La falsa carta, como se reproduce en un sitio presuntamente educativo y
con la infaltable foto de un jefe indio que nada tiene que ver con Si'ahl, en
este caso el Jefe Joseph de la tribu de los Nez Perce o, en su lengua, Niimíipu.


Elemento fundamental de la decoración de interiores de los ecomisántropos, a los que alguien con deliciosa mala baba llama los "fundambientalistas", las tiendas de herbolaria y otros espacios más o menos religiosos es un cartel con la "Carta del Jefe Seattle". Esos carteles, en España, generalmente se pueden adquirir en mercadillos ambulantes, en puestos regenteados por astutos indígenas ecuatorianos, bolivianos y peruanos que, sabiendo que su cultura no tiene tanto gancho entre las clases medias "ecológicamente concienciadas", se disfrazan de sioux, apaches, piesnegros, algonquinos, dakotas, hopi, iroqueses o cualquier otra de las más de 50 "naciones" de indígenas norteamericanos para escalpar a sus ingenuos clientes, aprovechando su difusa conciencia de culpabilidad.

Las páginas Web del autoproclamado "movimiento ecologista" suelen albergar una copia de este venerado texto. Como es evidente, resultaría asombroso que un habitante de principios del siglo XIX manejara los conceptos de ecología que expresa la carta. La extinción de las especies por acción humana no era conocida entonces, y ni siquiera había ocurrido la trágica mengua del bisonte americano que disparó la conciencia conservacionista a fines del siglo XIX.

Si esto parece desusado se debe, sencillamente, a que esta carta NO la escribió el jefe Seattle, que da su nombre a la conocida ciudad del estado de Washington.

La historia del Jefe Seattle


Única foto existente del jefe Si'ahl

Si'ahl, a quien los blancos que colonizaron los Estados Unidos llamaron "Seattle", era un indio duwamish nacido alrededor de 1780 y muerto el 7 de junio de 1866, que fue jefe de su tribu y de los squamish. Su leyenda como guerrero y líder se forja en guerras no contra los blancos, sino contra otras tribus indias, como los chemakum y los s'klallam. (El cartel habitual no muestra ésta que ve usted a la izquierda, la única imagen existente de Si'ahl, tomada un año antes de su muerte, sino una idealización ignorante que lo representa con un penacho de guerra propio de los sioux lakota, e impropio de un pacifista como el que nos pintan. En alguna ocasión parece que simplemente usaron una foto del jefe lakota Nube Roja... total, todos los indios son iguales, ¿no?)

Si'ahl, hombre de su tiempo y de su pueblo, es decir, representante de su cultura y no de la de los occidentales pseudoecologistas, poseía esclavos producto de sus victorias en la guerra, y tomó varias esposas, como correspondía a un jefe. Nada de esto es criticable, pues era lo normal en su mundo, y juzgarlo con las normas del nuestro es, cuando menos, jugar sucio.

Como lo es desvirtuarlo para ajustarlo a las ideas propias.

Hacia 1850, Si'ahl perdió influencia ante el fortalecimiento de Patkanim, jefe de las tribus snoqualmoo y snohomish, que logró echar a Si'ahl y a su gente de sus tradicionales espacios de recogida de almejas, que era su principal actividad (aquí se sorprenderá más de uno que cree que las más de 50 tribus de indígenas norteamericanos eran cazadores de bisontes, esos animales que sólo existían en las grandes llanuras, una franja que recorre los EE.UU. en el centro, desde México hasta buena parte de Canadá). Dado que nunca salió de la Sonda de Puget, probablemente Si'ahl no vio un bisonte en su vida, era jefe de una tribu de mariscadores situados en el extremo norte de la costa Oeste de los Estados Unidos, de modo que la frase de la supuesta carta "He visto mil búfalos pudriéndose en la pradera" es literalmente imposible. (Ya en esto, la continuación "dejados por el Hombre Blanco que les había matado desde un tren que pasaba" tampoco cuela: el tren llegó a Seattle 14 años después de la muerte del jefe.) El caso es que, expulsado de sus tierras, Si'ahl conoció a David Swinson "Doc" Maynard, médico y pionero que llegó al la zona como empresario maderero, y en 1852 construyó allí su cabaña de madera fundando, de hecho, la ciudad de Seattle.

El indio y el blanco hicieron buenas migas. Maynard, que creía en la defensa de los derechos de los indios (sin que interfiriera con los negocios, pero de todos modos en su época se le veía como un tipo "raro" por preocuparse por los nativos) convenció a los colonos de la zona de que cambiaran el nombre de su asentamiento a "Seattle" a cambio de un pago anual para el jefe compensándole así las molestias que le causaría a su espíritu, según las creencias de su cultura, el que se pronunciara su nombre después de muerto. Maynard también ayudó a negociar la paz con Patkanim. Como resultado, ambos jefes se mantuvieron al margen de la Batalla de Seattle, del 26 de junio de 1856, cuando varias tribus atacaron a los blancos.

