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Fecha de Ingreso: julio-2008
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Oscuro (Cuento)
Abre los ojos y la imagen no cambia. El negro es total, ni una puta luz. Se lleva las manos a la cara, la capucha ya no está pero las marcas siguen ahí y es la oscuridad total lo que le impide ver. Eleva, la ciega mirada al lugar donde estaría el techo, con rápidas cabeceadas busca un punto de referencia, derecha e izquierda, delante y detrás y se encuentra con la misma nada. El cuerpo le tiembla y no es el frío, ni el hecho de estar desnudo. De lejos llegan ruidos ahogados en alguna suerte de dolor, respira por la boca, la nariz es un cúmulo de golpes que le impiden hasta sangrar y su respiración, los aullidos sordos que llegan a la celda y el corazón latiéndole en los oídos es lo único que se escucha en ese hueco olvidado por Dios.
Como si de magia se tratase, la pierna buena no le falla esta vez y logra ponerse de pie, la pared le sirve de punto de apoyo. Recorre con las manos la fría piedra. La pierna falla y cae sobre la pierna mala y a pesar de la soledad y la falta de luz, trata de callar su dolor y pelea por borrar la mueca con la que su cara denota la caída y cada golpe recibido desde ya no sabe cuando. El cuerpo no le responde, tanto castigo, el tiempo olvidado y la falta de comida, empiezan a hacer mella. Su apariencia cadavérica busca un poco de descanso, el frío del suelo aminora los latidos de las heridas, al punto que encuentra agradable intentar invocar un poco de sueño con la jeta contra el suelo.
El aroma de una cena de año nuevo, una puerta que se abre y tres tipos que atraviesan el living con armas largas apuntando a los comensales. Él no entiende, ella sabe que se trata de un error y la más joven de la mesa, con sus ocho años, rompe en llanto, inmóvil, sin siquiera poder buscar cobijo en los brazos de su madre. Todos terminan en el suelo, mirando fijo la alfombra: ella trata de decir algo y una patada en las costillas trastoca todo; en un acto de valentía o un intento de protección sofocado por un culatazo en la boca, él queda mirando el techo. Un nombre demasiado parecido a algún otro o alguno que se quebró y tiro mierda a cualquier parte. Una capucha y la oscuridad. Algunos golpes, un baúl, un coche que se dirige a ningún lado o directo al infierno. Las palizas, las preguntas. Las heridas mal curadas con saliva, el frío y el hambre. El cuerpo rendido y la esperanza boluda de que pronto alguien se de cuenta que detrás de todo esto, hay un error.
El sonido sordo de una luz que falla antes de prenderse y un hilo de luz, delatan la puerta. Se sobresalta, intenta pararse y cae de nuevo, se arrastra lo mas lejos que puede de la luz, se encuentra con la pared, quizás demasiado rápido o demasiado cerca, un hilo de sangre le empieza a correr desde los labios, ya demasiado heridos como para aguantar indemnes, los dientes que se clavan. Tanteando la pared, busca el punto mas alejado. Cuando llega a la intersección se acurruca todo lo que puede, inconscientemente trata de esconderse pero en la celda desnuda no hay forma. Los pasos acercándose vienen por él.
Por cada paso un nuevo estertor, siente sus pulmones desgarrándose, cada herida empieza a latir, se le resquebrajan las uñas clavándose en la pared. La sombra de dos pies tras la puerta le llevan las pulsaciones a un nivel en el que tranquilamente podría vomitar el corazón. La llave en la puerta y las piernas pierden la fuerza, dejándolo de rodillas. La puerta se abre y la luz que entra le ciega el único ojo que puede abrir por la mitad. Todo se aclara y solo ve un dibujo de su celda y la sombra de quien viene por él. El temblor alcanza los niveles de una convulsión, mientras una lagrima le surca la cara, ya violeta por los golpes recibidos.
El hombre entra, habla sin que el llanto y las súplicas lo afecten, se acerca y arremete con lo que será la última paliza.
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