Anatomía de un pedo

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Anatomía de un pedo



Se ha de advertir que el pedo antes hace al trasero digno de laudatoria que indigno de ella. (Gracias y desgracias del ojo del culo, Francisco de Quevedo).

Las ventosidades y los borborigmos (los ruidos producidos por las contracciones de las paredes del tracto gastrointestinal que ayudan a empujar los alimentos y los gases a través del estómago) forman parte del cuerpo humano, a pesar del embarazo que produce tanto oírlos, como olerlos, como estudiarlos en profundidad. Por ello ni siquiera existe un término médico para expresar el acto de expulsar gases o ventosidades: el exceso de gas en el aparato digestivo, si bien se conoce médicamente como flatulencia o flato, cuando es liberado por el ano se denomina simplemente ventosidad o pedo (palabra popular desde tiempos de Chaucer, autor de los Cuentos de Canterbury).

Así pues, la comunidad médica trata de pasar de puntillas por el tema objeto de glosa, esto es, los pedos, a pesar de que son omnipresentes y hasta ya el emperador Claudio promulgó un edicto, Flatum crepitumque ventris in convivio mettendis, para establecer cómo debían los comensales expelerlos durante las comidas. Con todo, alguien debe arremangarse y ponerse a analizar el pedo, sacrificándose por los demás. Hasta el punto de que se contabilicen para establecer una media. Por ejemplo, una persona sana expulsa flatulencias una vez cada hora de media, dependiendo de lo que se haya ingerido o de los niveles de estrés, produciendo hasta dos litros de gases. La mayoría de ellos son inodoros, afortunadamente. Y el delatador ruido del pedo se produce a causa de la vibración de la apertura anal, variando en función de lo contraído que se halle el músculo del esfínter y la velocidad a la que se expela el gas, así como otros factores como la humedad y la grasa corporal. Tantos matices como en una flauta del mal gusto.

A pesar de que todo esto pueda invitar a la carcajada (y de hecho yo mismo estoy escribiendo estas líneas con un rictus de diablura infantil), nuestros pedos pueden constituir una forma como otra cualquiera de acceder a los secretos de la química, la biometría, la anatomía, la digestión y cualquier otra vertiente científica. Quizá es una forma un tanto licenciosa de hacerlo, pero ¿no dicen que la ciencia debe ser atrevida y transitar los caminos que nadie ha transitado aún? Bien lo sabía uno de los primeros científicos que se acercó al pedo, Benjamin Franklin, que analizó los componentes de la comida y su influencia en el olor de las flatulencias en su ensayo Pee orgullosamente (Fart Proudly, 1781). En él reclamaba que se hallara alguna forma de que ventosearse en público dejara de ser profundamente incómodo. Las copias del ensayo fueron impresas por el propio Franklin en su imprenta en Passy. A continuación, distribuyó el ensayo a amigos y colegas, entre ellos Joseph Priestley (químico famoso por su trabajo sobre los gases).

Pitt Pedo

Recogiendo el testigo de Franklin, posiblemente el mayor experto mundial en flatulencias sea Michael Levitt, gastroenterólogo de la Universidad de Minnesota. Entre otros hitos, Levitt es el responsable de identificar, gracias a un cromatógrafo de gases, los tres gases de azufre responsables del olor de los pedos, y también es el inventor de la ropa interior atrapapedos, fabricada en film de poliéster, un material reflectante y sin arrugas, como la ropa interior que esperaríamos ver en un capítulo clásico de Star Trek. El secreto de este calzón estriba en el carbón activado, como bien saben los astronautas que se calzan trajes herméticos de la NASA, que disponen de un filtro de carbón activado para el suministro de aire circulante.

Levitt también ha demostrado que el flato de las mujeres tiene una concentración mayor de ácido sulfhídrico que el de los hombres, lo cual provoca que huela peor. Por el contrario, los hombres desprenden un mayor volumen de gas en cada ventosidad, lo cual equilibra el fiel de la balanza, en una suerte de paridad odorífera. Con todo, solo es un promedio: finalmente hay gente más propensa a que su flora interior sea colonizada por mayores concentraciones de bacterias productoras de azufre.

Las heces humanas están compuestas, esencialmente, de agua, fibra (la mayor parte de la masa), algunas grasas, mucosa, pigmentos biliares (los responsables de su color marrón oscuro), células muertas, bacterias que han perdido su adherencia al colon, unos 1200 tipos distintos de virus y algunos gases. Generalmente, el olor no escapa de los excrementos almacenados en el colon, excepto si nos tiramos un cuesco, que es la liberación de dióxido de carbono, hidrógeno, nitrógeno y metano. A pesar de que los movimientos peristálticos que expulsan las heces son los mismos que expulsan las ventosidades, las ricas terminaciones nerviosas del recto aprenden a distinguir qué se avecina; salvo en los casos en que las deposiciones son muy fluidas, produciendo una defecación accidental.