Esta historia, de nuevo, ni es rara en el marco de las conquistas en América ni representa traición alguna. Los indios norteamericanos no se veían como una unidad, sino que vivían en permanente lucha con otras tribus, y para un jefe lo importante era que su gente estuviera bien, y que a las otras tribus les dieran con un palo no era forzosamente asunto suyo salvo cuando formaban federaciones, muchas veces como mecanismo de defensa contra los voraces colonos y su maquinaria militar. Por ello mismo, cuando se les asignó una reservación india, Si'ahl se negó a llevar a su gente porque su principal preocupación era que si los duwamish se mezclaban con los sonomish, habría derramamiento de sangre.

El discurso de Si'ahl/Seattle

El jefe de los duwamish era conocido no sólo por ser deusadamente alto (se habla de 1,80 metros y de que los colonos lo apodaban "El Grande"), sino por ser un excelente orador.

En una fecha no determinada, pero que se cree fue el 11 de marzo de 1854, el gobernador Isaac Ingalls Stevens convocó a una reunión para debatir la rendición o venta de la tierra de los indios a los colonos blancos. Después de que Stevens explicara su misión, habló Si’ahl. Se dice que puso la mano sobre la cabeza del mucho más pequeño gobernador y habló con gran dignidad durante largo rato.

Nadie sabe exactamente qué dijo.

Si'ahl habló en el idioma lushootseed, alguien tradujo de ese idioma a la jerga chinook, una lingua franca del oeste de Estados Unidos formada por diversas lenguas amerindias, inglés y francés, y alguien más tradujo al inglés para que Stevens se enterara de lo que había dicho Si'ahl.

Salto al 29 de octubre de 1887. El ya anciano doctor Henry A. Smith, médico, poeta, legislador y colono, que compartía la simpatía de Maynard por los indios, y que aseguraba haber estado presente durante el discurso de Si'ahl, publicaba en el Seattle Sunday Star una pieza titulada Scraps from a diary (Retazos de un diario) que, dijo, se basaba en las notas que tomó del discurso del jefe Seattle y, afirmó, era sólo un fragmento del discurso. En él, el jefe Si'ahl agradecía a los blancos su generosidad, exigía que cualquier tratado garantizara el acceso de los indios a sus antiguos cementerios y hacía un contraste entre el dios de los blancos y sus dioses.

La versión completa de lo que Henry Smith dice que anotó resumidamente de lo que dijo el traductor al inglés que dijo del traductor al chinook que dijo Si'ahl se puede leer aquí. Cierto que Smith decía hablar duwamish, pero es de dudarse pues cuando Si'ahl hizo su alocución, apenas llevaba un año en la zona, donde llegó procedente de Ohio.

Lo escrito por Smith no es, pues, de confianza, aunque pueda realmente capturar parte del sentimiento y discurso de Si'ahl. Esta duda se sustenta además en el hecho de que nadie viera nunca las notas o diario de Smith, y que éste era un admirador rendido de Si'ahl (lo describió diciendo: ""El viejo Jefe Seattle fue el indio más grande que jamás haya visto y, por lejos, el de aspecto más noble . . . Cuando se erguía para hablar en el Consejo o para dar recomendaciones, todos los ojos se volvían hacia él, y de sus labios surgían sonoras y elocuentes sentencias pronunciadas con voz de tonos profundos . . . Su magnífica estampa era tan noble como la de los más cultivados jefes militares en comando de las fuerzas de un continente.") y por tanto propenso a adornar la historia, sobre todo tres décadas después, para engrandecer la figura de un personaje admirado.

Nunca sabremos qué tan fiel fue Smith a Si'ahl.

Lo que sí sabemos es que lo que escribió Smith y se reprodujo en varias ocasiones en los años siguientes, a fines del siglo XIX y principios del XX, no es lo que nos ofrece la sensiblería ñoña y barata del pseudoecologismo, el rollo new age y el odio a la civilización... contado mediante Internet. La paradoja no deja de ser notable.

La carta... de Ted Perry


Ted Perry en foto actual del
Middlebury College, donde
es profesor de arte, cine
y cultura de los medios.


Nuevo salto en el tiempo. Estamos a 22 de abril de 1970 y el joven profesor de cine de la Universidad de Texas en Austin, Ted Perry, asiste a la primera celebración del "Día de la tierra" en el campus. Eran los albores del ecologismo y la conciencia planetaria, y el académico clásico William Arrowsmith lee ante el público una versión del discurso escrito por Smith actualizada por él para adaptarla al estilo combativo y las preocupaciones de loa década de los 60. La pieza impacta a los presentes.

