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Historias que demuestran que la gente rica siempre ha estado loca

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    The Spaces In-Between Avatar de Karakorum
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    Angry Historias que demuestran que la gente rica siempre ha estado loca


    Hey, ¿se acuerdan de la bibliomanía…

    La Bibliomanía

    …y de mi sección sobre pasatiempos de antaño que te darán pesadillas, donde se incluyen ejemplos de un par de las cosas estúpidas que la gente rica hacía en su tiempo libre, como conseguirse ermitaños para sus jardines o crear “gabinetes de curiosidades”?:

    7 Pasatiempos de Antaño que te provocarán Pesadillas

    Tengo más historias de esas para ustedes…

    Cuando los ricos intentaron mejorar su vida sexual metiéndose material radioactivo por el trasero.

    La impotencia sexual no es fenómeno moderno. Tus tatarabuelos probablemente tenían “problemas de desempeño”, igual que tú (y si no es así, los tienes ahora que pusimos esa imagen mental en tu cabeza). ¿Y cómo enfrentaban a la gran flacidez? No podemos hablar por los pobres y como lidiaban con su pérdida de vigor (rezando mucho, probablemente), pero los ricos tenían una pequeña técnica llamada “meterte un supositorio de radio”.



    A principios del siglo XX, surgió una industria entera girando alrededor de resolver la insuficiencia sexual. Uno de estos productos era Vita Radium Suppositories, torpedos anales “cargados con una base de manteca de cacao” (para mejor… ¿sabor?) que prometían convertir “órganos debilitados” en Godzilla al irradiar la corriente sanguínea e indirectamente las bolas. ¿Qué hay de la seguridad? Pues, los manufactureros ciertamente habían escuchado de ese concepto. De acuerdo a sus panfletos publicitarios, el radio dejaría los sistemas de los pacientes en 3 días, lo que es aproximadamente 2 días, 23 horas, 59 minutos y 59 segundos más de lo que nos gustaría.

    La década de 1930 vio el lanzamiento de un producto con el atractivo nombre de “radiendocrinador escrotal”, que prometía a los usuarios que arreglaría sus escrotos arruinados al ponerse un suspensorio lleno de radio e irse a la cama. No podemos garantizar totalmente el cientifismo de este producto, pero vale la pena notar que su inventor murió de cáncer de vejiga… una coincidencia total y definitivamente no una advertencia de que tal vez no se debería vender contadores Geiger en las tiendas para adultos junto a los juguetes sexuales que necesitan baterías y las efigies felables de Clark Gable.



    Sorprendentemente, había una razón sólida detrás de la locura. En este punto, el descubrimiento científico del momento era que las aguas termales, que se afirmaba que podían curar enfermedades, eran radioactivas. En lugar de esperar para escuchar más ciencia, no obstante, el complejo médico-industrial de inmediato se puso a poner radio en una tonelada de productos para la salud, incluyendo enfriadores de agua y bebidas energéticas como RadiThor. Como el radio es costoso, no obstante, sólo los miembros más ricos de la sociedad podían pagarlos y es por eso que nunca se convirtió en una crisis sanitaria pública. El daño fue reducido a una diminuta población, comprendida por gente tal como Eben Byers, un industrialista que se tragó 2 botellas de RadiThor cada día por 3 años hasta que sus huesos comenzaron a desintegrarse y murió en una agonía indecible.

    Aun así, apostamos que su pito lucía asombroso.

    Cuando las piñas eran un símbolo de status.

    Cuando piensas en esto, los símbolos de status no han cambiado tanto desde los tiempos antiguos. Siempre ha habido modas caras, casas grandes, autos rápidos (los caballos de fuerza solían ser menos figurados) y comida elegantes. Es sólo que en el pasado, dichas comidas solían ser menos “donas bañadas en oro” y “aguacates” y más “piñas” y “en serio, piñas”.

