¡Hola invitado! Registrate gratis para participar en el foro. ¡No te llevará más de 1 minuto! Comenzar registro »    
Foro


Ir a la portada del foro Inicio Conocimiento Literatura

Destino humano




Historial
Respuestas: 0
Visitas: 101
Temas Similares
Destino ¿Creeis en el destino?¿Se puede cambiar y elegir el destino de cada uno?
Destino Creeis en el destino?
Esclavos del destino. La codicia, ha contaminado las almas de los hombres, a levantado en el mundo barricadas de envidia de rencor, nos ha llevado a la miseria y a la...
Creen en el destino? Pienso que lo unico que esta escrito en la vida es la muerte, si el mundo estuviera escrito no importaria cuanto luchases por cambiarlo por esto me...
Destino El destino, lo escogemos nosotros, inconcientemente o concientemente, terminamos teniendo el mismo destino con el que empezamos algo. La suerte no...




Responder a este tema
Avatar de Ernesto Álvarez

Predeterminado Ernesto Álvarez | 02 feb 2012, 04:52 - Destino humano

Les dejo un cuento que hice hace un mes. Gracias por leer estas líneas.

Ella me dijo que caminara por ahí hasta las cinco y media, que era la hora que regresaba del trabajo. Es curioso ver todo lo que los humanos necesitan para salir a la calle. Tuvo que cepillarse los dientes, tomar una taza de café y ponerse un horrible uniforme. Penélope me dio una camisa y unos jeans de Ricardo para que yo pudiera salir. Pasé toda la mañana en un mismo lugar observando la ropa de los humanos, sus peinados y sus formas de caminar, sin llegar a conclusiones relevantes. Por la tarde empecé a recorrer parques. No sé porqué yo era, junto a un vagabundo, el único que me sentaba solo. A los humanos les da miedo la soledad y hasta dicen que es mala consejera. Obviamente esos humanos temen a sus voces interiores.


Las puertas del cielo se abrieron con un chillido luminoso. La textura del escándalo era casi curiosa. Mi mirada iba al piso y escapaba eventualmente para contemplar los agujeros en las nubes. A través de ellos era visible el abismo, milagro de la perspectiva que empequeñecía mis huellas. En aquella fila, cada ángel iba solo, arrastrando toda la responsabilidad de sus pecados. Aún creo sentir mis alas amarradas y cubiertas en mi espalda, y mis manos esposadas mientras caminaba cabizbajo como la escoria del mundo perfecto.

Hablé con Dios mil veces para que me ayudara, como lo hizo una vez; pero ahora el Paraíso era una democracia, y no se admitía el perdón de un líder autoritario. Él tenía el mismo poder allí que tienes los reyes en España. Los que nos veían salir nos miraban con una mezcla de desagrado y prepotencia, alzando el mentón y girando muy lentamente la cabeza hacia otro lugar. Es curiosa esa sensación de ya no tener nada que perder. Arrastrar toda una vida puede llegar a proporcionar un cómodo estado de reflexión. Todo pasó tan rápido… y descubres que eres casi otra persona que nunca pensaste ser. Tal vez esa identidad me estuvo esperando durante toda mi infinita vida, sin que yo pudiera notarla.

La primera vez que vi a Penélope no pude evitar pensar que estaban mal eso de creer que los humanos son estrictamente inferiores a nosotros. Cuando me mostraron en qué consistía el trabajo de jardinería de nubes, desmoronando a esa imagen artística y suave que la palabra jardinería producía en mi mente, me pregunté si aquella profanación exquisita había valido la pena.
- No pareces un criminal. ¿Tú por qué estás aquí? –le pregunto a Alejandro.
- Probé alcohol.
- ¿Te arrepientes?
- Por supuesto. ¿Tú no? –me tuve que echar a eché a reír ante estas palabras.
- Ni por un momento.

Aquel ángel hablaba como si estuviera orgulloso de sus pecados. Su forma de pensar, casi blasfema, desafiaba toda autoridad. Joel había perdido casi toda la esencia de pureza que fue hace mucho implantada en nosotros.

Alejandro pasaba mucho tiempo lamentándose. Él creía que realmente estaba mal lo que había hecho. La cuestión era que él parecía incapacitado de cuestionar la posición legal de algo que fuera mayor que él.
- Si todos pensaran como nosotros, un día se legalizaría robar o matar. La democracia también puede ser un instrumento de anarquía.
- Eso es lo bueno, que no todos piensan como nosotros. Debe existir la sombra para que exista la luz. A mí no me molesta en lo absoluto ser la sombra.

