ALFA ROMEO.





Efectivamente. A un sarraceno, para más señas. Pero antes de llegar a su porqué, conviene atender a la historia de Alfa Romeo. Resulta curioso que la industria orgullo de Italia diera sus primeros pasos en Francia, fruto de la asociación del aristócrata milanés Cavaliere Ugo Stella con la compañía francesa Darracq, en 1910. Esa sociedad fracasó, Stella decidió trasladar su compañía a Italia y rebautizarla con el nombre Anónima Lombarda Fabbrica Automobili, ALFA. Su famoso logotipo es obra del dibujante Romano Cattaneo, quien recibió el encargo de acercar la firma a Italia. Una mañana, esperando al tranvía en la Piazza Castello, en Milán, quedó absorto con el escudo de armas de la familia Viconti, en el que se representa a una culebra devorando a un hombre, símbolo de la victoria de los cristianos sobre los musulmanes en las Cruzadas. Este emblema, combinado con la bandera de Milán, fue suficiente para que los italianos entendieran a Alfa Romeo como una industria 100% italiana.


ASTON MARTIN.





Tal vez James Bond no lo sepa, pero el logotipo de sus famosos coches está más vinculado a Cleopatra que a Su Graciosa Majestad. Su primer logo data de 1927, cuando el famoso piloto Sammy Davis, miembro fundador del Club de Propietarios de Aston Martin, dibujó el diseño en el que se inspira el emblema actual. Pudiera parecer que Davis utilizó unas alas para evocar velocidad o ligereza, pero no es así: el corredor era un enamorado de la egiptología y esas alas se inspiran en las representaciones egipcias de los escarabajos voladores, símbolo de la resurrección.


MERCEDES.





Curioso es, para empezar, el origen del nombre de la marca. En 1901, el diplomático austrohúngaro Emil Jellinek encargó a la empresa Daimler (precursora de Mercedes) la fabricación de un coche que pudiera superar los 40 km/h. Cuando el modelo comenzó a hacerse popular, alguien preguntó a Jellinek por su nombre y, al darse cuenta de que no sabía qué decir, llamó a su hija de diez años: “¡¡Mercedes!!”. Los que le rodeaban aplaudieron ese nombre y el diplomático, encantado con la confusión, no deshizo el malentendido. En cuanto al logotipo, su estrella simboliza la pretensión de dominar los tres elementos: tierra, mar y aire.


VOLVO.





La palabra “volvo” proviene del latín y significa “yo ruedo”. Hasta aquí, todo bien. Pero muchos colectivos a lo largo de los años han querido denunciar un machismo oculto en su logotipo, que representa al símbolo de la masculinidad, el escudo y la flecha. Nada más lejos: el emblema de Volvo está más relacionado con la mitología clásica que con las cuestiones de género y, de hecho, lo que se pretendió plasmar fue la representación de Marte, dios de la guerra y símbolo de fuerza y resistencia, además del hierro, material clásico en sus procesos de producción de vehículos.


OPEL.





La industria Opel comenzó fabricando máquinas de coser allá por 1862. El paso de los años la llevó a dedicarse a las bicicletas y a incorporar a su logotipo la palabra “blitz”, que significa rayo en alemán. Más tarde, en 1937, adoptó por primera vez la forma de círculo atravesado, pero no precisamente por un rayo, sino por un zeppelín, símbolo de innovación en la época. Más tarde, ese zeppelín fue transformándose en el rayo que hoy conocemos, volviendo a su esencia pero representando el paso de los años y la evolución de la industria, en la que los globos aerostáticos ya habían perdido su halo de modernidad.


PEUGEOT.





La industria francesa es una de las pocas que se ha mantenido siempre unida a un mismo elemento en su logotipo a lo largo de toda su historia. Desde 1847, cuando la industria Peugeot fabricaba hojas de sierra, el emblema de la marca ha sido siempre un león. Y responde a la máxima de “si no está roto, no lo arregles”. El león comenzó representando a esas sierras, puesto que eran resistentes como sus dientes, flexibles como su espinazo y rápidas como el animal. Justamente las mismas características que pretendieron luego aplicar a sus coches.


ROLLS-ROYCE.





No es exactamente la historia de su logotipo, pero sí de su mayor emblema: su elegante estatuilla. Lord Motague, el editor de la prestigiosa revista The Car, encargó al escultor Silver Ghost la creación de un adorno para su exclusivo Rolls-Royce. Ghost, conocedor del idilio que el Lord mantenía con su secretaria, decidió utilizar como modelo al amor secreto de su amigo. El resultado fue la pequeña escultura a la que llamó 'El susurro' y que, desde 1911, fue adoptada por Rolls-Royce como adorno oficial y rebautizada como 'Espíritu del éxtasis'. Una suerte de “Maja vestida” de la industria del automóvil, símbolo de la pasión prohibida.