Pasé una Noche en una Casa de Espantos

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UNA EXPERIENCIA INQUIETANTE…

¡PASÉ UNA NOCHE EN UNA CASA DE ESPANTOS!

Soy José, mejor conocido como Pepe Tequila. Soy reportero de una editorial. Lo que viví la noche del martes de la semana pasada en una casona que está ubicada en la colonia Lorenzo Boturini, en la Ciudad de México fue algo desconcertante. Ahí sucedieron cosas interesantes… ¡Mis compañeros y yo, no dormimos en toda la noche!

Mi jefe me encomendó investigar y realizar un detallado reportaje acerca de ese lugar abandonado y de las almas en pena que dicen que merodean por ahí.

Al principio como que ‘algo’ en mi interior me decía que no lo hiciera, pero la experiencia se antojaba mucho por los hechos inexplicables que podría encontrar en la casona y por la emoción a lo desconocido y sobrenatural. Decidido, le dije que si.

Llegamos como a las siete de la noche, pero no pudimos entrar sino hasta las ocho y media, mientras llegaba Ramiro, uno de mis ayudantes.

Ramiro fue a una oficina del gobierno a recoger el papel legal del Ministerio Público donde se nos autorizaba entrar a la casa abandonada.

Ya con la orden, nos presentamos ante la casona y quitamos con mucho cuidado las viejas maderas que tapaban la entrada, y abrimos la puerta.

Los vecinos nos decían que estábamos locos e incluso una anciana me regaló un escapulario que decía que estaba bendito y que me iba a proteger.

Mis demás ayudantes metieron todo el equipo al interior.

Encendimos las lámparas en una sala polvosa y muy antigua y las cortinas obscuras y entelarañadas tapaban las ventanas.

Aquello estaba muy oscuro y no pudimos evitar sentirnos nerviosos ante ésa perspectiva.

Ya que habíamos entrado, cerramos la puerta detrás de nosotros… Nuestro mundo cotidiano se había quedado atrás y enfrente estaba otro mundo, uno sobrenatural y muy misterioso.

Olía a mucha humedad, a lugar viejo y encerrado…

Empezamos a armar todo el equipo para poder registrar psicofonías, para tomar fotos, grabaciones, en fin.

Estando instalados, Norma, la única chica del equipo, que es la hija de don Roberto, uno de mis fotógrafos, preparó café en una parrilla de baterías que llevábamos.

Ella, su padre y otro amigo llamado Silvio, se quedaron preparando el café y el equipo, mientras que Ramiro, Julián, y yo, nos dedicamos a recorrer la casa.

Estaba llena de telarañas, olía a humedad y como a orines de gato… ¡Pero no se veía ningún gato por ahí!

Entramos a una amplia recámara, en la cual, en las paredes, se caía en pedazos el caliche y una cama de bronce opaco estaba en un rincón.

Vi una palangana de peltre y unas tres cajas de madera en otro rincón. El polvo acumulado era tal, que fácilmente se podía recoger a puños.

La aguja del termómetro que llevaba en la mano, marcaba una temperatura ambiente de 23 grados centígrados.

En el cuarto contiguo había un baño que tenía los mosaicos mugrientos y la aguja se disparó a los 28 o 29 grados… ¡Hacía calor ahí adentro!

Había una tina grande para bañarse que estaba muy sucia, y con un cochambre que parecía sangre seca.

Luego pasamos por un pasillo y había 3 puertas.

Abrimos la primera y adentro se encontraban muchos maniquíes antiguos. Se veía que en ese lugar la gente guardaba ropa para un negocio.

En la segunda puerta había mucho polvo y olía muy feo, como a carne descompuesta, pero no vimos nada pudriéndose.

Al alumbrar al interior, nos percatamos de que era una biblioteca muy desordenada.

Al detectar el olor, nos pusimos unas caretas como las que les ponen a los enfermos para darles oxígeno, ya que también detecté el olor de guano de murciélago y las esporas de éste, hacen mucho daño.