Mientras mis manos trabajaban, el delirio pujante hacía que mi cabeza retrocediera a aquellos recuerdos por los que volvería ser castigado, de ser necesario. Ella se asustó mucho la primera vez que me vio. Yo tenía prohibido mostrarme, pero tomé prestado (también está prohibido tomar prestado) un transportador del que usan los mensajeros y me le aparecí en el silencio de la noche. Estaba parado en el medio del cuarto, vestido con una de esas ridículas cosas blancas que llevamos los ángeles (ella también), y que los humanos ven como ropa de dormir. Había desplegado mis alas, y la miraba callado y quieto como una gárgola. Quizás ella pensara que aquello era algún tipo de sueño. Luego del susto, tocó una de mis alas, la cual reaccionó inconscientemente en una sacudida.

Las pinceladas de luz desprendidas de la ventana dibujaron la geografía de su rostro, fue en ese momento cuando vi su parte humana. Pensé en correr a la cocina y tomar un cuchillo, pero algo me impidió hacerlo. A lo mejor fue que pensé que sería en vano, pero he llegado a pensar que me detuvo la curiosidad, en el umbral del miedo y el deseo. El frío me mordía la piel. La criatura encogió sus alas para acercarse a mí, mirándome como una persona común a la que hacía mucho conocía. Casi sentí confianza en ella.

Pude descifrar una sonrisa tímida en sus ojos. El ambiente escribió en mi cabeza los ecos difusos de alguna idea. Nuestras miradas cruzadas daban un pasaporte de complicidad a la naturaleza humana de ella y a lo que fuera que tuviera yo en mi alma. Solo allí, como dos vagabundos del destino, noté que llevábamos casi la misma ropa. Mi mente, inocente de prejuicios humanos, no advirtió el peligro de quitármela para comprobar que era como la suya. Ella apartó su mirada rápidamente, con algo de sorpresa y una incomodidad cuestionable. Sentí por primera vez el miedo al desnudo. Desde entonces, cada vez que iba a visitarla tomaba prestada ropa humana de las tendederas.
- Dime, Joel… ¿por qué te vestías como humano?
- Es difícil de explicar, Alejandro. No pude soportar verme de la misma forma que todos ustedes.
- ¿Qué tiene nuestra forma de vestir? Es muy cómoda.
- Pero es visualmente grotesca.
- No importa, todos la usamos por igual.
- Esa es la cuestión, si yo uso una mejor ya llevo la delantera.
- ¿La delantera? Piensas como un humano, conviertes a tu existencia en una rivalidad entre tú y el resto del mundo.
- ¿Qué tiene eso de malo?

Aquella tarde estaba decidido. Había acabado de limpiar una nube negra, dejando caer las lágrimas de aquel monstruo triste sobre La Habana. Había conseguido entre los demás reclusos una afilada daga, que guardaba receloso. Me escondí en una caverna en la nube y me detuve a meditar, como sé que se debe hacer siempre antes de un sacrificio.

Un paño moralista envolvió mi cuerpo con la culpa que me había faltado de toda una vida. Quizás el trabajo limpiara mi conciencia y llegara a ser un ángel respetable, encajando armoniosamente en la sociedad del Paraíso. Mentira, era solo una excusa que mi cabeza fabricaba para acobardarme. Ser perfecto anularía mi identidad. Dicen los humanos que las imperfecciones hacen especiales y únicos a la gente, y por eso todos éramos especiales y únicos. Tomé el puñal y lo encajé con fuerza en una de mis alas. El dolor fue espantoso, pero procuré no gritar para poder concluir mi destino. Retorcí la daga y piqué hasta que el ala comenzó a desprenderse. Luego de un chasquido, sentí en mi delirio que al ala cayó, para altear en el suelo, con algunos de sus nervios aún vivos. Mi piel comenzó a perder brillo y se tornó más seca. Sentí por primera vez el peso de mi cuerpo. Ahora faltaba la otra.
Las palabras de Penélope en mi oído llegaban a mi mente de un lugar entre recuerdos y sueños. Casi me traslado a aquel cuarto iluminado por una luna fantasma, con ella y conmigo bajo las sábanas. Sentí un placer profano en el ensuciar mi alma con una humana, pero era un placer exquisito y único. Vi el verdadero pecado en el arrebatárselo por prejuicio a los ángeles. Si moría en aquella caverna cortando mis alas, prefería quedar por siempre perdido en ese recuerdo, en la Tierra, pero sintiéndome mejor que en el mismísimo cielo, viviéndolo eternamente al borde del abismo. La mordida juguetona, el giro, la risa, el calor, la noche, los ruidos, lo prohibido, la piel, la euforia, su olor, el camino de besos, sus pétalos, la gloria, el vuelo…

