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MarianneEl traqueteo del tren se hacía insoportable, y la respiración de Marianne era cada vez más irregular. Luchaba por hacerse un espacio entre aquella multitud, pero todos estaban enlatados, sin hueco ni para respirar. Las contracciones cada vez eran más ... |
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El traqueteo del tren se hacía insoportable, y la respiración de Marianne era cada vez más irregular. Luchaba por hacerse un espacio entre aquella multitud, pero todos estaban enlatados, sin hueco ni para respirar.
Las contracciones cada vez eran más seguidas, y el dolor más agudo. A pesar de ello, Marianne luchaba por mantener la calma y por no desmayarse. Y rompió aguas. Cogió fuertemente a su marido de la mano y le dijo al oído: - Cariño, la niña viene. Su marido se mostró sereno, tranquilo, algo muy sorprendente en el contexto que estaban viviendo. Avisó a las pesonas de alrededor, y todos intentaron dejar espacio para que Marianne se tumbara en el suelo. Alguien le facilitó unas chaquetas sobre las que apoyarse, y unos cuantos paños para envolver al bebé. Resultó que, entre aquella multitud, había dos comadronas, que ayudaron a que el parto de la mujer fuera lo menos doloroso posible. La niña pareció entender aquella prisa que tenía su madre en que naciera. Sabía que en cuanto llegara al campo la matarían. Las mujeres embarazadas eran un estorbo para ellos. De esta manera, con la niña fuera, aún había alguna posibilidad de que esta se mantuviera con vida. Liaron a la niña con los trapos, y las comadronas se encargaron de cortar la hemorragia de la madre. Cuando esta expuló la placenta, una de las comadronas observó que le faltaba una parte. Se había quedado dentro, y no había medios quirúrgicos para extraerle el trozo. Ambas comadronas se miraron resignadas. Marianne no viviría mucho tiempo más. Esta, que observó las caras de tristeza y rabia de las comadronas, supo enseguida, sin necesidad de palabra alguna, que su vida estaba terminando. Pero aún tenía algo muy importante que hacer, algo por lo que se la reconocería años después como una valiente luchadora. Su hija debía vivir. Poco después, el tren interrumpió su tenebrosa marcha, y las puertas se abrieron. Marianne quiso ser invisible o, mejor aún, quiso que su hija fuera invisible. Ahora no importaba nada más que asegurar la vida de su bebé. El marido intentaba vagamente protegerlas, pero sabía que no le iba a servir de nada. Los nazis no tienen sentimientos. Bajaron apresuradamente del tren, acobardados por los gritos grotescos del general. Marianne acunaba a su niña fuertemente en sus brazos, y le susurraba una canción de cuna, la primera y última canción que la niña oiría en boca de su madre. El general volvió la vista hacia ella y vio al bebé, tranquilo por el cobijo de su madre. Se acercó a ella y le miró a los ojos. Marianne sostuvo la mirada, desafiante y guardando la compostura, aunque empezaba a sentir mareos, y las piernas comenzaban a fallarle. El general dijo algunas palabras casi para él, que Marianne no alcanzó a escuchar, pero que intuyó. La mujer de este no podía tener hijos. Con una conversación visual, ambos se entendieron a la perfección. El general cogió con sus brazos a la pequeña niña y mandó a otro hombre para que le sustituyera. Marianne miró un segundo más al general, con una sonrisa en la boca, y observó cómo este se alejaba lentamente. Cuando ya la figura del general había desaparecido, Marianne suspiró. Lo había conseguido. Segundos más tarde, falleció. |
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