La divulgadora Mary Roach se entrevistó personalmente con Pitt en busca de respuestas acerca del funcionamiento de nuestro sistema digestivo para escribir su libro Glup, y cuenta otras hazañas del investigador que nos revelan cuán fructífero puede llegar a ser un simple pedo: «inventó la prueba de hidrógeno espirado, que surgió no como una técnica de evaluación de las flatulencias, sino para diagnosticar la mala absorción de carbohidratos por parte del intestino delgado; desacreditó una moda dietética basada en comidas hechas con carbohidratos “no absorbibles”; demostró que el movimiento ondulante de las vellosidades intestinales es clave para la agitación del intestino y para la sana absorción de los nutrientes».

No es la única vocación laboral que proporcionan los pedos. En el ámbito de la medicina tradicional china existe una profesión llamada «wen pishi» que, básicamente, consiste en convertirse en un experto en detectar enfermedades gastrointestinales a través del olor de los pedos del interfecto. Mucho me temo, con todo, que esta técnica es más magufa que Sandro Rey.
 
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Pedo DNI

No podemos usar los olores para identificar enfermedades, pero sí para adivinar quién, en particular, se ha ventoseado, porque cada pedo huele distinto. De hecho, los pedos nos podrían definir de tal modo como individuos que los expertos en biometría pretenden usarlos para identificarnos, como si fueran nuestra huella dactilar, tal y como ha afirmado Alan Kligerman, ganador de un IgNobel de Medicina de 1991 (una parodia de los Nobel) por inventar el Beano, un suplemento dietético de base enzimática que contribuye a evitar las flatulencias. No es tan extraño si tenemos en cuenta que, mediante una secuenciación de ADN de los alimentos hallados en boñigas fosilizadas, se puede determinar la dieta del responsable de tal boñiga.

A pesar de la contribución de agentes menores como el metilmercaptano, el olor de un pedo viene definido por la concentración de tres gases: el ácido sulfhídrico (olor a huevos podridos), metanotiol (olor a verduras en descomposición) y sulfato de dimetilo (olor dulzón). Y las primeras narices electrónicas para detectar los niveles de cada uno de estos elementos ya están desarrollándose. Como el detector de flatulencias de los ingenieros informáticos Robert Clain y Miguel Salas, de la Universidad de Cornell, que está formado por un monitor sensitivo de ácido sulfhídrico, un termómetro y un micrófono. Sí, al parecer, la temperatura y el ruido del cuesco también son relevantes, entre otras cosas porque cuanto mayor es la temperatura de una ventosidad, mayor es su velocidad de dispersión. De momento, el cacharro ha llamado la atención de los veterinarios, porque así se podría medir la salud del ganado.

El olor a pedo también puede servir para localizar a un cadáver. Porque, incluso tres horas después de muertos, los seres humanos podemos expeler materia fecal y flatulencias de resultas de la contracción muscular y el hinchamiento del cadáver previo al rigor mortis.



Pedo letal

Inhalar una ventosidad puede ser profundamente repugnante, pero no letal, a pesar de que la composición química de una flatulencia incluye cierta concentración de ácido sulfhídrico. Afortunadamente, la concentración de este gas con olor a huevo podrido es solo de entre 1 y 3 partes por millón en un pedo humano; para que provoque asfixia y parálisis respiratoria se requieren unas 1000 partes por millón, la concentración presente en tanques de aguas residuales o estercoleros. Sin temor, podemos emitir flatulencias bajo las sábanas tras haber cenado coles de Bruselas, a pesar de que en el siglo XIX hubiese algunos médicos que creyeran los contrario, adjudicando a determinados pedos el estatus de veneno, tal y como explica James Whorton en Inner Hygiene. De hecho, gran parte del ácido sulfhídrico se absorbe a través del colon, así que el pedorro siempre tiene las de perder si comparte cama con otra persona.

Con todo, somos grandes detectores odoríferos de flatulencias, pues disponemos de 350 tipos de receptores distintos en la nariz para avisar de peligro o evaluar la conveniencia de un alimento, hasta el punto de que podemos distinguir con facilidad dos olores distintos que difieren exclusivamente en un solo componente molecular, tal y como ha sugerido Jay Gottfried, un neurocientífico de la Northwestern University. Los olores que más encienden nuestras alarmas son, en opinión del microbiólogo Mel Rosenberg, de la Universidad de Tel Aviv, la cadaverina (olor de cadáveres en descomposición), putrescina (olor de carne podrida), ácido isovalérico (olor a pies sudados), sulfuro de hidrógeno (olor a huevos podridos) y metilmercaptano y escatol (el olor de las heces y las flatulencias); aunque este último, en bajas concentraciones, se halla, paradójicamente, en algunas flores, y por tanto se usa como fragancia para muchos perfumes. Y tal y como señala Jennifer Ackerman en su libro Un día en la vida del cuerpo humano: «La nariz humana es muy sensible al escatol, pero no siempre lo encuentra nauseabundo. De hecho, se dice que el compuesto se utiliza en muy pequeñas cantidades como condimento en el helado de vainilla».

