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Anécdotas de la Revolución Mexicana

Pepe Tequila

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Desde mi Buhardilla
ANÉCDOTAS INSÓLITAS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA…

¡LA HISTORIA DEL CHINO JUAN Y DE OTROS PERSONAJES DE LA HISTORIA!



En torno de nuestra Revolución Mexicana se tejen muchas historias que no aparecen en los libros de texto, pero que son muy interesantes conocer.

Veamos algunas de ellas…



EL CHINO ‘JUAN’



En 191, en Mazatlán Sinaloa, la ciudad estaba sitiada por las fuerzas revolucionarias al mando del Centauro del Norte, Pancho Villa y sus Dorados.

Las tropas federales estaban apostadas dentro de la ciudad. Habían llegado en un barco de guerra, ya que Mazatlán es una ciudad-puerto.

La mayoría de las tiendas de abarrotes estaban en manos de gente de origen chino.

Estos orientales se encerraron a piedra y lodo en sus negocios para que no fueran saqueados por los ciudadanos mazatlecos que ya mostraban los duros embates del hambre por la escasez de alimento.

Únicamente un chino que amaba tanto a México (Al grado que cambió oficialmente su nombre Lou Yang por Juan), fue quien desinteresadamente y de todo corazón, apoyó a la gente.

Tenía quince años de haber llegado, e incluso se casó con una mexicana y tenía tres hijitos.

La gente lo conocía como el ‘chino Juan’, y él tuvo abierto su negocio de abarrotes, incluso hasta regalo mercancía a la gente mas necesitada.

Cuando la División del Norte pudo replegar al ejercito y empezaron a matar a los pelones, (Así se les conocía a los soldados por llevar el pelo al ras), los revolucionarios empezaron a matar a todos los chinos que habían mostrado egoísmo por el pueblo.

Los sacaron a las calles y los fueron fusilando, hasta que llegaron a la casa del ‘chino Juan’, y lo arrastraron a la calle junto con su esposa y sus hijos.

Y cuando estuvieron a punto de despojarlo de su vida, toda la gente abogó por su alma y dijeron que fue el único que demostró tener amor a su prójimo.

Los revolucionarios, rudos hombres del vulgo, de pocos estudios pero con gran corazón, eximieron a Juan de la sentencia de muerte y lo dejaron vivir.

Esa es la historia del ‘chino Juan’, quien dejo huella en la historia de Mazatlán y quien además fue el que inventó el ya casi desaparecido ‘pilón’, que antes se daba a los clientes en las tienditas…



DE LEONES A LIEBRES



En 1911, un general apellidado Quintanilla era el jefe zapatista de una importante plaza de Toluca.

Le dijeron que en El Oro, ubicado a unas horas de ahí, estaban los carrancistas, por lo que ordenó a sus huestes se alistaran para la lucha.

Se dirigieron a tratar de recuperar la ciudad…

Frente a su tropa, antes de acercarse al enemigo, los reunió y les dijo:

‘Muchachos, estamos en las afueras de El Oro y vamos a ocuparlo a sangre y ‘juego’. Ahí hay mucha plata y las minas las vamos a trabajar nosotros pa’la Revolución y mandarle dinero a mi general Zapata.

‘Háganse leones muchachos, háganse leones. Es lo que pide su general. Háganse leones, ataquemos’.

Los soldados fueron avanzando pero empezaron a recibir el fuego del enemigo.

El general Quintanilla se volvió a su asistente y le dijo: ‘Vamos a ver, muchacho no nos engañen las apreciaciones distantes, a ver, dame los ‘brújulos’. (Los binoculares que su asistente había adquirido en la toma de una ciudad).

Provisto de los prismáticos, Quintanilla se puso a observar. Sus hombres lo veían deseosos de que él les explicara a qué se debía que los recibieran a tiros.

Después de unos minutos de estar observando el general creyó que los números de la serie que tenían los binoculares en el aro que sostiene los cristales, era un apunte del número de hombres que estaban posesionados de la plaza.

Alarmado, pues la marca era 14,007 volteó a ver a sus hombres y al tiempo que pegaba veloz carrera para huir del peligro, gritó:

‘¡Son catorce mil siete los Carrancistas! ¡Lo acabo de descubrir con mis ‘brújulos’! ¡Vámonos... vuélvanse liebres...!’


¡LOS REBELDES INYECTORES!



Un general carrancista apellidado Caballero, estaba en Tamaulipas y ordenó que sus hombres se subieran rápidamente en un tren para ir a atacar al ejército del general Antonio Rábago, un aguerrido jefe federal que se encontraba defendiendo Ciudad Victoria.

Rábago, que tenía fama de ser el mejor general de caballería de sus tiempos, salió a combatir a los revolucionarios y derrotó a las tropas avanzadas de Caballero en forma terrible, no dejando vivo a uno solo de sus hombres.

Al ver eso, Caballero ordenó que retrocediera el tren para escapar de la furia de su adversario, pero por más que el maquinista quiso, la locomotora no se movía.

Muy indignado porque pensó que lo estaban desobedeciendo, ordenó que trajeran a su presencia al maquinista y le dijo:

‘¿Por qué no camina ésta máquina? ¡Lo voy a mandar fusilar a usted!

A lo que él dijo: ‘¡Señor, yo no tengo la culpa! ¡Los inyectores...!’

Furioso, Caballero esbozó una cruel sonrisa y dijo: ‘¡Ah, son los inyectores! ¡Pues que una escolta baje a ésos y que los fusilen inmediatamente!’…
 

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