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Salí al alba de la noche blanca únicamente para encontrarte. Hallaba algo de ti en cada rostro que me pasaba por al lado, algo de tu perfume en cada mejilla que me saludaba. Era extraño, porque a pesar de que te elevaba a un lugar inalcanzable de mi mente, y que la misma te convertía en una criatura completamente diferente y ajena al resto del universo, podías introducirte en cada ser que te apeteciera tan solo para recordarme que existías, y que era posible que esa noche fueras mía.
El salón era suficientemente inmenso como para disolver la luz de tu voz, y dejarme a ciegas guardando aquel beso en mis labios; aquel beso que esperaba ser devuelto en un instante vitalicio, amparado por ese destino literario que solamente la noche conoce. No había probado una gota de alcohol ni me había detenido siquiera a reseñarme las pinceladas de cualquier cuadro grotesco de la galería. Mis manos brotaban haciendo espacio entre la masa parlanchina cuando vi tu figura frente a una enorme pintura surrealista. Las voces poco a poco se nublaron para dejar a mis ojos disfrutar de cómo, lentamente, tu cabeza giraba hacia mí.
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