    Para las casas nobles de Europa durante el siglo XVIII, la piña representaba la esencia misma de la riqueza. Las frutas previamente sólo se encontraban en Sudamérica, hasta que almas emprendedoras de Inglaterra y los Países Bajos desarrollaron invernaderos que permitían el crecimiento de estas magníficas unidades en condiciones más húmedas y europeas. Todavía eran escasas, claro, así que tener una básicamente era un letrero gigante anunciando cuan rico eras. Los clientes repitentes incluían a Luis XV, Catalina la Grande y Carlos II, todos los cuales seguro que necesitaban ayuda para señalar sus riquezas.

    Pero pronto, tener una piña no era suficiente. El fanatismo hardcore por las piñas del siglo XVIII obligaba a la gente a hacer todo desde describirlas en papel tapiz y manteles, hasta cubrir sus mansiones con grabados en piedra y madera de piñas, hasta organizar cenas donde la piña sería el invitado estelar. ¿Comértela? No, se suponía que la miraras maravillado por su belleza y en serio que eso era suficiente. Carlos II hasta encargó una pintura de alguien pasándole una piña. Para la elite de la sociedad, las piñas eran los paquetes de Salsa Szechuan de la época y, por Zeus, que se joda tu reputación si ponías esa mierda en una pizza.



    ¿Pero que si eras una persona de clase media que deseaba aparentar que era rica, pero no podía cultivar su propia piña? Pues, también hubo un próspero mercado de rentas de piñas. Del mismo modo en que las celebridades rentan trajes elegantes y autos deportivos antes de asistir a galas de la sociedad, era una tendencia de moda acunar una piña en tus brazos, antes de regresarla a la mañana siguiente y tratar de justificar ante el arrendador porque no deberías perder tu depósito porque alguien le dio un mordisco.



    Y cuando las piñas pasaron de moda…

    La moda más loca de la era victoriana llevó a oleadas de crímenes, romances ilícitos y hasta una pelea con una tribu apache. Esa locura era… coleccionar helechos. En serio. Los británicos organizarían partidas de caza e irían a grandes aventuras únicamente para satisfacer su pasión por tu ignorada planta de oficina.

    Comenzó cuando Nathaniel Bagshaw Ward inventó un fanal que podía mantener plantas exóticas vivas en la brumosa y vieja Inglaterra. Pronto, su asistente estaba esparciendo rumores de que coleccionar helechos demostraba inteligencia y mejoraba tu, uh… ¿Cuál es el modo delicado de decir esto? ¿La fuerza de tu pito? Sí, creían que los helechos mejoraban la fuerza de tu pito. Allí, seguramente la sensibilidad de nadie fue ofendida por esa frase.

    Después, el vecino de Ward publicó A History of British Ferns, que insistía que, entre muchos otros beneficios, los helechos podían curar la locura. Su campaña de marketing funcionó y los helechos se convirtieron en un símbolo de status.



    Ciertas especies de helechos no nativos podían alcanzar el equivalente victoriano de 1000 libras. Pero nada se comparaba con cazar el helecho salvaje tú mismo. Grandes partidas fueron organizadas y los cazadores de helechos competían por encontrar el espécimen más raro. Tal deporte peligroso naturalmente era perseguido por atletas hardcore dispuestos a morir por el máximo premio: encontrar un maldito helecho en alguna parte. Al menos 2 personas se cayeron de riscos mientras coleccionaban helechos. Los recién casados fanáticos de los helechos John y Sarah Lemmon supuestamente pelearon con indios apaches en su luna de miel, sólo para asegurar un raro tipo de helecho. Pelearon con apaches por una planta. Si alguna vez tenemos hijos, no los amaremos tanto como los británicos amaban a los helechos.

    Usar una máscara aterradora para evitar broncearte, como un sucio plebeyo.

