador y, al llegar, los japoneses rápidamente descubrieron que no se llevaban bien con la comida local. Kanakuri pasó los días antes de la carrera mayormente cuidando a su ultra-enfermo compañero de equipo y tratando de recuperarse de una plétora de shocks que Europa continuaba arrojándole a su cuerpo y sistema digestivo. Añadan a esto las condiciones calientes y el hecho que el calzado para correr de elección de Kanakuri eran zapatos de tela tabi de 2 dedos, que decididamente no eran para carreras de larga distancia, y las probabilidades no estaba exactamente de su parte.

    La historia de cómo exactamente Kanakuri terminó renunciando a la carrera varía. Algunos dicen que se desmayó alrededor de la marca del kilómetro 27 y fue cuidado por una familia local. Otros insinúan que se cansó, dijo “a la mierda con esto” y se fue a una fiesta en un jardín cercano. No obstante, no importa como hayan sido las cosas, una constante permanece: Kanakuri nunca se molestó en notificar a los oficiales que estaba bien. Simplemente regresó a Japón.

    Tal vez fue la cosa de la vergüenza. Tal vez sólo quería largarse del país antes que le dieran otro plato de surstromming y bolas de carne. Todo lo que Suecia supo fue que había desaparecido. Ya que era 1912 y los casos de personas desaparecidas eran unos bastardos con los que lidiar, simplemente lo archivaron en el folder de “maldita sea si sabemos” y presumiblemente esperaron como el infierno que Japón no se quejara.

    Kanakuri siguió compitiendo como si nada hubiese sucedido. Por razones que podrían o no hablar de las capacidades investigadoras de Suecia, lograron obviar completamente su existencia por más de 50 años, a pesar del hecho que Kanakuri corrió en varias Olimpiadas subsecuentes, una vez hasta terminando en un respetable lugar #16. Cuando finalmente se tropezaron con el hecho que Kanakuri no estaba exactamente desaparecido para nada, y de hecho se había convertido en un apreciado innovador de los deportes en su país natal, los suecos se le acercaron con un “hey, eres una persona desaparecida en nuestros archivos. Uh, simplemente imaginamos que moriste en una zanja 5 décadas atrás”. También invitaron a Kanakuri para que finalmente viniera a terminar su maratón, lo que el vivaracho señor de 75 años aceptó hacer en 1976.



    Su tiempo final: 54 años, 8 meses, 6 días, 5 horas, 32 minutos y 20.3 segundos.


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