Cerramos la habitación y el tercer cuarto nos condujo a una estancia que era como una gran sala, llena de sillones... ¡Y hacía mucho frío ahí!


(Sigue el relato más abajo)...
 
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La aguja marcó 7 grados centígrados. Conforme entramos más (Creo que medía la sala como unos 30 metros de largo), hacía más frío.

Julián, uno de los muchachos que estaban a mi lado, dijo que había escuchado un quejido de mujer, pero yo no oí nada, ni Ramiro tampoco.

Y nos dijo: “¡Ahí está otra vez, escuchen!”.

Tampoco oímos nada... Dejé una grabadora especial para psicofonías y salimos de la estancia.

¡Entonces fue cuando vi la luz! Todo sucedió rápido… Mis dos amigos retrocedieron y vimos una especie de llamita que era del tamaño de una naranja, que salió como del techo, recorrió el pasillo y se perdió en la oscuridad.

Era como una pequeña centella amarilla y se alejó tan rápido que duró solo unos segundos.

Mis amigos me suplicaron para que regresáramos con los demás y de momento ya no entré a los demás cuartos.

Les prohibí estrictamente que no dijeran alguna palabra de esto para no asustar a los demás.

Ya estando reunidos todos, tomamos café, unos sándwiches de pollo con queso y platicamos casi una hora en voz muy baja, ya que en los otros cuartos el equipo que instalamos, ya estaba haciendo su labor.

Ramiro y Julián, los muchachos que me habían acompañado se quedaron en la sala, según cuidando el equipo junto con don Roberto, el fotógrafo de 57 años de edad.

No los culpo que tuvieran mucho miedo… Y Norma, Silvio, y yo, empezamos a recorrer el resto de la casa, o más bien, de la casona.

En los demás cuartos nos encontramos con lo mismo: Polvo, humedad, olor a encerrado…

Entonces fue cuando llegamos hasta una enorme escalera de caracol. Me llamó la atención un cuadro que estaba en una pared donde se veía un paisaje de los Alpes suizos, pero la tela tenía como navajazos.

Le dije a Silvio que era raro que la tela estuviera así, cuando de pronto, Norma pegó un fuerte grito que me espantó mucho, ya que hasta me hizo saltar.

Volteamos a verla y ella estaba aterrada... Me abrazó y de los nervios clavó sus uñas en mis brazos.

Yo la saqué de ese lugar y la llevé con todos los demás.

Norma lloraba mucho, estaba temblando llena de pavor, y no podía articular palabra alguna.

Entonces, después de que le dimos café, todavía en shock y con los labios temblando, me dijo que había visto a una señora, a una mujer vestida de blanco que iba subiendo la escalera.

Cuando la vio, quiso hablarnos pero se quedó quieta, como petrificada, mientras que nosotros hacíamos comentarios acerca del cuadro que acabo de mencionar.

Y me dijo que en eso volteó la mujer y que vio un rostro tan blanco y que no tenía ojos, ya que se le veían las cuencas negras.

Gritó con todas sus fuerzas y cuando volteamos nosotros a verla, en la escalera no había ya nada…

Los muchachos se pusieron muy nerviosos y les dije que en estos momentos iba a ver la famosa escalera, pero nadie quiso ir, y solo me acompañó don Roberto, el papá de la chica.

Llegamos a donde estaba la escalera… Subimos y bajamos varias veces, y no vimos nada.

Don Roberto y yo fuimos recorriendo el resto de la casa. En un recinto donde había muchas cajas que estaban apiladas, a lo lejos vimos algo de luz, pero cuando nos acercamos, esa luz se apagó. Era una luz tenue como cuando encendemos un cerillo.

Lo que sí escuché claramente fue un gruñido muy leve, como el emitido por un perro cuando un extraño se le acerca.

Dejé ahí mi grabadora de bolsillo grabando el ambiente y regresamos con los demás. Para eso, ya era la una y media de la mañana.