    Si eres rico, el dinero puede comprarte un montón de cosas… un montón de cosas. Pero hay algo esencial que no puede comprar: la libertad de que la gente te confunda accidentalmente con un pobre. En el siglo XVI, esta ansiedad jodió tan horriblemente las mentes de los ricos que pensaron que era mejor lucir como un asesino serial o un monstruo de la dimensión desconocida que como alguien que tiene que ir caminando a comprar su pan.



    Esta es una máscara visard, comprada por damas de clase alta para evitar que contrajeran un horrendo bronceado en sus mejillas blancas como la porcelana… “horrendo” porque en esa época, tener un bronceado o siquiera un indicio de melanina sugería que eras uno de esos horribles pobres que tenían que trabajar afuera todo el día.

    Pero hey, al menos sufrían por esto. Las máscaras estaban hechas de terciopelo, seda y capas de papel prensado, lo que no suena tan mal… hasta que te das cuenta que no había tal cosa como un elástico. ¿Y que la sostenía en su lugar? Pues, el interior de la máscara contenía una cuenta de cristal colgando de un pedazo corto de cuerda. Para asegurar la máscara, la portadora tendría que sostener la cuenta entre sus dientes, así evitándole hacer cualquier cosa aparte de sentarse allí en silencio total. Lo que probablemente era parte de su diseño, para ser honestos.

    Aunque sólo unas pocas máscaras sobreviven hasta el presente, fueron lo bastante populares para que las muñecas de las niñas vinieran con máscaras visard en miniatura como accesorios, para que las pequeñas pudiesen acostumbrarse a sus vidas futuras de silencio total y deformidad casual. Las máscaras estuvieron de moda durante la mayor parte del siglo antes de desaparecer, probablemente después que alguien se preguntara si no estaban siendo un poquito tontos.

    Podías robar antiguos edificios europeos, ladrillo por ladrillo.

    Cuando lo piensas, no es sorpresa que los ricos históricos gustaran de viajar a países distantes y llevarse lo que se les antojara. Así es como terminamos con el tráfico de esclavos, después de todo. Lo que es sorprendente, no obstante, es cuan tonto terminó volviéndose. Caso en cuestión: un montón de magnates estadounidenses del siglo XX solían robar edificios antiguos y enviarlos a casa, para ser reensamblados ladrillo por ladrillo como el más ostentoso set de Legos del mundo. Y también como con los Legos, a veces se aburrían a la mitad y dejaban las piezas por ahí.

    Entre 1914 y 1934, se estima que 20 edificios medievales salieron de Europa y terminaron en Estados Unidos, en locaciones que iban desde Nueva York y San Francisco hasta Milwaukee y Filadelfia. Uno de los ladrones de tumbas más famosos fue el entusiasta de los trineos, destructor de reliquias antiguas y propietario de periódicos mentirosos William Randolph Hearst. En 1926, importó un monasterio del siglo XII, San Bernardo de Claraval, con planes para instalarlo en el Castillo Hearst. Debido a dificultades financieras, no obstante, después abandonó los pedazos (todavía en sus cajas) en una bodega por casi 30 años, antes que alguien les hiciera un Storage Wars e hiciera reensamblar el monasterio en Miami, donde la mayoría de las cosas viejas van a descansar.

    Como el país que fue golpeado más duro por estos robos, España después promulgó varias leyes concebidas para detener a los imbéciles ricos de robar su herencia, pero olvidaron tomar en cuenta el hecho que el dinero es una puñetera droga, amigos. En 1930, Hearst pagó a un vendedor de arte 30,000 dólares para comprar, desensamblar y embarcar otra estructura: el monasterio de Santa María de Ovila. Podrías pensar que comprar monasterios era el modo de Hearst de compensar sus años de ser un total hijo de perra, pero noooo. Quería convertirlo literalmente en una maldita piscina, completa con trampolines (puestos donde solía estar el altar), vestidores y una playa interior.

    Después terminó abandonando este proyecto también, porque era, o sea, William Randolph Worst.

    Última edición por Karakorum; 09/05/2018 a las 00:06

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