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Era imposible descifrar la edad de aquella mujer que se sentaba invariablemente en la esquina solitaria del bar, creería que tuviera sesenta y cinco como mismo no me extrañarían unos cuarenta. Era seguro sin embargo que la madurez e inteligencia (que tan pocas veces van de la mano) estaban en el brillo de sus ojos. Las rebeldes arrugas, pocas y a la vez acentuadas, daban un carácter fuerte, respaldado por la gracia con que fumaba, que sólo se alcanza con años y años de envenenamiento del cuerpo o purificación del alma. Un blanco lunar de cabello llegaba a parecer un complemento de la ropa negra y blanca con que vestía. No llevaba otra prenda importante: nada de relojes, aretes, colgantes o pulseras. Siempre tenía un trago sin hielo, que consumía lentamente mientras analizaba a todo el que estuviera en el bar.
Muchos se preguntaron si aquella figura, que rara vez abría la boca, y que era temida o respetada por los clientes, conocía ya, después de tantos años, las historias de todo el mundo. Lo más cerca que estuvo un desconocido de relacionarse con ella pasó hace tiempo. Ella se marchaba del lugar a pasos cortos y rápidos cuando fue detenida por un muchacho. Se viró con una majestuosidad atemorizante. Era más alta de lo que parecía. El bar completo quedó en silencio. El joven olvidó todas las preguntas y respuestas que había ensayado en secreto y se limitó, muerto de miedo, a pedirle fuego. Ella accedió con una disimulada sonrisa en sus ojos y se retiró.
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