Tuve qué quitarles los smartphones a todos los muchachos, ya que con sus llamadas (entiendo que hablaban para darse valor) podían interferir en los registros que estábamos tomando con los aparatos.

Todo estaba quieto, monótonamente quieto. Los chicos y Norma se calmaron y pronto platicábamos en voz muy baja.

Como a las dos y media de la mañana, a Norma le dieron ganas de ir al baño, pero no quiso ir sola, por lo que su papá y yo la acompañamos.


(Sigue el relato más abajo)...
 
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Ella entró con su padre al baño y obviamente yo me quedé afuera… Pronto, tuve a todos los demás a mi lado y me dijeron que habían visto unas sombras que se deslizaban por la pared.

El caso es que en toda la noche yo no vi nada, más que la luz que he comentado y oí el gruñido.

Los demás decían escuchar cosas a cada rato, pero entiendo que estaban muy sugestionados. Esa fue una noche de muchos sobresaltos y tuvieron los nervios en gran tensión todo el tiempo.

No digo que yo tenga los nervios de acero ni me quiero hacer el héroe de la historia pero debido a que padezco de cierto grado de sordera mis oídos no pueden registrar todo lo que captan unos oídos que son normales.

Eran las cuatro y media de la mañana, y hasta cerca de las siete que empezó a amanecer, fueron las dos horas más largas de nuestra vida, ya que tuve qué estar lidiando con el nerviosismo de mis amigos.

Lo que también vi, fueron sombras grises sobre el espejo sucio de la enorme sala, pero prefiero pensar por ahora que todo eso fue el producto de mi imaginación.

Cuando acabó la noche, al día siguiente salimos de la casa, cargamos todas las cosas en la camioneta, fuimos a casa de don Roberto donde dejamos el equipo, nos bañamos, desayunamos, y yo me vine a trabajar a la Editorial.

Silvio me trajo mi grabadora de bolsillo y en la cinta se escuchan cosas muy interesantes, como unos gruñidos, gemidos, y otras cosas más, que contaré en la segunda parte del artículo.

Hasta el momento, eso es lo que vivimos. Una semblanza mucho más completa daré una vez que estudiemos el material.

En una de las fotos que tomamos a la escalera, en la cual al principio no vimos nada, se nota una sombra blanca, como un bulto difuminado y curioso.

En las fotos del espejo, se alcanzan a ver unas siluetas…

Esa casona era de una familia rica que tuvo su opulencia a principios del siglo XX. El dueño que la construyó, (me enteré después al hacer muchas averiguaciones), era de Monterrey.

Este hombre se llamaba Jacinto García.

Mientras que él trabajaba, su mujer lo engañaba con uno de sus amigos, pero el marido los descubrió abrazados y desnudos en la recámara, y asesinó a su rival.

La mujer desapareció... Se dice que el esposo engañado la encerró en medio de dos paredes, por lo que murió emparedada.

Por otra parte, Jacinto prefirió morir antes de entregarse cuando se enfrentó a tiros con la policía.

La única hija adolescente de ese matrimonio, posteriormente y sin razón aparente, perdió el juicio y fue encerrada de por vida en un manicomio.

El segundo dueño tuvo la desgracia de que su bebé se le muriera en la casona, sin razón aparente y los médicos declararon “causas naturales”, además que él y su familia veían cosas raras, escuchaban ruidos y los muebles se movían sin razón aparente.

Lo que hizo que abandonaran la tétrica casona fue porque veían a la señora de blanco que asustó a Norma, bajar en varias ocasiones por la escalera.

Y el tercer dueño se fue cuando a su mujer le dio un ataque al corazón por el terror de estar viendo luces, por escuchar voces, lamentos, y detectar olores muy desagradables como de carne descompuesta.


La casa se ha quedado abandonada desde los setentas, hasta apenas que nosotros entramos anoche a perturbar la paz de los entes del Más Allá…
 

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