Las ventosidades sí que pueden ser peligrosas con independencia de su olor. Si acercamos la llama de un mechero a nuestras nalgas y eyectamos un pedo descubriremos que este es inflamable, y por un segundo nos sentiremos como si estuviéramos provistos de un lanzallamas. Hasta el punto de que algunos científicos sostienen que los casos de combustión espontánea que a veces se han referido (personas que acaban envueltas en llamas sin razón aparente), serían fruto de una ventosidad que arde tras entrar en contacto con la electricidad estática.
 
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Comida pedo

En función de nuestra alimentación, nuestras flatulencias desprenderán un olor en particular, y también se producirán en un número determinado. Por ejemplo, el mayor responsable de flatulencias verdaderamente apestosas es la carne roja, porque la proteína en descomposición desprende un tufo repugnante. Tal y como señala Mary Roach: «El aliento de la mañana es el ácido sulfhídrico liberado por la bacteria que consume las células muertas de la lengua después de pasarnos ocho horas respirando por la boca». Es decir, que lo mismo que torna hediondas nuestras flatulencias es lo que torna hediondo nuestro aliento.

También son responsables del mal olor del pedo los alimentos que contienen sulfitos, una forma de sulfuro que se añade como conservante en pasas y otros frutos secos, al igual que la cerveza, el vino, la sidra de manzana y muchos otros alimentos y bebidas. Cuando las ventosidades son particularmente malolientes también puede ser síntoma de una sobreabundancia de bacterias en el intestino delgado.

En un estudio publicado en 2013 por investigadores españoles en la revista GUT, «Anal gas evacuation and colonic microbiota in patients with flatulence: effect of diet», se tomaron cien muestras fecales y se analizó el ADN de las bacterias para determinar cómo la dieta influía en la cantidad de ventosidades que expulsábamos. Si bien las personas sanas tienen una composición de bacterias muy similar, es decir, 50 % de Firmicutes, 46 % de Bacteroidetes, 2,3 % de Proteobacterias y 1,3 % de Actinobacterias, una dieta que incite a la flatulencia acaba modificando la composición microbiota del colon, reduciendo la diversidad. Al parecer, la bacteria Bacteroides fragilis determina el número y frecuencia de flatulencias, y la bacteria Bilophila wadsworthia, el volumen de gas expulsado.

Con todo, el número de flatulencias que emitamos también depende de la altura a la que vivamos, pues a la altura del mar se emiten unas 15,1 ventosidades cada veinticuatro horas; pero a 7000 metros de altura la cifra asciende hasta 129,6 emisiones gaseosas. La altura influye tanto en la regularidad de los pedos que incluso nos tiramos más mientras volamos en un avión que en tierra, aunque esta vez como resultado de los cambios de presión en la cabina. Fue lo que descubrió un equipo de gastroenterólogos daneses y británicos, que publicaron su estudio «Flatulence on airplanes: just let it go» en New Zealand Medical Journal. Se propone, para combatir el exceso de gas, reducir drásticamente la fibra del menú que se sirve a bordo.
 
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Si las flatulencias se producen en exceso, entonces pueden ser un síntoma de intolerancia a la lactosa o de alergia alimentaria, y también, tal y como enumeran Joan Liebmann-Smith y Jacqueline Nardi Egan en Escucha tu cuerpo: «importantes trastornos gastrointestinales, como cálculos biliares, síndrome del colon irritable o enfermedad inflamatoria del intestino. El exceso de flatulencia puede delatar algunas veces un cáncer de esófago, de colon o de recto». El término médico para denominar el exceso de flatulencia es meteorismo, un problema que sufrió inadvertidamente Aldolf Hitler, tras salir a la luz una serie de documentos clínicos del dictador que se subastaron a mediados de 2012 en la Alexander Historial Auctions: para combatirlo ingería un total de veintiocho medicamentos diferentes.

Y si se pertenece al sexo femenino, además de los pedos en el sentido clásico del término, a través de la vagina también se pueden expulsar gases, aunque en esta ocasión no se trata una liberación de gases procedente del intestino y fruto de la fermentación de bacterias, y por tanto no desprende olor. Es lo que se conoce como flato vaginal, y es frecuente en las relaciones sexuales. Eso sí, aunque sean casos muy raros, en alguna ocasión el pedo vaginal también puede oler como un pedo anal. En tal caso estaremos ante un problema de fístula rectovaginal, que implica un desgarre entre la vagina y el colon. Se produce por enfermedades como la de Crohn o cirugías, entre otras causas. Pero eso ya forma parte de otro universo embarazoso, y lo mejor es emplazarlo para otro artículo.

Ganador del concurso de divulgación científica: Anatomía de un pedo