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Hoy es un día depresivo
Hoy es un día depresivo
Se fue dejándome sentado en la banca del parque y ni un adiós ni un me voy y sólo levantó su mochila del pasto y se fue, ni siquiera volteó, se alejó entre la pesada bruma de las ilusiones perdidas, que se empezaban a formar en torno mío. Cruzó la calle esa que divide la incomodidad del parque y las casas que estaban vestidas de silencio y que fueron las únicas testigos de mi desazón. Y cuanto menos lo pensaba más me dolía y no pude voltear a mirarla o a seguirla, tomándola del hombre decirle que se detenga, mis intenciones no eran esas, el silencio, fue el silencio el que nos inundó y nos ahogó, tú naufragaste en tu nave de decepción o tal ves te fuiste por lo que no dije, te fuiste por lo que callé, y nunca te lo dije, pero en ese momento tú también me hiciste olvidar todo y me hiciste pensar en nada, en el vacío de tus manos sobre las mías, jugando a tocarse, como si tiernas ellas nunca hubiesen tocado nada, y me duele que te vallas sin decirme nada. Y se fue caminando con una posible sonrisa náufraga en su boca o con un presidiario llanto entre sus ojos, pero se fue y ni volteó, se fue.
Yo temeroso del resultado, como te digo, tampoco la seguí. Tuve que haberla seguido, alcanzarla, decirle eso que no le dije, pero mi estúpido orgullo me inmovilizó en la banca esa que estaba helada y, para integrarse al resto del imposible escenario, también era incomodísima. Luego me quedé sentado, resistiendo el implacable frío de banca helada y de corazón, pensando en su espalda al irse, su andar, su mochila azul, y ni me moví. Recuerdo únicamente verme caminando por la calle con un odio indomable horas después y que era de noche y que el frío ese se perpetuó y que se entraba por mis huesos y temblaba; la calle, iluminadísima, se extendía por el resto de la ciudad y ni se atrevía a mostrarme el camino, yo rodaba, no caminaba, me dejaba arrastrar por el tumulto de infames transeúntes y de bocinazos. Y los ojos clavados en el piso y el pensamiento en ese momento, el momento en el que calló y luego se levantó y ni me dijo nada, se fue. Me era imposible pensar, todo mi ser estaba en ese preciso momento, cada movimiento quedó grabado en mí como una película en un CD, y las personas y las combis, los ticos, los árboles, todo sobre mí, inmensamente pesado se posaban sobre mi agobiado cuerpo y no me decían nada, sólo eran una carga indomable y con su horrible peso me decían tantas cosas.
La noche pasó, yo no sé cómo pero llegué a mi cama y recuerdo despertar sin sobresaltos como si la frialdad de aquella espalda hubiese robado mi alma y despertaba yo a lo largo de la noche y miraba el techo y no hacía nada, miraba el estante de mis libros y el escritorio y no podría haber estado más asustado de mí mismo, no sabía qué era lo que estaba haciendo exactamente. Luego, quizás por cansancio, dormía volviendo a despertar horas más tarde hasta que recuerdo que cuando volví a abrir los ojos me encontré con la luz del alba y entendí que ya debía de levantarme, intentar hablar con alguien, bañarme y partir raudo al colegio, pero algo, una fuerza extraordinaria, imperceptible como un susurro me llamaban a asomarme por el vano de la ventana. Lo hice, miré como indicado por una luz y la vi caminando por la calle, de nuevo mi alma gritó desde mi cuerpo y me sentí tan humano que me daba asco.
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