Él y ella en mi mente.
Él y ella se besan en el anochecer junto a la arena ardiente de sus cuerpos de invierno, abrigándose entre sí tan plenamente cual uno sólo, en plena tormenta y lluvia incesante de lágrimas de sal de tanta alegría agridulce a raíz del viaje que le espera a uno de los dos sedientos aún por la sequía de sus labios acaramelados con miel infinita como la noche que no se enciende aunque sí la pasión perenne e inmortal cual primavera de ella y otoño de él. Brillantes, sus bolitas cristalinas donde residen relámpagos de incertidumbre por lo que se les avecina; tinta y espera junto a la hoguera que calienta, o enfría, la soledad de ella junto a los retratos de él. En un baúl de madera sobre hierro, él, al que le teme su patria de afecto cuando le alcanzan los ayeres tan de repente, acurrucándose como la piel a los sesenta años y los recuerdos al otoñal olvido; años después. Así permanecen esperando y esperando en lo más lejano y recóndito espacio de mi risueña y quijotesca mente tan extravagante que hoy la descifro ante vosotros, en esta noche, en esta misma noche aunque sin la pasión de aquellos roces de labios y la rabia sana de aquellos sedosos de alma; primaveral, una; otoñal, otra.
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