Me levanté del suelo. Había anochecido. Corté suavemente la superficie de la segunda ala, bordeándola lenta y dolorosamente hasta llegar al hueso. Si hubiera tenido más fuerza o más valor me la hubiera arrancado como la primera. Solo se me ocurrió golpearla con las paredes para quebrarla, pero recordé que eran de nubes. Tiré el cuchillo, la agarré bien fuerte y la jalé hacia abajo salvajemente. Cayó por fin. Me retorcí en el piso rodeado de mi propia sangre, que ahora era sangre humana.

Alejandro casi no me reconoce. Le expliqué todo como pude. Lo último que debía hacer era escapar de aquella nube, y le rogué que me ayudara. Primero tuvo una expresión de desprecio y negación, pero luego bajó su cabeza, haciéndose el que iba a pensarlo, yo conozco esa mirada de quien ya ha decidido, pero teme equivocarse. Me ayudó a levantarme y sin decir otra palabra me dijo que me aguantara. Nos escabullimos entre las sombras y bajamos lentamente guarecidos por la oscuridad. Le agradecí en todos los idiomas que sabía y le desee buena suerte mirando a sus ojos, esperando que él me dijera lo mismo.

Yo estaba sola en la casa. Ricardo, mi hermano, se había acabado de ir a cumplir misión. Me acompañaba el ruido del ventilador y el sonido del tránsito noctámbulo. Otras veces eso era suficiente para dormir, pero no esa noche. Mis pies quedaban al descubierto, recibiendo la mayor parte del aire fresco mientras mi cabeza se escondía entre las sábanas como un capullo de araña.

Se levantó casi de un salto al sentir aquel ruido en el cuarto. Allí estaba yo… en la oscuridad, muerto de miedo y engurruñado en un rincón hospitalario. Era una criatura lánguida y fantasmagórica mirándola de reojo. Dos protuberancias en mi espalda aún sangraban.
- ¿Eres tú?

Cubrió mi cuerpo con una sábana y me sentó en su cama. Notó rápidamente que ya no era un ángel. Me besó más como una madre que como una amante, me dijo que me bañara y fue a buscarme algo de comer.

Hasta cierto punto, todo el tiempo que había pasado con él lo había encerrado en una parte de mi cerebro, como un sueño, para evitar todas las complicaciones que supondrían una realidad tan increíble; pero ahora el ángel estaba en mi cama convertido en un hombre de carne y hueso, muerto de frío. ¿Qué pasaría al llegar la mañana? No tenía idea.

Aunque Penélope tenía trabajo al otro día, pasamos la madrugada despiertos, hablando de cosas que el viento se lleva. Me tendría que acostumbrar. Con el inicio del día tendría que observar mejor a los humanos, ya que sería parte de ellos. Un miedo terrible atravesó mi mente: ahora también sería parte de otra sociedad y debía encajar en ella. ¿Debería yo buscar trabajo? ¿Me darían uno de esos uniformes?

Amaneció. Sentí un rocío de luz dorada arrebatarme unos minutos más de sueño, solo compensados por unos susurros de ángel que correteaban por mi oído y se zambullían en mi boca convertidos en un beso. Me senté lentamente en la cama. Era por completo diferente el estar en un cuerpo mortal, como un Adán recién esculpido, sabiendo que mi piel se marchitaría lentamente hasta morir. Estaba solo en aquella habitación, con el consuelo del ruido de los pasos apurados de Penélope por algún lugar de la casa.

Le dije que caminara por ahí hasta las cinco y media, que era la hora a la que yo regresaba del trabajo. Aún no podía creer que mientras me tomaba una taza de café, me cepillaba los dientes o me cambiaba de ropa, desgarrando aquella rutina mecanizada, estaba en mi cama aquella criatura de ojos humanos y voz oscura. Antes de irme le dejé una camisa y unos jeans de Ricardo para que pudiera salir.



Última edición por Ernesto Álvarez; 02 feb 2012 a las 04:55
  Responder citando
Responder a este tema
Herramientas
Desplegado



Foro de Literatura Más temas en el foro de Literatura

¿Te gusta escribir? Publica tus obras. ¿Qué libro estás leyendo actualmente? Puedes comentar sobre literatura, libros y autores. Entra ahora!



La franja horaria es GMT. Ahora son las 15:10. SEO by vBSEO ©2009, Crawlability, Inc.