Poco después, Ted Perry, como guionista de la Southern Baptist Radio and Television Commission, Comisión de Radio y Televisión Bautista del Sur, una empresa de la Convención Bautista del Sur, la mayor iglesia protestante de los Estados Unidos, se enfrenta al reto de escribir una película sobre la contaminación y la ecología, llamada Home (Hogar). Le pide permiso a Arrowsmith de usar su pieza como base de su guión y procede a escribir lo que hoy conocemos como "La carta del jefe Seattle".

Evidentemente, Ted Perry es un guionista, no un historiador, y por legítima licencia dramática se despeña en anacronismos, en imposibilidades y en exageraciones lacrimógenas, además de emplear el lenguaje del ecologismo de entonces que no es imaginable en nadie en 1854. Pero no lo hace con objeto de engañar a nadie: está escribiendo una pieza de ficción, que nunca se pensó para presentarse como realidad, sino como pretexto para hablar de hechos reales desde una perspectiva creativa. Vamos, Ted Perry escribió también dos episodios de los Gummy Bears para Disney sin pretender convencer a nadie de que realmente los ositos de gominola pueden vivir apasionantes aventuras. Y un episodio de "Los seis biónicos". Es ficción para llamar la atención sobre un problema, no es la realidad.

En el guión de Perry, la carta se recita sobre un montaje de bosques y playas prístinos e impolutos entremezclados con feas imágenes de contaminación. Y allí sí jugaban un papel los "alambres parlantes" del teléfono que Si'ahl no pudo conocer pues se inventó después de su muerte. Como dijo el propio Perry, "No comprobé la exactitud histórica de lo que escribí". Pocos guionistas lo hacen. Lo que se planteó Perry fue trasladar al jefe Seattle al mundo moderno e imaginarse lo que diría, punto. Que era ficticio quedaba claro al final de la película, con el crédito "Escrito por Ted Perry".

Pero los productores decidieron poner "Investigado por Ted Perry", dando visos de realidad a la ficción de un escritor.

Lo que sí ha hecho Perry, actualmente profesor de cine en la universidad Middlebury es tratar de que los entusiastas del fraudazo del jefe Seattle se enteren de que están siendo engañados, que las palabras de preocupación ecológica y de destrucción del medio ambiente no proceden de un indio (que en el guión de Perry se autonombra "salvaje", cuando ciertamente no lo era), sino de un guionista occidental preocupado por el medio ambiente. La ecología y el conservacionismo como los conocemos hoy son, finalmente, un producto de la ciencia y el pensamiento ilustrado.

En 1992, la ya robusta y poderosa organización Día de la Tierra, EE.UU. (Earth Day, USA) envió por correo la espuria carta a 6500 líderes religiosos. El autoproclamado dandy de la ecología, Al Gore, citó la carta en su libro Earth in the balance.

La mentira, consolidada, sigue. Curiosamente, el descubridor del cuento fue un historiador alemán especializado en los indígenas norteamericanos, Rudolph Kaiser, que identificó a Perry y publicó su investigación en los años 90.

Hoy, afortunadamente, si buscamos en Google "chief seattle letter", encontraremos que la mayoría de los enlaces que aparecen primero mencionan el fraude, destacan la verdadera personalidad del líder duwamish y referencian a Ted Perry.

Desafortunadamente, si buscamos "carta del jefe seattle", en español, no aparece ninguna visión crítica y casi nada de información sobre el fraude, sólo la repetición incesante de las palabras escritas por Ted Perry. No las palabras de un "buen salvaje" ecologista apto para arrullar las conciencias clasemedieras occidentales, sino las palabras de un joven guionista blanco "verde".

Pero el fraude no fue culpa del jefe Seattle, de Henry Smith ni de Ted Perry. Todos ellos han sido honestos con su visión y su realidad interna y externa. El fraude ha sido de quienes, conociendo los hechos durante los últimos 20 años, han seguido presentando la "carta del jefe Seattle" como una demostración de los dogmas de su peculiar religión y política.

Y al conocer la vida y las palabras reales de Si'ahl, tenemos como siempre mejores motivos para respetar al personaje, al líder, al estadista responsable de su pueblo, que cuando se nos alimenta un indio de azúcar, deshumanizado y creado a imagen y semejanza de los delirios de los blancos occidentales.

O, en palabras de Ted Perry: “¿Por qué estamos tan dispuestos a aceptar un texto como éste si se le atribuye a un nativo americano? Es otro caso de colocar a los nativos americanos en un pedestal y no responsabilizarnos de nuestras propias acciones.”

Fuente:El retorno de los charlatanes: El cuento de la carta del Jefe Seattle